Poesías, relatos, cine, música... Un remanso en medio de este apocalipsis (grupo EFDLT)

Placer mutuo

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Moda poética (ediciones limitadas)
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lunes, 8 de marzo de 2010

La increíble hormiga pensante (VIII). Fin



La mariquita se apresuró a descender de la hoja para auxiliarla —quizá había encontrado en este tipo de misiones altruistas la verdadera razón con la que contribuir a una relación entre insectos más armónica, demostrando a su vez que no tenían por qué regirse, debido a una especie de designio supremo, por la voluntad de sus salvajes y retrógrados instintos— con el infortunio de resbalar al emprender su bajada por el tallo, y precipitarse violentamente al suelo antes de que tuviese tiempo de desplegar sus alas. Las dos se quedaron mirándose con sus patas hacia el cielo, derrotadas por su destino, como si reflexionar no fuese realmente determinante para la supervivencia en sus circunstancias. Entendieron al unísono y en silencio que, seguramente, el hecho más determinante para demostrar hasta que punto eran los animales más inteligentes de la tierra, sería no tener que justificárselo a nadie, y muchos menos intentar que lo entiendan o lo compartan. Así que se sentaron una apoyada en la otra. Pensando cuál sería el lugar idóneo donde disfrutar juntas del resto de sus eruditas vidas, puede que algo solas, pero nunca mal acompañadas, ni tediosas.

lunes, 28 de diciembre de 2009

La increíble hormiga pensante (VII). La colonia



Un sonido familiar despertó a la hormiga, era su colonia volviendo al hormiguero. La mayoría maltrechas y debilitadas por el frío, una a una iban cayendo extenuadas a pocos metros de la salvación. Se quedó boquiabierta contemplando el macabro espectáculo. Se preguntaba qué experiencia le había podido causar tantos estragos a su, hasta hoy, invencible ejército. Dedujo entonces que quedar atrapada en una piedra no era lo peor que te podía ocurrir en una noche como la pasada. Quizá hasta tuvo suerte. Tal vez estaba predestinada a sobrevivir para liderar a los supervivientes de su especie. La Mariquita se interpuso en su intención de bajar de la hoja para socorrer a sus hermanas. —Tienes razón Marisiete, por mucho que me afane no lograría hacerme entender. Antes de ayudarlas tendré que pensar la forma de hacerlas razonar, de provocar en ellas la curiosidad de aprender y comunicarse—. La mariquita se quedó mirándola e hizo repetidamente un gesto de negación con la cabeza. —¿No crees que puedan llegar a pensar igual que yo, o piensas que no sería una buena idea que lo lograsen? Ya sé, temes que millones de hormigas asesinas e inteligentes puedan alterar trágicamente todo nuestro maravilloso ecosistema. No sé, puede que tengas razón, de momento no intervendré, dejaré que todo siga su cauce natural, aunque eso sea como reconocer que me estoy convirtiendo en un ser sobrenatural y potencialmente peligroso para el resto de animales—.
Al apartarse de su amiga, cabizbaja, se situó tan cerca del filo de la hoja que ésta se tambaleó haciendo que la siafu saliera despedida cayendo de cabeza sobre un hongo, y después de robotar en éste, definitivamente aterrizó con su espalda sobre la tierra...

jueves, 17 de diciembre de 2009

La increíble hormiga pensante (VI). El festín



No sabía hasta que punto ella podría entenderla pero, con una efusividad inaudita en una hormiga, hermanando su antenas le agradeció su ayuda.
La mariquita pareció alegrarse, desplegó sus alas agitándolas en lo que parecía ser una señal de júbilo. Las dos estaban hambrientas aunque aquella resplandeciente y fría mañana invitara a miles de experiencias más interesantes. Así que decidieron dar una batida por un sembrado que según Marisiete estaba infectado de pulgones. En una sóla hoja de aquellas plantas había suficientes pulgones para alimentarse durante una semana. Comieron hasta saciar con creces su apetito, siguieron hasta que el placer de comer no les parecía merecedor del esfuerzo que requería, incluso acabaron con las reservas de su gula. Las dos se quedaron mirándose, el sol empezaba a calentar sus espaldas, fueron parpadeando cada vez más lentamente, como si las condiciones las condenaran a descansar un rato. Se ocultaron debajo de una hoja templada, cada una mirando hacia un lado para estar alerta ante cualquier peligro, unieron sus perfiles como en un acto de alianza inconcebible hasta entonces, y cerraron sus ojos con una tranquilidad de la que jamás habían disfrutado antes.
Quizá estemos siendo testigos de un paso evolutivo sin precedentes en la historia de la vida sobre este planeta. Nuestra humillada y esquilmada Tierra aún alberga fuerzas para continuar creando milagros, y sorprendernos desde nuestra propia miseria...

