Poesías, relatos, cine, música... Un remanso en medio de este apocalipsis (grupo EFDLT)

jueves, 29 de enero de 2009

Me dirijo a ti (Paranoias I)

Me dirijo a ti, sí a ti; al que empieza a leer esto pensando que debo referirme a otro. Escribo en presente y en exclusiva; y eres tú quien lo está provocando. Bienvenido a El Fin De Los Tiempos. Puedes seguir leyendo o marcharte de inmediato. Pero en honor a la verdad, una vez aquí, no te recomiendo ninguna de las dos opciones; sólo existe una posibilidad para que, cualquiera que sea tu elección, no termine siendo corrosiva, y puedas abandonarte al placer de coincidir con esta nada, en este silencio, ahora. Si permaneces recorriéndome estarás perdiendo seguramente la oportunidad de hacer otra cosa más productiva o gratificante, o al menos, de pensarlo. Y Yéndote habrás de reconocer que has perdido el tiempo empleado en llegar hasta aquí; desde encontrarme, hasta este punto y seguido. No sé si me explico, pero si sigues tratando de sobrevivir en mí, es motivo suficiente para continuar intentándolo. Hermoso el Requiem de Mozart, ¿verdad? Para, no sigas leyendo, cierra los ojos, tan sólo escucha y abandónate hasta el fin…

Mira la fotografía de más abajo, Mónica Bellucci entregada a un último sueño en mi apocalíptico regazo, mientras probablemente John Barry nos esté rememorando la grandiosidad de África…


                                                                                                

lunes, 26 de enero de 2009

La historia más triste de la historia (XIII)



Ahí yacía la diva de la elegancia con una expresión de dolor que ocultaba -en su apogeo- la que ya tenía desde que llegó; menos aguda pero más profunda. Le había roto dos uñas y lastimado el dedo corazón; seguramente el último reducto en su cuerpo para la esperanza y la propia satisfacción cuando todo lo demás enferma. Agitó la mano afectada como tocando la guitarra, intentando expulsar el daño, levantó la cabeza, apartó desairada sus rizos con una de las pocas extremidades que -desde que me emocionó por primera vez- yo le había dejado ilesa. Al verme, los ojos se le achinaron, sus mandíbulas llegaron a dar sombra, y la
sangre le hirvió como queriendo gritar y zarandearme; haciendo más intenso el dolor en sus dedos. ¡Vamos pégueme!, pensé. Así mis disculpas estarían a menos distancia de su perdón. Pero no lo hizo, tan sólo esbozo una frase que contenía en su tonalidad la esencia misma de su calvario; Una simple palabra envuelta en misteriosos destinos siempre encuadrados en su caótica realidad, dijo: ¿usted? Sí, otra vez yo, asentí apesadumbrado ante tan pobre respuesta, que por supuesto no ayuda un ápice a esclarecer ninguna de sus incógnitas existenciales.
La visión de la sangre colonizando el interior de sus uñas me impulsó, no sé aún muy bien por qué, a tener una actitud y decisión, al fin, de caballero.
-Si no me permite Usted que le cure las heridas me hará tan desgraciado como si tuviese la certeza de que voy a morir mañana, le supliqué.
-No se moleste, ha sido una funesta coincidencia, además tengo demasiada prisa, debo hacer unas llamadas urgentes.
-Puede hacer uso de mi teléfono todo el tiempo que quiera, de hecho, después de causarle tantas contrariedades, mi pensión prácticamente le pertenece, puede hacer lo que le plazca, considérela su casa. Pídame que la queme y mañana le entregaré con una sonrisa las ascuas...

jueves, 22 de enero de 2009

La sed y el hambre



Sudan aire de duelo los labios.
Un segundo de tregua ayudará
a oxigenar intenciones y a que
nos seduzcan nuevos destinos.
En la calle sólo la noche soporta
el frío y el silencio que dejamos
después de atraer como imanes,
el fuego que sobrevivía en el aire.
Crepitan las manos ancladas
en una expectante quietud donde
retoman fuerzas y estrategias
de sed y de hambre complacientes.
Y la habitación; una habitación
cualquiera, se diría que alienta
a la sangre a rezumar con sus
formas
revueltas
y sus entrañas
derramadas
y oblicuas.
No creo necesario extenderme
porque mucho antes estallará
de nuevo la guerra; y los cabellos
ya desprendidos son rabos de
lagartija aún latentes de agónico
solaz, y las sábanas son
alfombras mágicas, y los sonidos
el eco del mundo en el corazón
del universo más bondadoso.


lunes, 19 de enero de 2009

Ángel perfecto (I)



