Poesías, relatos, cine, música... Un remanso en medio de este apocalipsis (grupo EFDLT)

Placer mutuo

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Moda poética (ediciones limitadas)
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sábado, 11 de junio de 2011

La ira, el último vestigio de la esperanza (VI). Futuro inmediato

—Dar un paso hasta el futuro inmediato, qué difícil para quienes deambulan por un acantilado. Pero sabes, me apetece. Más bien, lo necesito, casi es un instinto, como cuando los rumiantes lamen las rocas salinas.

Se sonrió Víctor profusamente de sí mismo, era tan peculiar y acertada la comparación que no podía adivinar por qué no se le había ocurrido jamás a él. Siempre sobrevaloraba su imaginación y eso le provocaba una gracia amarga que disimulaba con una sonrisa ingenua.

—Bien, ordenemos algo este cuchitril, mullamos los cojines; encendamos unas velas, si las encuentro; pongamos algo de Enya para honrar al gran compositor que no recuerdo, y que dijo no conocer música que no fuera triste; apaguemos la revista del corazón. ¿Qué desea tomar la señorita? Le puedo ofrecer cerveza caliente, mistela frío, puede que quede al fondo de algún mueble algo de whisky, o tal vez ron. En cualquier caso no hay hielo.

—Si me acompañas, cualquier cosa estará bien. De todas formas a estas horas no debe ser muy recomendable empezar a tomar nada. Incluso continuar tomando algo.

Víctor desaparece tras la puerta de la cocina. Isabel se desliza un poco por el sofá y se reclina acomodándose definitivamente sobre los cojines mientras oye un frenético abrir y cerrar de puertas. Respira hondo y expulsa el aire por la boca como queriendo relajarse con un ejercicio de yoga que aprendió cuando no le hacía falta y del que sólo recuerda una armónica y honda cadencia de aire. Con los dedos de la mano derecha se masajea la frente como recapitulando todo lo que la condicionó para terminar allí, ahora.
En ese momento regresa Víctor con una bandeja, la coloca encima de la mesita del salón. Había preparado dos copas de vino dulce; unas galletas saladas caducadas tan sólo hace un mes que por conservarse aún cerradas al vacío, y no tener muchas más opciones, decidió indultar sin que sirviera de precedente, como siempre.   

jueves, 18 de noviembre de 2010

La ira, el último vestigio de la esperanza (V). Isabel y yo



—Ahora recuerdo. Fue un pacto que hicimos para validar todas las ocasiones en las que terminábamos en la cama consolándonos mutuamente por no estar, en ese mismo momento, retozando con otro u otra. Es más, creo que se fraguó en aquella fiesta… En concreto, en el dormitorio de aquel pintor que la organizaba. Sí, eso es, después de que vieras a tu ex dejando que aquella rubia inabarcable le hiciera el boca a boca por si acaso se ahogaba, más tarde, en la piscina.

¡Pero pasa mujer! Perdona el desorden pero el zafarrancho de limpieza lo hago los…¿Hoy que día es?, sábado, los domingos, siempre limpio los domingos, desde que tengo uso de razón. Una lástima que después de tanto tiempo hayas aparecido por mi castillo el día más sucio y desordenado de la semana.
—No te preocupes, no trabajo para sanidad, además, yo también limpio justo un día después de las visitas inesperadas. En serio, siempre nos ha unido cierta tendencia a la tragedia y a la flagelación ante los desengaños…
—No me dirás que también acabas de separarte…
—Me temo que sí.
—Definitivamente, la vida para cierto tipo de personas es una macabra espiral de desdichas y de placeres efímeros, como la zanahoria para el burro, un reclamo que alguien utiliza para seguir riéndose de nosotros.
—No he venido para terminar de hundirme de tu mano, más bien todo lo contrario. ¿Si quieres me voy ahora mismo?
—No, por favor, no me malinterpretes. Que me ría de nuestra relación y reconozca que, al menos, mi situación es patética, no significa que no me alegre de verte, que, ahora que estás aquí, no necesite oír tu voz, y que me escuches. Eres luz, no sé de donde brotas ni hacia donde iluminas, pero no quiero que te vayas. Hablemos. Y si me permites elegir, quiero que hablemos de mañana, de hoy cuando amanezca, de haciendo qué, te gustaría que te sorprendiera el sol, y yo, si no es condicionar demasiado tu imaginación.
                                                                                                                                                     