lunes, 30 de noviembre de 2009

La increíble hormiga pensante (V). La liberación


Marisiete empezó a morder uno de los pelos atrapados de la hormiga, ésta, que presentía cierta actividad traumática, no podía imaginar con suficiente concreción lo que estaba pasando. La verdad es que su extremidad estaba libre por completo de la petrificada savia, eran sólo sus pelos y el espolón los engullidos por la desconsiderada sustancia. Antes de que el sol alcanzase su cenit el aflamencado escarabajo había acabado de cortar todos los pelos atrapados. Después de un breve descanso empezó a roer el espolón por el lado contrario al de sus púas. ajena al dolor y a los espasmos que le estaba provocando a la hormiga, la mariquita seguía empeñada en liberarla. Aunque no creo que hubiese nadie que pudiese imaginar en aquel momento el motivo de tan arduo anhelo. En uno de los movimientos compulsivos con los que el himenóptero intentaba escapar del sufrimiento, su peine al fin cedió por donde su salvadora estaba obcecada en que así fuese, cayendo de bruces sobre el suelo. El dolor no le importaba, el cansancio se le olvidó, en cuanto recuperó el aliento se puso en pie, comenzó a caminar con parsimonia contemplando con emoción como su agónica pata parecía acompañar con solvencia al resto. Salvo una pequeña y lógica disfunción transitoria toda su extremidad delantera parecía responder a su intención. Al fin era libre. Obviando las secuelas corrió dando vueltas alrededor de su cárcel de piedra, era toda una exhibición del por qué de la milenaria existencia de su especie. Se encaramó a la roca en milésimas y se topó de frente con marisiete...
                                 
                           

lunes, 16 de noviembre de 2009

La increíble hormiga pensante (IV). La mariquita



Estaba amaneciendo y el frío hacía que a medida que su cuerpo se congelaba, la interconexión entre sus neuronas se multiplicase exponencialmente. No muy lejos de allí, una mariquita de siete puntos había observado impertérrita desde una hoja la circense escena. Se acercó y se quedó unos segundos observándola, estaba hambrienta —como todas las mañanas que podía recordar— pero, una hormiga no entraba dentro de su menú, demasiado dura y peligrosa comparada con sus queridos y jugosos pulgones. Cuando la siafu, en esa posición de trapecista, pudo interpretar que el colorido coleóptero había emprendido su marcha con intención de abandonarla a su suerte, hizo un esfuerzo cósmico e emitió un sonido de auxilio que logró detener a la mariquita, parecía que al fin había podido comunicarse con otro insecto ajeno a su especie. ¡Por favor, que me haya entendido! —suplicó mientras miraba al cielo totalmente entregada, descubriendo así un nuevo y misterioso Dios con el que intentar dar sentido al mundo— La marisiete trató de subirse encima de la piedra savia pero, era de una superficie tan fina que resbalaba como el cristal mojado. Lo intentó una vez tras otra, por cada una de sus caras y aristas, pero sólo obtuvo como premio la asfixia y la derrota. Buscando una nueva ruta tropezó con la hormiga, sus antenas se tocaron y la siafu aprovechó para hacerle entender que podía ascender utilizándola a ella como escalera. Y así fue como pudo coronar la piedra. La hormiga desconocía la forma en que la mariquita pretendía ayudarla, y el por qué tenía que ser desde arriba, pero no podía estar más dispuesta a colaborar decididamente fuese cual fuese el plan.

martes, 3 de noviembre de 2009

La increíble hormiga pensante (III)


