Poesías, relatos, cine, música... Un remanso en medio de este apocalipsis (grupo EFDLT)

jueves, 27 de agosto de 2009

Si me quieres



Si me quieres te prometo que —siempre
que sea de esa forma precisa donde
todo lo demás va desintegrándose
avergonzado, o trata de adaptarse
cardíaco
a nuestro rastro de vida primogénita—,
te haré aquello que tanto echas de
menos porque, aunque me inventes
en cada ahogo, nunca lo sospechas.

lunes, 24 de agosto de 2009

AVATAR. Prometedoras imágenes

James Cameron no es precisamente uno de los directores a los que rinda culto pero, he de reconocer que el trailer de su nueva película “AVATAR” es todo un espectáculo. En la ciencia ficción hay tanto de fantasía como viceversa —incluso con el comercial transfondo bélico de turno—, y ambos géneros tienen algo que me reavivan, que me hacen respirar profundamente y creer, por un instante, en el milagro que puede llegar a ser vivir en un planeta como el que esquilmamos si todos intentásemos sorprender al resto, imaginando como de original podemos llegar a entender la vida. Lo sobrehumano de la naturaleza también alberga a nuestra imaginación. Me gustaría creer que el hombre está aquí para aspirar a algo más que ser espectador de su propia decadencia. Vean.


jueves, 20 de agosto de 2009

Impotencia



Podría catalogarse dentro del selecto epígrafe de las soberanas impotencias que, sometiéndote a no saber decir y, omitiéndote hasta cuándo se ha de claudicar, crecen en la miseria del desconsiderado hecho de necesitar contar ahora, se convierten en un lastre de sinrazón: pesada carga neurotransmisora de palabras estériles, yerma experiencia, y enjuta imaginación.
Y aunque admitirlo sea sólo un consuelo de inepto resignado, que no lo sé, para no desentonar, termino reconociéndolo, por lo de “algo es algo”, y eso incluye las limosnas creativas y los ánimos de amables desconocidos.

lunes, 17 de agosto de 2009

La historia más triste de la historia (XXVIII)


...Levantó su cabeza, fue recorriendo sus rostros con una mirada tan firme y reveladora que todos respondieron humillando sus frentes, mientras decía algo parecido a esto: “Aunque acampe contra mí un ejército, mi corazón no teme; aunque estalle una guerra contra mí, estoy seguro en ella. Si Dios está conmigo, ¿quién osa estar contra mí? La malicia matará al impío,
los que odian al justo lo tendrán que pagar. Hermanos, el maligno ha sembrado en vosotros la semilla del odio. Rezad conmigo, pedid clemencia a Dios nuestro Señor, mirad al cielo y elevad vuestras manos, moriría por vosotros ahora mismo para haceros dignos de su perdón”. Dicho esto se echó mano al pecho como si el corazón se le quisiera escapar al cielo, hincó sus rodillas en la madera ensangrentada, y antes incluso de intuir su final, cayó muerto como un ajusticiado más de aquel patíbulo.
“Somos los pecados de Cristo, gracias Señor por habernos perdonado”, gritó el que fuera, antes de la guerra, uno de los monaguillos del pueblo. Todos los allí presentes se santiguaron cerrando sus ojos en un acto de intimidad suprema, un murmullo ensordecedor de gracias y rezos se elevaba a través de la noche haciendo temblar las estrellas. En ese momento fueron conscientes de que sólo un milagro podría salvar sus almas, y que Dios se lo había concedido sin reparar en misericordia. Fueron reuniéndose alrededor del peregrino, besándose y abrazándose entre todos como si la ira y la abominación de aquellos últimos años, en aquel lugar, hubiese sido un paréntesis infernal dentro de su humanidad y de su fe inolvidable. Los más sabios del lugar decidieron realizar un sufragio para aprobar una serie de medidas que garantizase que nunca más se apartarían del camino del señor. Entre otras, propusieron hacer Santo al monje que dio su vida por ellos, levantar una iglesia en su nombre —debido a su anonimato acordaron bautizarlo como el salvador—; prohibir terminantemente, bajo pena de destierro, tener en cuenta ni rememorar traiciones, rencores, sangre derramada, ni cualquier otra barbarie pasada que...

jueves, 13 de agosto de 2009

Quisiera saber cuántos...



