Poesías, relatos, cine, música... Un remanso en medio de este apocalipsis (grupo EFDLT)

lunes, 28 de abril de 2008

El pueblo incierto (III)



La sensatez más básica hizo que me sentara en una roca caliza que emergía sin lógica geológica a un lado de la vereda, tomé aire profundamente para promover algún tipo de reflexión, y antes de expulsarlo por completo vi como algo o alguien, aún invisible bajo las secas pipas, se acercaba hacia mí a través de los girasoles, haciendo camino a base de coléricos movimientos y sonidos quebradizos, y cuya única razón para existir, teniendo en cuenta su certera trayectoria hacia mi inquietante expectación, parecía que fuese el encontrarme. Ya era tarde para correr, incluso para pensar en correr, supongo que mi instinto tuvo como idea predominante la que advierte que nunca es bueno dar la espalda a una amenaza desconocida, y por eso sólo atiné a ocultarme de rodillas detrás de la piedra, mirando sigilosamente, intentando adivinar el lugar exacto por donde desembocaría aquella cosa. A escasos dos metros para salir de la plantación aquello se paró en seco, me recordó a esos perros de cacería que se quedan clavados mostrando a sus dueños el lugar exacto donde el miedo atenazó a la presa, y recé para que no fuese mi olor el rastro al que estaba sentenciando. A ese instante donde se combinaron el sonido silencioso de mi corazón sobreexcitado, su respiración acelerada, y el eterno compás a difunto de las campanas, se le podía haber tildado de todo menos de esperanzador. Mis tripas respondieron al ambiente con un lamento aéreo acuático que no iba precisamente a mejorar las cosas; un retortijón seguido de varias réplicas de no menos intensidad, que acabaron de delatarme por tierra, mar y aire. De repente avanzó, sólo un paso al frente, suponiendo que tuviese pies, luego otro, aún más corto pero siempre adelante, decidido a sorprenderme… (Próximamente avanzará)
Dibujo: José Manuel Exojo Mena

                                                                                  guitarras electricas epiphone           

jueves, 24 de abril de 2008

Sobre tu pubis

Sobre tu pubis mi cabeza descansa
como muerta, entre tus piernas mi pecho
regresa de robar oxígeno por los rincones,
resucitado.
el mundo acaba en un sudor helado de pies.
de nuevo acabamos en tablas la
encarnizada lucha por la supremacía de
satisfacer; de esa forma suicida en que todo
en la locura, al fin cobra sentido.
Sobre tu pubis yazgo sin culpas ni necesidades;
sólo sangre regresando reconfortante.

lunes, 21 de abril de 2008

El pueblo incierto (II)



¡Qué diablos! exclamé confirmando mi decisión de suspender por un día el trayecto fijado a favor de la aventura y la improvisación. Y me recorrió desde el estómago al pecho una agónica incertidumbre; la misma sensación que cuando decidí acercarme al fin, a la primera chica con la que soñé despierto. Y esa angustiosa esperanza me cautivó de nuevo, y obedecí sin recato a mi suerte como penitente de misterios insospechados. Encogí las tripas y alargué el paso intentando estar siempre por delante de la sensatez del miedo. El camino era de una tierra arenosa y rojiza, flanqueado por plantaciones de algodón y girasol penosamente abandonados. Era extraño no ver a nadie trabajando, ni tractores, ni aperos de labranza o gomas de riego; parecía que la plantas habían crecido exuberantemente de una forma natural, y que de pronto se hubiesen secado y podrido sus frutos antes de haber podido ser recolectados por los vecinos.
Llevaba más de una hora en dirección al pueblo y mi percepción del tamaño de sus casas no había variado ni un ápice, una de dos, o estaba más lejos de lo que había calculado en un primer momento, o el pueblo estaba manteniendo las distancias conmigo, no me preguntéis cómo ni por qué. Miré hacia atrás para comprobar todo el trayecto recorrido, volví a contemplar la torre alta que aún se lamentaba. Era increíble pero calculé que llevaba andado unos cuatro kilómetros, sin embargo la imagen del pueblo y el sonido de las campanas eran prácticamente el mismo que cuando desvié mi camino hacia ellos… (Continuará, mientras yo pueda)