Nadie debería juzgarme por la hormiga que he sido hasta ahora —dedujo del desinterés que infundía su situación—, ni tan siquiera por la que hubiese sido toda la vida si no llego a caer en esta trampa con la que los árboles vengan su quietud. ¿Quién podría exigirme que obviase tamaña herencia genética. Ha sido necesario un hecho traumático, que tutee a la muerte sin garantías de ganarme su respeto, para romper la secuencia de programadas obligaciones a la que estaba predestinado desde que nací. Si al menos pudiese articular algún tipo de sonido que me permitiera expresar, con un tono agónico, mi grado de desesperación. Proclamaría sin cesar la infinitud de mi agradecimiento a quien decidiese ayudarme a salir de este trance. Me proclamaría su deudor eterno.
Un sonido lejano y seco, proveniente sin duda de un acto contundente, empezó a registrarse en sus antenas y en su cinco patas libres con una cadencia perfecta, la vibración recorría su cuerpo como un impulso eléctrico. Era una manada de elefantes que ajenos a ella, al resto de seres vivos, cosas, y dioses, recorrían en fila india aquella zona en busca de agua. Pasaron tan cerca que una de sus pisadas hizo que la gota de savia se elevara y cayera, arrastrando a la hormiga con ella, con la mala fortuna —eso es lo que creyó en una primera evaluación— que lo que fuera la base quedo a la inversa, resplandeciendo bajo la luz de la luna. Y el insecto quedó colgando de su maltrecha extremidad, con su cabeza pensando en agujeros negros y holocaustos, a sólo un palmo —de hormiga— del suelo. Aunque su situación era crítica, su cada vez mayor capacidad de reflexión le hizo albergar esperanzas suponiendo que esa era la única y última posibilidad que tendría para provocar en los demás insectos un halo de misericordia.

jueves, 22 de octubre de 2009

La increíble hormiga pensante (II)


Aunque logró recuperar algo de esperanza pensando que, seguramente, nunca había estado en esa tesitura. Ella esperaba, condenada a una cruel pasividad, que volvieran antes de que la sangre de aquel maldito árbol se petrificase por completo fusionándose con ella para siempre, y la amputación fuese el único remedio. Ahora que podía pensar, lo hizo preguntándose por qué no lo había hecho antes. ¿Por qué no sabía cuánto tardaba en solidificarse del todo la savia? ¿Por qué nunca calculó el tiempo que tardaban en regresar al hormiguero? Estaba descubriendo otro mundo en el peor de los momentos, y en la más lamentable de las situaciones. Aunque gracias a ello tendría, si existiesen, muchas más posibilidades de sobrevivir.
Ante la hormiga todo parecía cobrar un nuevo sentido, mágico, diría si pudiese. Por ahora sólo atinaba a compararlo con esos extraños pensamientos que apenas intuía, a veces, cuando despertaba.
Comenzó a sentir frío. La noche se estrellaba y la templanza del aire desaparecía entre las desgajadas nubes. La pérdida de temperatura de su cuerpo era una desagradable sensación que sí reconoció de inmediato, y que asociaba , casi exclusivamente, al momento exacto de abandonar la cacería, y al regreso a la seguridad del hormiguero.
Dos horas después seguía sin haber rastro de sus compañeras. En su tristeza aprendió que el tiempo era más soportable cuanto más ajeno eras a su existencia, y que el frío podía llegar a ser mucho más intenso que el hambre o que el ardor guerrero de las Siafu...

jueves, 15 de octubre de 2009

La increíble hormiga pensante (I)


Una legión de hormigas Siafu salieron aquella cálida noche de cacería, una de ellas —insignificante fuera del perfecto engranaje bélico que formaba junto a sus dos millones de hermanas— quedó atrapada por una de sus patas en una gota de savia caída de un gran árbol centenario, era una soldado que marchaba en retaguardia. Pidió ayuda de todas las formas que conocía pero, el olor de sus feromonas quedó eclipsado por el de la savia, y sus vibrantes antenas no encontraron con quienes compartir su alarma. Era demasiado tarde, se encontraba sola y atrapada, olvidada por la marabunta.
El vano esfuerzo de desprender su extremidad de aquella sustancia pegajosa, que con el tiempo se hacía cada vez más dura e intratable, hizo que su descomunal fuerza y su inquebrantable decisión acabaran por rendirse. Era la primera vez que experimentaba la sensación de impotencia, se ruborizó —sin tener idea de lo que significaba— al comprobar que era capaz de pensar en sí misma, e incluso de buscar una forma para poder escapar de su cautiverio. Primero planeó pedir ayuda a cualquiera de los insectos de aquel lugar pero, quién iba a socorrer a una hormiga asesina, sobre todo teniendo en cuenta que ellos eran sus presas habituales. Estuvo a punto de tomar la trágica decisión de tirar bruscamente de su pata hasta desprenderse de ella, sólo la detuvo el hecho de que fuese una de las delanteras, y eso provocaría una falta de tracción inadmisible a la hora de atacar y transportar a sus víctimas. Pensó entonce en relajarse, reservar fuerzas hasta que su colonia regresara de la caza en dirección inviolable al hormiguero, sería impensable que millones de compañeras pasaran a su lado sin prestarle la ayuda necesaria, sin embargo, lo cual le provocó un escalofrío también primerizo, no logró recordarse haciendo un gesto compasivo como ese por nadie.

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