Poesías, relatos, cine, música... Un remanso en medio de este apocalipsis (grupo EFDLT)

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jueves, 30 de julio de 2009

La historia más triste de la historia (XXVII)

– ¡Qué aproveche! Perdone, acabo de llegar en tren y me gustaría preguntarle a qué pueblo podría dirigirme desde aquí, para estar lo más aislada y tranquila posible.
– ¿El pueblo más aislado? Yo diría que es “Los pecados de Cristo”, sólo se accede desde una línea de autobús que recorre la comarca, desde este pueblo salen un par de ellos al día.
–No puedo creer que haya un pueblo que se llame así. Se me amontonan las preguntas. ¿Sabe usted el motivo de ese nombre?
–No sabría decirle hasta que punto será verdad pero, se comenta que en la guerra civil se llegó a tal grado de paroxismo en ese lugar que se pusieron en práctica todo tipo de crueldades conocidas e inéditas: torturas, asesinatos, la quema en hogueras, hasta se rumorea que, debido a su remoto enclave y a la dificultad para su avituallamiento, llegaron a practicar el canibalismo. Un día apareció por allí una especie de monje peregrino que, a medida que iba recorriendo el pueblo fue comprobando la cantidad de atrocidades que se habían cometido: cada plaza constaba, casi por obligación, de un patíbulo donde se podían ver cabezas cortadas, cuerpos ahorcados abandonados a las aves carroñeras, cadáveres desplomados como si hubieran intentado absorber con su último aliento, de nuevo, su sangre. El monje, horrorizado, seguro de que satanás había encontrado una puerta a la tierra que desembocaba exactamente en aquel lugar. Decidió ir puerta por puerta suplicándoles una tregua y convocándolos en la plaza del ayuntamiento a la caída de la tarde, para intentar ocultar con las sombras, el odio de sus miradas y la sed de mal con la que el Demonio había infectado sus almas. Poco a poco la gente fue saliendo de sus casas, intentando no coincidir con ningún enemigo, cada bando se colocó a un lado de la plaza. El Peregrino estaba de pie en el patíbulo, con una especie de misal entre sus manos unidas, la cruz de una cadena en su boca, mirando hacia abajo en una especie de trance espiritual que tranquilizó algo a los ciudadanos, que parecían sentir, en su inquietud, las ascuas del infierno agrietándoles la suelas de los zapatos e incitándoles a culminar el holocausto.

lunes, 27 de julio de 2009

Del por qué ser…


Siempre
quiero
ser
palabras
precipitándose
sin
remedio
Inconscientes
del
futuro
sin
inercia
del
origen
más
allá
de
ser
hoy
sin
fianzas
Permanecer
eterno
e
irreverente
como
un
vampiro
católico
Un
alud
de
percepciones
con
fe
de
abismo
y
de
silencio
Coger
tus
manos
al
vuelo
antes
de
que
exista
el
pecado
original
de
no
hacerlo
Y
respirar
del
aliento
de
los
que
impulsen
al
pronunciar
lo
que
demonios
acabe
siendo
esta
serpiente
ávida
de
simbiosis
Concluir
comenzando
Siempre
quise
ser
palabras
salvavidas
flotando
en
el
ánimo
del
que
en
no
sufrir
halla
misericordia
y
aliento…

jueves, 23 de julio de 2009

Seamos consecuentes


Sería un acto de despilfarro inadmisible
que, dadas las circunstancias y, teniendo
en cuenta la idoneidad de las condiciones
—distancias erectas a huecos exactos;
la noche incipiente con su tiempo virgen
improvisando sombras dionisíacas; la
inercia de todo lo que fluye amenazándose
con desembocar al unísono, en cada lugar
coincidente, en todo vacío que nos imana;
caricias disfrazadas de ovejas; alientos
conspiradores; miradas paranoicas que
coagulan toda molécula que no sea partícipe—,
no actuáramos en consecuencia.

lunes, 20 de julio de 2009

La historia más triste de la historia (XXVI)



–Mucho me temo, lejos de desearlo o no, que no sería una buena idea, debo concluir lo emprendido sola, sé que no hace falta que le explique nada más, incluso estoy segura de que sabía que esta sería mi respuesta.