Sus sentimientos merodeaban, en términos evolutivos, constantemente alrededor de la perfección; nunca se permitió querer a alguien del cual no se sintiese amado para siempre, aunque al final sólo se tratase de un espejismo, éste debía prometer una eternidad de devociones y de certezas absolutas.
No sentía demasiado dolor, pena, o resentimiento por nada ni por nadie. Alguna vez lo vieron desmoronarse en algún desenlace trágico y público, pero jamás nadie presumió ese final en el equilibrio de sus actos, ni en la simetría de su semblante. Ni tan siquiera sus amigos pudimos averiguar hasta que punto esos momentos de debilidad eran sinceros, o simplemente apropiados.
Ángel, eres afortunado, has nacido con las riendas de tu sangre, le decía su abuela cuando aún era un niño que jugaba todo el día con la pelota. Ella podía ver ese poder en cada una de sus acciones, y en el fondo de sus palabras advertía conspiraciones y estrategias innatas. Sin esfuerzo alguno modelaba los rasgos de su personalidad para adecuarla a las necesidades de tolerancia y comprensión de las que todos solemos estar desnutridos. Ofrecía una versión original adaptada al conjunto de cada persona y sus circunstancias…

jueves, 15 de enero de 2009

Amor mortal



Él le confesó mientras retrocedía, abandonando sus manos en llamas en el vacío, que nunca había sentido por nadie algo tan inmenso como el mar, y más bello que el resto de la vida; más necesario incluso que el agua o el aire cuando se había poseído. Pero ahora, lamentablemente, no podía hacer nada para permanecer juntos, eran órdenes superiores. Ella miró hacia el suelo, suspiró profusamente, se puso las manos sobre la cara y entre los dedos lloró gusanos y lava mientras le decía: yo tampoco he conocido a nadie al que estuviese dispuesto a seguir hasta la muerte, aunque sea demasiado tarde para reconocerlo.
Me abandonas por unas alas que probablemente serán de mosca. Yo que hubiese renunciado al cielo y faltado a Dios por estar contigo ardiendo en el infierno eternamente…

lunes, 12 de enero de 2009

La historia más triste de la historia (XII)



Entró en la inmobiliaria que había en la esquina de la plaza y allí permaneció durante un siglo.
En aquel momento pensé que lo que más deseaba en este mundo no era dinero, inteligencia, salud, o conocimientos. Si realmente pudiese concentrar toda la suerte que fuese a tener en mi vida para pedir un deseo ahora, pediría que María hubiese entrado en la inmobiliaria con la intención de instalarse en este pueblo una temporada; concreta o abstracta. Me armé del valor que nunca había tenido sin que de antemano el alcohol se acostase haciendo un trío con mi sangre y mi timidez. Me coloqué en el escaparate de la oficina frunciendo el ceño como si estuviese leyendo los anuncios de venta y de alquiler que empapelaban de eterna fiesta el cristal. Entre los precios resaltados y las fotos de chalets con piscina privada podía ver a María de espaldas, hablando con Dolores; la agente de ventas que casualmente era prima de una prima mía por parte de medio pueblo; ventajas de vivir en un lugar pequeño donde había que hacer malabarismos para evitar la amenaza de la endogamia. No sabía que inesperada casualidad le podía resultar a ella más convincente; encontrarme al salir de su consulta leyendo las oportunidades del escaparate, o quizá que entrase para preguntarle a Dolores por algo relacionado con nuestra prima en común. Mientras sopesaba los pro y los contra de las diferentes opciones, absorto en una mosca aplastada bajo una casa adosada, María se levantó, avanzó hacia la salida al mismo tiempo que yo decidí entrar a preguntar por la familia. Empujé firmemente la puerta para confirmar mi determinación. Ella ya había comenzado la maniobra de aproximación de su acogedora mano hacia el pomo. Y sucedió lo que, aun siendo tan lógico como inevitable, no dejaba de ser una conspiración espacio temporal contra mi supervivencia emocional…

jueves, 8 de enero de 2009

Superhéroe



Soy un superhéroe cuyo
único poder es transmutar
cuando ella me humedece;
aparezco y desaparezco de
su horizonte como ojos de
felino agazapado tras una
noche de luna exaltada,
me diluyo y me petrifico
compensando sus espacios,
su materia, intemporales.

Auxiliaré a la tierra desde ti.
Aprenderé a conservar la
energía invencible de cuando
coincidimos en el apogeo de
un mismo infarto de alientos.
Fusionémonos hasta eclosionar
en partículas anatómicas; que
provoquen una hiperactividad
sensitiva en cada célula.
Y una lluvia ácida de pomelo
caerá sobre los cuerpos
haciéndoles caricias.

Cuando salvemos la tierra
te llevaré a otros mundos en
decadencia, concentrémonos.

lunes, 5 de enero de 2009

Último ruego a los Reyes Magos

Último ruego a los Reyes Magos de Oriente:

No sé si es mucho pedir, pero como hay miles de niños en el mundo que aún no os conocen, que ni tan siquiera os imaginan ni sueñan; y que además coinciden en ser los más necesitados de atenciones básicas del planeta. Espero que este año no os disfracéis de padres acomodados y confirméis de la forma más piadosa que se pueda imaginar, vuestra regia y bondadosa existencia; haciéndoles llegar la comprensión y la solidaridad de quienes tenemos Reyes todos los días del año.

viernes, 2 de enero de 2009

Amanece



Amanece alevosamente con el
capricho veinticuatro de
Paganini diluviando desde
Heifetz en el despertador;
siempre quise regresar a la
consciencia bajo el estímulo
de la genialidad que me abandona,
vestido del inocente aire que tu
onírica respiración me trae como
prueba de otra existencia.
Pero una vez en pie, en este
tortuoso tránsito hacia mi
nicho de persona física y social;
lo único que aparece lógico y
plausible ante mi moribunda
predisposición, son tus quejas
cuando besándote me alejo de
la entrañable muerte en la
que caímos después de presagiar,
que no habría en el mundo
nada a que aspirar más allá
del canibalismo, la fusión, y la
asfixia.


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