Poesías, relatos, cine, música... Un remanso en medio de este apocalipsis (grupo EFDLT)

jueves, 20 de mayo de 2010

La historia más triste de la historia (XLI). El despertar



Disfrutó con aquel pintor en cuyos lienzos parecían leerse los versos de aquel escritor cuyo poemario quería publicar, y ya imaginaba un posible encuentro entre ambos artistas. Después de dos horas del mejor jazz la noche iba desbordándose ingrávida entre sonrisas y arpegios. Con el paso del arte Carlos se fue desenfadando, le fue imposible mantener ese status teniendo en cuenta la exquisitez de la compañía y del ambiente. Ella no lo recordaba en un estado tan agradable y sincero. Gozaron juntos de todo, todo lo posible, sin que su compañero descalificara ni menospreciase a nada ni a nadie para conseguirlo. Por primera vez la trató con una mirada tierna, limpia, con claves metafísicas, invadido por la esperanza de ser merecedor y no habiente.
Aquella madrugada María habría firmado una eternidad juntos en aquella tesitura. De hecho, terminaron en la misma habitación del hotel, coreando idénticas melodías, compartiendo cama y todo lo inconcebible que habría de ser acompasados.
Un ligero dolor de cabeza y una sed pesada con sabor a “Lupanar club” hicieron que María despertara temprano al mediodía siguiente. Sonrió dulcemente sin terminar de desplegarse por completo: no se arrepentía de nada pero temía a un puñado de posibles consecuencias. Quería despertarlo pero le ponía cada vez más nerviosa el no tener la menor idea de cuál sería su primera reacción después de una noche tan apasionadamente compartida.

miércoles, 12 de mayo de 2010

La historia más triste de la historia (XL). Una noche inolvidable



—Déjalo Carlos, nuestro concepto de condición está tan distante como nuestra propia naturaleza.
—No te dejes engañar por lo que crees ahora. Sólo conoces de mí el rompeolas. El concierto es para el primer fin de semana del mes que viene. Sé que le harás el hueco que se merece.
—Se que sí, Carlos. ¡Ah oye! Muchas gracias por el detalle.
—Sabes con creces que para mí es un placer. Hasta luego María.

Se preocupó María al denotar algo de tristeza en la despedida de su colega. Quizá fue demasiado injusta al juzgarle de una forma tan inquisitiva pero, pronto se justificó pensando que no sería la primera vez que Carlos usaba tamañas estrategias para despertar la compasión y la debilidad de sus futuras víctimas.
El día en concreto él la recogió a las nueve de la mañana, el concierto era a las diez de la noche pero querían aprovechar para ir de museos y ver cierta exposición de un pintor que destacaba por la melancolía coagulante de sus ambientes.
Carlos se limitó a actuar todo el día de acompañante, a contestar con diligencia de funcionario a todas sus preguntas y comentarios. Ella era consciente de que la relación no pasaba por su mejor período, y de que era una lástima que coincidiera en estos momentos donde compartían pasiones y debilidades pero, el hecho de que tal situación de tensión no le afectara demasiado, y pudiera disfrutar plena de todo lo que estaban contemplando era una señal inequívoca de la intensidad del vínculo que deseaba mantener con Carlos.
A pesar de todo, el día para María alcanzó el rango de fantástico...

martes, 4 de mayo de 2010

La historia más triste de la historia (XXXIX). La condición



Aunque María sentía cierta atracción por Carlos —el saber alberga tanta erótica como el poder pero con unos matices insospechados que podían otorgar incluso el don de improvisar y sorprender en una espiral embriagadora—, no podía imaginarse a diario, bajo un mismo techo, manteniendo siempre la tensión que suponía dialogar con su compañero de trabajo. El futuro al que aspiraba no era precisamente algo parecido a una frenética competición de facultades.

—Entonces, doy por hecho que tendré el honor de que me acompañes.
—En principio sí. Aunque espero que no sea este fin de semana.
—¿No vendrías si así fuese?
—No he dicho eso, pero tendría que barajar varias posibilidades y decidir…
—¿Con quién tienes que hacer?
—Habrás querido decir: ¿qué tienes que hacer? Supongo.
—Qué, es una cuestión baladí, lo que menos me preocupa.
—Pero sabes de sobra que, te interese o no, es la única pregunta a la que puedes aspirar sin que te invite a olvidarme un rato.
—Pero tú también sabes que yo siempre lo intento, que sólo contemplo la rendición que supone la prudencia cuando el fin no se justifica. Pero tratándose de ti…
—Tratándose de mí deberías procurar ser menos tú.
—si no fuese menos yo, ahora estaría besándote.
—Más bien, intentándolo. La clave que me buscas nunca estará en la capacidad sino en la condición. En la forma en que gestiones lo que seas en cada instante que nos vincule.
—En mi condición está la prioridad de servirte eternamente.

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