Poesías, relatos, cine, música... Un remanso en medio de este apocalipsis (grupo EFDLT)

jueves, 29 de octubre de 2009

Un fin de semana juntos (II)

─Ya estás muy por encima de lo que crees, sólo tienes que existir y suceder en mí sin pensar que debes competir por mi consideración. No puedes pedirme que te lo demuestre en los términos que tú lo harías. Te quiero conmigo para siempre, y cada hecho que se encamine hacia otra meta es un mero afluente de lo que somos.
─No creerás que a estas alturas vas a desmoronar lo que pienso con esa filosofía barata. El movimiento se demuestra andando, juntos preferiblemente, y tú me has plantado como un árbol en el que refugiarte de las inclemencias.
─Estoy seguro de que, como mucho, eso es lo que temes llegar a ser, y no es justo que me reproches algo que sería lo último por lo que te querría.
─Está bien, no volveré a decirte como me haces sentir, de hecho tú pareces estar mejor documentado, pero el hecho que sea, o no, unos sentimientos fundados no me retendrá cuando crea que no merece la pena soportar esta situación ni un minuto más.
─No creo que haya nadie en el mundo al que le siente mejor que a ti, amenazar como primera acción del día. Debes poseer un gen ancestral que en la misma medida que te protege, te hace la criatura más apetecible y exuberante que existe.

E imitando la pose de un felino agazapado en posición de ataque fue acercándose mientras ella hacía el gesto de apartarlo con una silla y lo fustigaba con un látigo incandescente.

lunes, 26 de octubre de 2009

La historia más triste de la historia (XXXII)



─¡Me podría ir contigo unos días! —dijo Milagros como viendo una luz al final del túnel—, hasta que te instales definitivamente, aunque el pueblo sea pequeño no te vendría mal una guía, así podríamos seguir reconstruyendo la historia.

Unos segundos de silencio hizo que Milagros entendiera que María no se esperaba en modo alguno su ofrecimiento, y que no entraba, al menos de momento, dentro sus planes seguir acompañada.

─Haber...
─Mejor olvídalo, ya no recordaba que estás aquí en busca de todo lo contrario, una paz y una intimidad que espero que puedas encontrar. Como vamos a ser casi vecinas, cuando lo desees sólo tendrás que llamarme.
─No quiero que pienses que no valoro tu ofrecimiento, esta semana ha sido un fantástico paréntesis en mi caótica realidad pero, he de pararme de una vez e intentar situarme, he de pensar y pensarme, antes de continuar debo saber hacia dónde, y eso es imposible no hacerlo sola. No sé el tiempo que me llevará, ni dónde terminaré pero, si hay algo en lo que puedas confiar ciegamente es en que te llamaré cuando me sobreviva.

Regresaban a casa paseando por las calles abandonadas al misterio de los gatos, pensativas, como colgando de una fina sensación agridulce. María dudó si había sido una buena idea quedarse durante esa semana en el piso de Milagros, insistió tanto que le fue imposible negarse. Ahora quedará entre ellas una pequeña falla que habrá que esquivar para siempre. Sin advertirlo, tuvo que reconocer que la última conversación que tuvieron en el bar era más atribuible a una pareja que necesitaba distanciarse un tiempo, que a unas amigas con una antigüedad de días. Esta noche no será como las anteriores; los temas serán más serios; las frases más lapidarias; las risas algo más parecidas al desaliento. No habrá esa loca tertulia, casi adictiva, donde estrofas, tarareos y relatos, hacían de ellas las animadoras preferidas del Olimpo...

jueves, 22 de octubre de 2009

La increíble hormiga pensante (II)