jueves, 17 de abril de 2008

La leyenda de Psique y Cupido



Cuenta la leyenda que había un rey que tenía tres hijas de inigualable belleza, entre las cuales destacaba de una forma sobrenatural, casi divina, la más pequeña, Psique se llamaba y era tal su hermosura que los súbditos del reino dejaron de adorar a Venus y proclamaron a Psique diosa de la belleza. Venus no podía tolerar tal humillación y ordenó a su hijo Cupido que hiciera que la joven se enamorase del ser más horroroso que existiera. Pero lejos de cumplir su misión, Cupido quedó perdidamente rendido ante sus encantos; entonces se propuso idear una estrategia para no contrariar a su madre y poder disfrutar del esplendor de Psique al mismo tiempo.
El rey consultó a un oráculo para saber por qué su hermosa hija menor no había encontrado marido como sus hermanas, haciéndose pasar por el oráculo Cupido le ordenó que llevase a Psique a una colina donde se casaría con un monstruoso ser volador. Apesadumbrado, el rey acató las órdenes de los dioses, allí permaneció Psique temblorosa hasta que Céfiro la levantó por los aires hasta dejarla en una maravillosa pradera donde ésta se quedó dormida. Cuando abrió los ojos contempló a lo lejos un palacio que parecía de oro y piedras preciosas, una voz la invitó a entrar y quedó maravillada cuando observó la belleza y el lujo de todas sus salas, se bañó en una bañera de oro, eligió un fantástico vestido del armario, y bajó al comedor atendida por invisibles criados. Psique temía la aparición del monstruo pero en cambio escuchó una tierna voz perfumada pidiéndole que se acercara, él la acarició en la penumbra, ella se estremeció de placer, entregándose sin condiciones a su esposo. Después de una apasionada noche él le hizo prometer que jamás intentaría saber su identidad, y menos aún ver su rostro, y ella accedió a sus deseos. Aunque era feliz esperando cada día la llegada de su apasionado y misterioso esposo al caer la noche, le pidió que le permitiese visitar a su familia, Cupido no pudo negarse. Psique narró con todo detalle a su padre y a sus hermanas todo lo que le había acontecido, y la felicidad que irradiaba hizo que sus hermanas se murieran de envidia, así que convencieron a su hermana menor para que intentara descubrir la apariencia de su marido. La misma noche que regresó al palacio, Psique esperó a que su esposo estuviese dormido para iluminar su cara, era Cupido, el más bello de los dioses. Pero una gota de cera cayó en su marido, éste se despertó sobresaltado y reprobó la desconfianza de su mujer, desapareciendo como le había advertido.
Psique se marchitó de pena y recorrió toda Grecia en su busca, enloquecida pidió a Venus que la ayudara, y ésta, para consumar su venganza le puso como condición superar unas pruebas; ella aceptó sin preguntar nada. Mientras tanto Cupido estaba encerrado en una torre como castigo por haber traicionado a su madre.
La primera prueba consistía en separar de una montaña de cereales las siete variedades de trigo que existían, que gracias a unas piadosas hormigas logró superar, Luego consiguió, con la ayuda de un águila, coger agua de la inalcanzable laguna Estigia. Amansó a fieras para llegar al trono de Proserpina, reina de las sombras en el infierno, en busca del secreto de su belleza, la reina le ofreció un cofre que contenía un ungüento con el que todo aquel que se impregnara recuperaría la belleza perdida. Antes de entregárselo a Venus, Psique se untó un poco para intentar borrar de su rostro las marcas de tanto sufrimiento, pero en verdad el cofre contenía el espíritu del sueño y ella quedó profundamente dormida. Céfiro le contó a Cupido todo lo que había hecho Psique para recuperarlo, éste consiguió escapar de la prisión y expulsar de Psique el espíritu del sueño, y con un apasionado beso logró despertarla.
Venus reconoció la fuerza inmortal de su amor y los presentó en el Olimpo, donde la joven bebió del néctar y la ambrosía para ser eternamente feliz junto a Cupido.

lunes, 14 de abril de 2008

El pueblo incierto (I)