                                                            

miércoles, 13 de octubre de 2010

La ira, el último vestigio de la esperanza (IV). Isabel


Por su vasta experiencia sabía que los resultados de las dos alternativas eran igual de impredecibles a priori. Decidió optar por una sobredosis de paracetamol. El proceso, debido a que le hacía más efecto si permanecía algún tiempo de pie, se había convertido en todo un ceremonial: situó el ordenador sobre el microondas de la cocina, se lanzó a la boca el adoquín de droga con rabia de dependiente insumiso, de una botella de agua mineral llenada del grifo tomó un trago que no fue suficiente para que la pastilla no le arañara la garganta dejándole un amargor conmemorativo y cruel. Lo único que aún conservaba con cierto celo eran sus escritos que, aunque abandonados desde el Pleistoceno, se encontraban a buen recaudo en varios discos duros. Hizo algunos leves ejercicios de estiramiento con la espalda y el cuello mientras arrancaba el ordenador.



Mientras abría uno de sus relatos inacabados alguien golpeó repetidamente la puerta. No sólo era extraño que lo hicieran a las tres de la madrugada, últimamente nadie lo buscaba ni siquiera de día. No sabía si abrir inmediatamente, esperar a que volviese a llamar, asomarse por la ventana y ver quién era, o quedarse inmóvil esperando a que se fuese. Finalmente abrió la puerta después de preguntar: ¿quién es? Alguien contestó: —Soy yo, Víctor, ábreme por favor—.Una respuesta no muy lúcida que sólo le ayudo a saber la condición sexual del llamador, pero que fuera una mujer le insufló el valor que le faltaba para abrir.


—¿Isabel? Pero… ¿Qué haces aquí a estas horas? ¡Ha pasado tanto tiempo…!


—Hola Víctor, ¿cómo estás?, ya veo que no muy bien. Pues… Al enterarme de que te habías separado recordé aquel acuerdo de auxilio mutuo que pactamos para toda la eternidad. Creo que decía algo así como que, pasara lo que pasase, solteros o cohabitando contra alguien, en la opulencia o en la inopia de la manada, en la salud o en la droga, nada podrá impedir que nos perjudiquemos con nuestros consejos, y nuestra ternura enlatada.

miércoles, 14 de julio de 2010

La ira, el último vestigio de la esperanza (III). Dormir


como si toda experiencia maravillosa que se pudriera por la raíz sin terminar de desarrollarse plenamente fuese sobreseída para el resto de uno, cuando el resto es un inmenso agujero negro desde la perspectiva de una nave abandonada a su influjo de acantilado. Llega incluso a considerar como opciones igual de interesantes, ante la inminente victoria del sueño, tanto la posibilidad de despertar con una voluntad renovada e inquebrantable, como la de no hacerlo nunca más. A las tres de la madrugada despierta con un agudo dolor de cervicales, se incorpora intentando mitigar el malestar masajeándose la nuca, se levanta bastante aturdido tratando de llegar al dormitorio y tropezando con todos los muebles posibles en el camino. En cuanto presiente la cama se desploma sobre ella, enciende la luz, activa la alarma del despertador, la del teléfono móvil y la del reloj de pulsera —lo último que desea es encontrar la razón de por qué cada noche se tortura con esa forma de servidumbre tan mesurable, así que casi no lo hace—. El dolor de cabeza no lo deja conciliar el sueño, cambia de posición iracundo pensando en cómo afrontaría esa situación una persona que en sus mismas circunstancias aún fuera optimista. De hecho, conocía a más de una que estando en condiciones mucho más lamentables que las suyas, daban gracias cada mañana por el simple hecho de amanecer con posibilidades, como si la vida fuese un regalo y no una imposición. ¿Qué íncubo gen estaba sodomizando a su instinto de supervivencia? ¿O quizá todo se debía a inconfesables traumas de la infancia, a los cuales no tenía el placer de recordar? Demasiadas incógnitas para una capacidad de raciocinio tan mermada. Llegó a una conclusión simple y no por ello fútil: tenía dos opciones: podía esperar a que, en una de las posiciones que tomara, el dolor de cabeza remitiese, o bien tendría que levantarse para tomar un analgésico.