Dejó caer la maleta al suelo, justo encima de su mirada de ceniciento, y con una expresión de resignación penitente recorrió lentamente su cuerpo hasta que en sus ojos se batieron todas las incertidumbres de la creación, la cogió por los hombros; le deseó suerte; le entregó una tarjeta jurándole que no dudara en llamarlo aunque sólo fuera para insultarlo; se besaron en las mejillas mientras el tren se detuvo definitivamente —para su desgracia no fue para siempre—. Se abrieron las puertas, ella lo acribilló sin proponérselo con un adiós bajo una sonrisa ambigua, antes de entrar en la pequeña estación se giró para despedirse de nuevo con un movimiento de su mano, como renunciando a una probabilidad de vencer, o sucumbir, al sentido de su existencia. Él sólo atinó a colocar la palma de su mano sobre el cristal, la miró sin parpadear mientras el tren reanudaba su marcha, justo cuando pasaba a su altura introdujo la otra mano en el bolsillo de la camisa, desplegó una hoja escrita con letras enormes que pegó a la ventanilla y que decía: “LLÁMAME MARÍA”. Confirmando así la sospecha de María sobre su condición de profeta.
Entró en la estación sin tener muy claro si se encontraba más liberada que arrepentida. Al fondo, a través de una gran cristalera con el nombre del pueblo grabado ya podía divisarse éste. Así que decidió preguntar mientras buscaba un lugar para comer. Entró en un local, mezcla entre cafetería y mesón, con vistas a la que parecía ser la calle principal, había una señorita comiendo sola en una mesa amplia y le pidió permiso para sentarse con ella.

viernes, 17 de julio de 2009

El bosque (III)



Nadie me creerá, pensó, además de suponer que nadie se adentraría tanto en el crepúsculo del bosque que pudiese corroborar este fenómeno. Colocó las hojas entre las rocas a modo de colchón, seguía nevando, pero la nieve no sólo era templada, se evaporaba sin pasar por su estado líquido, simplemente desaparecía. Así que se tumbó en el refugio y, antes de quedarse dormida, la primera luz del alba volvió a asomarse a sus pupilas. Por un momento barajó varias hipótesis: una era la posibilidad de estar volviéndose loca, la otra, que el mundo estuviese experimentando con ella una nueva estrategia para intentar dar la última oportunidad al hombre. Aunque esta última conclusión no haría otra cosa más que confirmar la primera. Estaba tan cansada que antes de plantearse una tercera explicación se quedó dormida, pero una pesadilla, donde un sol despiadado la dejaba reducida a cenizas, hizo que se incorporase como si realmente empezara a arder como una tea. Comprobó que, aunque el calor empezaba a ser incomodo, su piel todavía permanecía cubriéndola lo suficientemente elástica. Se acercó al río con la intención de refrescarse, quizá así pudiera intentar emprender de nuevo su camino hacia el puente. Se sentó sobre una piedra que había en la orilla, se quitó los zapatos e introdujo con cuidado las piernas hasta la altura de las rodillas, haciendo un cuenco con sus manos cogió agua y se la aplastó sobre la cara, estaba tan fresca y cristalina que repitió el gesto, pero esta vez se la bebió, inmediatamente se sintió reconfortada e, inclinándose sobre la estática corriente para peinarse un poco en su reflejo, comprobó, una vez más, que aquel lugar, en aquel momento, era de todo menos típico. Da igual, se dijo levantándose con fuerzas renovadas, se encontraba con energía e ilusión suficientes para emprender la marcha, seguir el cauce un par de kilómetros, y llegar, al fin, al camino que conducía a la cabaña, donde daría una grata sorpresa a Gabriel. Ellos habían sido amigos desde la adolescencia, pero fue hace dos meses cuando parecieron darse cuenta que, en verdad, el lazo que les unía era mucho más fuerte, y decidieron iniciar una relación de pareja, la cual los tenía sumido, como otras veces, en un estado de euforia imberbe, del cual, ambos habían terminado saliendo siempre por las alcantarillas.

lunes, 13 de julio de 2009

La vida es un lío

Como diría mi admirado Forrest: “La vida es como una caja de bombones, nunca sabes qué placer te va a perjudicar con más saña, ni cual va a provocar más envidia.”
En definitiva, un lío, que se lía y lía, hasta no acabar nunca.




jueves, 9 de julio de 2009

La historia más triste de la historia (XXV)



– ¿Me acompaña al bar? Me apetece una cerveza bien fría.
–No puede haber nada en este momento que me concierna, más importante que disfrutar con usted de la rejuvenecedora orina de los dioses.