¿Me pregunto cuántos de ustedes contestaréis a esta pregunta, aunque al final haya decidido no hacérosla? ¿Cuántos la encontraréis oculta entre los huecos de la duda? ¿Cuántos responderéis con otra pregunta como ésta? ¿Cuántos hallaréis la réplica maestra que abra cualquier interrogante? ¿Cuántos me preguntaréis cuál es la pregunta? ¿Cuántos callaréis pensando en laberintos y trampas? ¿Cuántos anónimos me insultaréis creyendo que me sobra merecimiento por haceros creer que no sé tantas cosas? ¿Cuántos ni siquiera llegaréis a esta altura? ¿Cuántos me sorprenderéis haciendo algo diferente a todo lo que me cuestiono? ¿Cuántos diréis qué, o cómo? ¿Cuántos seréis todos juntos? ¡¿Cuántos podréis llegar a ser cuántos?! ¿Cuántos podríamos obtener algo positivo de esto? ¿Cuántos sabréis cómo detenerme de una vez por todas? ¿Cuántos…?

lunes, 10 de agosto de 2009

El microrrelato



Me he propuesto escribir un microrrelato, lo voy a titular: “El microrrelato”. Ya sé, no es muy original, pero aunque en su génesis peque de vulgar, intento suplirlo con la exactitud en la definición de su naturaleza.
Érase una vez… Lo sé, típico comienzo, ¿pero no me diréis que me ha sido otorgado el honor de encarnar a la famosa gota que colma el vaso? Después de cientos de miles de millones de cuentos empezando de esta guisa, no pretenderéis que el sacrificio de este humilde despropósito redima tamaña sintonización colectivo literaria. Además, la palabra microrrelato en si ya es demasiado larga para seguir diciendo algo que, por su brevedad, estaría condenado de antemano a ser juzgado como un microrrelato micro-valorado.

miércoles, 5 de agosto de 2009

El bosque (IV)



De ahí que, a veces, no pudieran evitar sentir ciertos escalofríos al compartir, como era de esperar, tantas situaciones idénticas a las que han acabado colgadas del pasado como vanos espejismos desenmascarados que, sin embargo, aún reflejaban cierto brillo milagroso en su moribunda tristeza.
Eva emprendió el camino de vuelta como si nada hubiese ocurrido, de hecho, las consecuencias así lo confirmaban, seguía con la misma ilusión por sorprender a Gabriel que la hizo adentrarse en el bosque hacía un tiempo nada fácil de determinar.
Por muy estática que permaneciera el agua, ella se habría jugado su cordura a que, para seguir la corriente del río debía dirigirse, accediendo desde este lado del bosque, hacia la izquierda. Así que tomó convencida la dirección que le llevaría irremediablemente al puente de los suicidas. Mientras caminaba iba recreándose en la belleza del entorno, no alcanzaba a comprender por qué había tardado tanto en disfrutar de algo con una grandiosidad tan evidente, ella siempre reconoció que era mucho más de ciudad que de campo, pero hoy, no podría explicar muy bien por qué, estaba dispuesta a sopesar esas preferencias de nuevo. El viento contoneaba las hojas, el sol se mecía en ellas olvidándose de la tierra, y los pajarillos no paraban de perseguirse, trinando sin cesar como embriagados, para que no decayese la fiesta de ser observados por alguien con la ilusión de sentirse correspondida para siempre. Decidió aminorar el paso para disfrutar todo lo posible de las sombras, de los sonidos, de cómo cada árbol vestía de una forma diferente a luz y al aire. Todo lo que, apenas unas horas antes llegó a desesperarla, era capaz ahora de hacerla demorar su deseado encuentro sorpresa con Gabriel.

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