Aunque logró recuperar algo de esperanza pensando que, seguramente, nunca había estado en esa tesitura. Ella esperaba, condenada a una cruel pasividad, que volvieran antes de que la sangre de aquel maldito árbol se petrificase por completo fusionándose con ella para siempre, y la amputación fuese el único remedio. Ahora que podía pensar, lo hizo preguntándose por qué no lo había hecho antes. ¿Por qué no sabía cuánto tardaba en solidificarse del todo la savia? ¿Por qué nunca calculó el tiempo que tardaban en regresar al hormiguero? Estaba descubriendo otro mundo en el peor de los momentos, y en la más lamentable de las situaciones. Aunque gracias a ello tendría, si existiesen, muchas más posibilidades de sobrevivir.
Ante la hormiga todo parecía cobrar un nuevo sentido, mágico, diría si pudiese. Por ahora sólo atinaba a compararlo con esos extraños pensamientos que apenas intuía, a veces, cuando despertaba.
Comenzó a sentir frío. La noche se estrellaba y la templanza del aire desaparecía entre las desgajadas nubes. La pérdida de temperatura de su cuerpo era una desagradable sensación que sí reconoció de inmediato, y que asociaba , casi exclusivamente, al momento exacto de abandonar la cacería, y al regreso a la seguridad del hormiguero.
Dos horas después seguía sin haber rastro de sus compañeras. En su tristeza aprendió que el tiempo era más soportable cuanto más ajeno eras a su existencia, y que el frío podía llegar a ser mucho más intenso que el hambre o que el ardor guerrero de las Siafu...

lunes, 19 de octubre de 2009

Divagando



Porque la lluvia hace que la
tierra vuelva a oler a edénica.
Porque no poder evitarlo es una
utopía maravillosa hasta que me
derramo de tu lengua, al fin realizado.
Porque jamás sabré por qué, y jamás
pueda ser un segundo que me descubras.
Porque existen telarañas en escalera
para poder atrapar a las polillas.
Porque saberlo me influye tanto
como los dogmas de la iglesia,
o las tendencias de la moda,
y viceversa.
Porque nunca resisto que me
desnudes por completo sin que me
derrote la solidaridad del necesitado.
Porque lo superfluo en ti es un
ensayo metafísico sobre el arte
improvisado en una sonrisa.


Que yo sepa, por nada, consecuencia
de todo esto, te quiero, pero ya sabes
que siempre termino divagando, patético,
en los preámbulos, como queriendo
ocultar esa pregunta implícita e indiscreta
que no mereces, y que siempre amordazo
con una peregrinación desde tu boca,
formando una cruz dionisíaca y
amnésica sobre tu cuerpo.

jueves, 15 de octubre de 2009

La increíble hormiga pensante (I)


Una legión de hormigas Siafu salieron aquella cálida noche de cacería, una de ellas —insignificante fuera del perfecto engranaje bélico que formaba junto a sus dos millones de hermanas— quedó atrapada por una de sus patas en una gota de savia caída de un gran árbol centenario, era una soldado que marchaba en retaguardia. Pidió ayuda de todas las formas que conocía pero, el olor de sus feromonas quedó eclipsado por el de la savia, y sus vibrantes antenas no encontraron con quienes compartir su alarma. Era demasiado tarde, se encontraba sola y atrapada, olvidada por la marabunta.
El vano esfuerzo de desprender su extremidad de aquella sustancia pegajosa, que con el tiempo se hacía cada vez más dura e intratable, hizo que su descomunal fuerza y su inquebrantable decisión acabaran por rendirse. Era la primera vez que experimentaba la sensación de impotencia, se ruborizó —sin tener idea de lo que significaba— al comprobar que era capaz de pensar en sí misma, e incluso de buscar una forma para poder escapar de su cautiverio. Primero planeó pedir ayuda a cualquiera de los insectos de aquel lugar pero, quién iba a socorrer a una hormiga asesina, sobre todo teniendo en cuenta que ellos eran sus presas habituales. Estuvo a punto de tomar la trágica decisión de tirar bruscamente de su pata hasta desprenderse de ella, sólo la detuvo el hecho de que fuese una de las delanteras, y eso provocaría una falta de tracción inadmisible a la hora de atacar y transportar a sus víctimas. Pensó entonce en relajarse, reservar fuerzas hasta que su colonia regresara de la caza en dirección inviolable al hormiguero, sería impensable que millones de compañeras pasaran a su lado sin prestarle la ayuda necesaria, sin embargo, lo cual le provocó un escalofrío también primerizo, no logró recordarse haciendo un gesto compasivo como ese por nadie.

lunes, 12 de octubre de 2009

Un fin de semana juntos (I)