Sentados en los taburetes del bar, hablando de preferencias y debilidades, no tardaron en comprobar que sus inquietudes descendieron hace miles de años, al menos, del mismo árbol. Ella incluso sonrió cuando cualquiera de las anécdotas le hacía olvidar el suelo, y flotaba sin peso entre los versos menos inmisericordes; socorriendo a los inmortales de Borges bromearon con la muerte; rodeados de auroras y crepúsculos en la capilla de los Medici, llegaron a entender a Miguel Ángel; y confesaron, casi compitiendo por ser el primero, que después de mil veces, aún se les ponía piel de gallina al oír cierta variación del capricho veinticuatro de Paganini.
¡Increíble! Pensó María regresando del asombro y tomándose un respiro para sospechar que, aunque el resto fuese discrepancias, estas afinidades parecen más bien una trama diabólica para debilitarme, que una milagrosa coincidencia. Desde que vio el poemario en sus manos no pudo librarse de la sensación de estar siendo víctima de una confabulación contra su intento de romper con el pasado.
Por megafonía se anuncia la inminente llegada a su destino, ella mira su reloj sorprendida. Ha pasado una hora y media.

–Ha sido un placer conversar y compartir placeres con usted, espero que algún día volvamos a coincidir, me apeo en la próxima parada, así que iré a buscar mi maleta…

–La acompaño.

Ella observa de soslayo como él hace el mismo gesto de coger una maleta, recoge una bolsa y un periódico del altillo, le ayuda a bajar la suya, y se dispone a acompañarla hasta la puerta.

– ¿Se cambia usted de sitio?
–No, solamente apuro todas las posibilidades de permanecer juntos, no hace falta que me lo pida, me bajaría con usted —aunque esto fuese un campo de concentración siberiano— con el simple hecho de que no se oponga.

lunes, 6 de julio de 2009

El prodigio



Mejor ir al fin:
nada ha cambiado; sigo sin
saber; apenas un vestigio con
aires de acabar siendo;
arrecife congelado;
siempre tú y el azar de las palabras;
límpido signo de limitación;
insuficiente tara, sin embargo,
para no aspirar a iterativo: y
seguir predicando,
caricato profeta redentor,
el prodigio que soy en ti.

jueves, 2 de julio de 2009

El bosque (II)



Vio a un águila remontar el vuelo dejando atrás la copa de unos sauces llorones, iba descabellando con su pico un pez que llevaba ensartado en sus garras. El río debe estar muy cerca, pensó caminando algo más ligera y confiada, pero una hora después aún no podía escuchar el murmullo de la corriente. No recordaba que el bosque fuera tan grande, pero hacía tantos años que no venía que equivocarse era lo más lógico. El sol empezó a entristecerse suicidándose en las cumbres más altas de la sierra. La sombra de Eva se alargaba hasta aliarse macabramente con la de los árboles, el sonido se fue replegando en el aire que habita entre las ramas, y debajo del humus. De nuevo aligeró la frecuencia de sus pasos hasta sincronizarlos con su miedo. Tropezó con algo, perdió el equilibrio y, dejándose caer sobre un costado, rodó unos quince metros hasta desembocar en un pequeño claro. Al levantar la cabeza observó como parte de su melena estaba flotando en agua, se incorporó apoyándose sobre sus codos y comprobó que efectivamente estaba salvada, había llegado al río. Era extraño pero el agua estaba tranquila como la de un lago, simplemente se ondulaba con calma sin intención alguna por dirigirse hacia ninguna parte, seguramente se trataba de algún fenómeno que ella desconocía porque en ese tramo la corriente siempre bajaba con bastante fuerza. Se puso en pie, estaba agotada y dolorida, en esas condiciones no se creía capaz de hacer todo el camino de vuelta, así que buscó refugio en medio de unas grandes rocas que parecían puestas en aquella llanura para tal efecto. Ayudándose de su falda recolectó una gran cantidad de hojas que pensaba utilizar de abrigo. De pronto empezó a nevar, era junio y hacía unos treinta grados centígrados. ¡Increíble! exclamó mientras extendía sus brazos y caían cálidos y suaves los copos en las palmas de sus manos.

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