Poesías, relatos, cine, música... Un remanso en medio de este apocalipsis (grupo EFDLT)

martes, 15 de febrero de 2011

De cómo y cuándo supe el porqué (V). Eva

JUAN.- Pero si, precisamente ahí está la clave, en hacer lo que a uno más le apetezca en cada momento: esa búsqueda de placer no es una condición mía, ni una cualidad adquirida, ni siquiera se aprende desde la envidia. Está en nosotros, en nuestros genes, en el instinto tal vez, más o menos latente, poco a poco se impone al resto de prioridades existenciales que sobreviven en las cuevas del cerebro.

De nuevo entra Eva en el dormitorio en busca de quién sabe qué…


EVA.- Ya has hecho la cama, qué rapidez, pensaba ayudarte.

JUAN.- Sí, es que me ha ayudado mi madre mientras discutíamos.

EVA.- Tu madre, la pobre, ya te ayudó bastante en vida, déjala descansar.

JUAN.- (voz en off) “Pensaba ayudarte”, dice. Para, mientras tanto, ir pensando que nueva tarea me iba a asignar.

EVA.- Bueno, voy a poner una lavadora.

JUAN.- Espera, ¿qué voy haciendo yo?

EVA.- Lo que quieras, todo está disponible, no hay una parte de la casa que no necesite una mejora de sus condiciones actuales de ostracismo.

JUAN.- Antes no eras tan graciosa.

EVA.- Considéralo un daño colateral causa de la convivencia contigo.

JUAN.- Anda. ¡Qué arte miarma! Creo que le quitaré el polvo al cuarto del ordenador.

EVA.- De acuerdo pero, te recuerdo que no se limpia con el ratón.

JUAN.- Daños colaterales, guapa…


Eva baja las escaleras en busca de la lavadora que está en el patio.
                                                                                                                              
                                                                      foto lienzo
                                                                     
                                                            
                                                                     

martes, 8 de febrero de 2011

Abismo


Soy.
Con suerte quizá sólo esté,
supongo, en un
abismo
rodeado de
abismos,
bajo
abismos,
sobrevolándolos.
Abrazado a ellos y huyéndoles.
Cuando al fin el cansancio se
vierte
en inconsciencia, esta ubicua
maldición me hace caer en tu
olvido,
y los
abismos
pasan a ser aliados porque,
tarde o temprano, siempre me rescata el
istmo de tus manos rellenando espacios.
Así que, a veces, me felicito porque, a
veces, comparto, sorteo, y
olvido,
contigo,
abismos.
Y ni el subconsciente, sabiendo que
te desaprovecho como un necio,
puede hacer nada porque no
amanezca,
hoy, a tu lado.

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