Se incorporó como un camaleón tratando de sorprender a una mantis religiosa en pleno rezo, aunque su intención no estaba supeditada a ninguna necesidad fisiológica. Sus pies descalzos amortiguaban el silencio de su leve respiración. Alargó su brazo hasta alcanzar el portátil que había escondido en un cajón vacío de la cómoda.
─¿Dónde vas?
─No, nada, he tenido una idea para continuar esa historia que te leí ayer e iba a...
─No me dirás que has traído el ordenador después de haberme prometido que íbamos a estar solos y en exclusiva, el uno para el otro, este fin de semana.
─Bueno..., no querrás que le guarde luto a una promesa. ¿Que más da que escriba mientras estás inconsciente?
─La pregunta es, ¿cuánto tiempo te gustaría que siguiera dormida?
─Simplemente hasta que comprendieras que desear otras cosas es lo que te hace ser lo único imprescindible.
─Pues no lo entiendo, así que despiértame cuando creas que esté a la altura de esa persona.

*Le toca a él. ¿Cómo creéis que debería continuar?

viernes, 9 de octubre de 2009

El arte inalcanzable



Aunque aún esté ahí, tentándome como las
religiones a soñar mediante el sacrificio,
incluso podría llamar súplica a este intento
concreto con el que tan sólo me reafirmo
en la atonía de un voluntad mediocre,
y quede espacio donde evitar la solaz
inercia de este tiempo esclavo que corre
en estampida hacia una salvación en cuarentena,
parece que haga siglos que lamente
de cuanto me privarán mis limitaciones,
palabra a palabra sin eco de versos,
minuto a minuto irrecuperables,
sin fe en que la muerte me remedie,
alcanzando una imagen y semejanza elevada,
y demostrar que todo lo que necesito es
decirte con el arte que mereces, y con
el que me jalonas cuando callas entregada.

martes, 6 de octubre de 2009

El bosque (VII): La joven de blanco



–Gracias, pero no sabría explicarle el por qué he de aguardarlo aquí. Pero ha de ser así, y así será. Estoy segura de que él conoce el camino, incluso sueño que ya hemos estado juntos en este lugar, y que algo crucial quedó por decidir.
─Como quiera pero, si al menos me dijera su nombre podría intentar..
─Aunque lo supiera no se lo diría. Prefiero que todo suceda porque no quepa otra posibilidad de que seamos mejores, como un lobo cuando aúlla a la luna.
─En fin, me voy algo contrariada por no haber podido convencerla para que me acompañe pero, ¿no sé qué puedo hacer más?
─No dudes, dijo la mujer de blanco con voz espectral alejándose del río y difuminándose entre los árboles.
─¡Un momento, espere por favor! ¿De qué no he de dudar!
¿Por qué habría desaparecido así, sin apenas despedirse y aconsejándome que no dudara, con ese eco de sueño recién desenmascarado?, se preguntó Eva reanudando titubeante su camino. De alguna manera, en la cual no quiso profundizar, todo lo acontecido con aquella joven le resultaba misteriosamente familiar. ¡Pobre chica!, seguramente estará trastornada por algún hecho traumático, cuando llegue a la ciudad veré qué puedo hacer, Quizá Gabriel haya oído hablar de ella, concluyó su razonamiento eludiendo cualquier posibilidad de implicación emocional.
¿Lobos? Dijo que veía comer a los lobos, ¿desde cuándo hay lobos por aquí? De todas formas avivaré el paso, no sea que dentro de su evidente paranoia este dato en concreto se haga al atardecer una macabra realidad.

jueves, 1 de octubre de 2009

El amor es...



El amor es una mariposa
estallando y recomponiéndose
aún más bella y sin remedio
desde tu pubis hasta mi pecho,
desde los sueños a las
contracciones de nuestros glúteos
si tus labios me revolotean
recolectándome como néctar de Hefesto,
sintetizando el mundo en cada
célula aspirante a estambre.
Y es un gusano hambriento
adentrándose en mi oído cuando
tu lengua sólo articula, lejos de
improvisarme con su anegado
aleteo incandescente,
debilidades terrenales de Mérope.

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