viernes, 18 de junio de 2010

La ira, el último vestigio de la esperanza (II)

 
Decide echar los cacahuetes, almendras y avellanas dentro del botellín de cerveza, a modo de cubitos de hielo que, de nuevo, se olvidó de preparar. Su decadencia está a punto de ceder el sitio a la desesperación cuando, por una falta de previsión imperdonable, los frutos secos obstruyen en el cuello de la botella la impetuosa salida de la cerveza hacia su alquitranada boca, y la miseria que logra esquivar el dique lo hace, si cabe, aún más caliente y con sabor a rancio. Con una decisión de apariencia irreprimible hizo el ademán de tirar el botellín de cerveza contra la parte de la casa donde pudiese ocasionar más daño —un comportamiento muy común que intenta, hundiéndose voluntariamente aún más en la mierda, despertar la compasión de los ajenos y el arrepentimiento de los seres queridos, por la influencia con la que hayan podido contribuir a su infortunio. Al final tuvo los segundos suficientes para darse cuenta de que estaba sólo, y que la auto compasión constante ya era suficientemente denigrante para infundir la compasión de algún ser superior, sin tener que recoger, encima, todo el destrozo que provocaría estrellando su pena en la fragilidad de su entorno.
Recostado en el sofá, haciendo todo lo posible para no pensar en nada que le concierna y además le importe, logra detener su atención en un documental sobre células madre. Se pregunta qué sentido tiene querer alargar una vida de la que desperdicia la mayoría del tiempo. Y si mañana, por agradables circunstancias, no pensara así, por qué esa posibilidad de la que ha disfrutado varias veces, y padecido después, no le influye ahora ni un ápice.

miércoles, 9 de junio de 2010

La ira, el último vestigio de la esperanza



Una vez más, después de abrir la puerta de su casa —como cada tarde al regresar del trabajo—, Víctor no baraja la posibilidad de renunciar a cruzar el umbral. Supongo que, si algún día su subconsciente tuviese a bien aconsejarle, con esa forma subliminal ascendiente a cobarde que acostumbra, una medida drástica para combatir su lineal existencia, no sería justo pasada la peor parte de la jornada —aunque fuese precisamente en esa fase del día cuando más justificado sería deparar en tal oportunidad— : cuando el guerrero del asfalto termina su batalla contra el resto de su propio ejército y se dispone a consumir su dosis de entretenimiento y a desahogarse con una sarta de improperios hacia toda clase de seres y objetos, todo ello para justificar su mala suerte. Asqueado de todo y de todos —incluido él mismo y el que presumía que iría siendo—, lanza las llaves sobre una especie de gran plato romano —estilo elegido por su ex mujer para decorar todo el salón, uno de los aseos, donde finalmente se detuvo gracias a la falta de presupuesto. Esa fue la única vez que Víctor se alegró de su insolvencia—, por el que apenas rozan, aterrizando sobre la sufrida mesa central, haciéndole una nueva mueca con la que se va tallando la imagen perfecta de su frustración. Sin apetito y sin sed abre el frigorífico, se queda mirando fijamente a lo que diez mil años antes serían sus presas. Lo peor que puedes hacer cuando no sabes por qué has abierto un congelador es, preguntártelo. Así que cierra la puerta con un gesto de desgana. Mientras se dirige al sofá recuerda que sin ingerir nada casi no vale la pena seguir matándose fumando, así que da media vuelta y coge unos frutos secos congelados de la nevera y una cerveza tibia de un solitario anaquel de la alacena...

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