Ese pueblo nunca debió existir, quizá hubiese bastado con que uno de los dos no estuviese allí en aquel momento, no obstante estuvimos, o al menos yo estuve en él, de eso estoy prácticamente seguro.
Fue asomando detrás de unas colinas a medida que yo ascendía por el camino. Me detuve, intenté situarlo en alguno de los planos donde había trazado minuciosamente mi ruta por aquella comarca, en un primer momento achaqué su anonimato a una falta de rigurosidad de los mapas.
Contemplé sin prisas la misteriosa estampa distante y sosegada de aquella piña de casas blancas que invadían con una pasmosa autoridad el valle, como si siempre hubiesen formado parte de aquel, aparentemente, impávido paraje. Decidí acercarme un poco más. A lo lejos sonaba una música entrecortada que no tenía otro remedio que provenir de algún instrumento caído del Olimpo. Cuanto más avanzaba mayor era mi voluntad de desviar mi itinerario para visitar aquel lugar desconocido. La melodía sonámbula fue tomando cuerpo a medida que fui aproximándome: eran las campanas de la más alta de las torres del pueblo, que no cesaron ni un segundo su toque a muerto mientras me acercaba, como si el único superviviente del lugar fuese el campanero, y su única misión fuese alertar al mundo de la inminente llegada del fin de los tiempos.
Era la última hora de la tarde, las bandadas de pájaros sobrevolaban mi difuminada sombra en busca de sus dormideros. Lamentablemente, recreando la escena mucho tiempo después, recordé haber visto como las aves evitaban el espacio aéreo de las casas en su camino a un bosque situado a la espalda de la población, bordeaban su perímetro como si una atmósfera de peligro les advirtiera. Pero en aquel cándido momento y a tanta distancia ni siquiera recuerdo que intentase buscar una explicación lógica a tan extraño comportamiento, supongo que pensé que era causa de un efecto óptico engañoso…(Me temo que continuará)

jueves, 10 de abril de 2008

Miguel Ríos y Joaquín Sabina

Dos míticos andaluces de los que tenemos la suerte de seguir disfrutando hoy día, activos y con fuerza para rato son Miguel Ríos y Joaquín Sabina.
No ha existido un Rock español más genuino y vigoroso que el suyo,
Miguel Ríos terminó aplastando las dudas de su reinado con el “Rock & Ríos” un doble Lp en directo grabado en Madrid en 1982. Esa voz honda y dulce que desde los arrabales de La Alambra derrama con firmeza el arte de Granada y la magia de una guitarra eléctrica se reúne en este vídeo con el ingenio y la sensibilidad de las letras de su amigo Sabina, y cantan emocionados una de esas canciones que Joaquín ya pensó desde Úbeda que algún día compondría. Y bien exiliado en Londres o refugiado en los bares de Madrid, no dejaría nunca de dar a luz sin tregua a esos musicales poemas que forman parte ya de nuestro idioma. Fundamental para mí el doble disco en directo grabado en el teatro salamanca de Madrid en 1986: “JOAQUÍN SABINA Y VICEVERSA”

Aquí os dejo “Aves de paso” muy apropiada para los visitantes de un Blog:

lunes, 7 de abril de 2008

Cesó la poesía de repente



Cesó la poesía de repente
como si nunca hubiese existido:
tus cabellos azabaches acabaron
siendo oscuros pelos sin rima,
esos ojos que convertían a cada uno
de sus destinos en emociones únicas
invadieron de velatorios el aire.
Y noto como la tierra se acaba:
desaparece todo ante mí a medida
que giras tu cara acomodándola en la
distancia.
Abandonas a la deriva el mundo que
formamos a base de secretos y saliva,
la respiración se vuelve clandestina
y anuda las tripas al corazón
asfixiando el día, mutilando futuros,
decapitando ilusiones álgidas.
Vuelve cuanto antes te diría
si estuviese aún con vida…
Toda la complicidad a la basura,
cada palabra, cada aleación descubierta.
¿Cómo podría menguar la cuarentena
de silencio que vomitamos sin méritos?
Breve tiempo somos para guardar luto
a esos viles segundos en los que sólo
decir, lo siento, parece más difícil
que recordar todo lo bueno que creamos.
Cesó la poesía de repente.

jueves, 3 de abril de 2008

A veces



Es una lástima que todo lo bueno
en nosotros suceda a veces:
a veces indeterminadas,
y que a veces sea imprevisible,
incluso a veces, deshermanadamente.

Todo en la vida sucede a veces,
a veces nos queremos siempre,
a veces sólo a veces, a veces nos falta
apenas demostrarlo, y a veces nos
desperdiciamos a escasas dos palabras.

Al menos a veces lo nuestro parece
eterno; a veces coincidimos siendo
paradigmas de un mundo perfecto; y
regresamos cándidamente abrazados,
como si volver fuera cuestión de desearlo.

A veces me quedo mirándote callado,
y pienso que la tierra está calmada,
a veces adivino en tus gestos el caos.
Todo sucede a veces, menos la espera.

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