Poesías, relatos, cine, música... Un remanso en medio de este apocalipsis (grupo EFDLT)

Placer mutuo

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Moda poética (ediciones limitadas)
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lunes, 4 de enero de 2010

El bosque (X). El sauce y el perro



Fue la primera vez que pensó si habría realmente una forma de salir de allí manteniéndose cuerda. Nada era del todo real ni ficticio. Todo lo que en un principio parecía razonable terminaba siendo ambiguo y esquivo a la verdad. Ni siquiera pudo concretar si el sauce donde estaba era un socorrido refugio o una cárcel de hojas donde los estorninos la reservaban con maléficas intenciones. Un hocico negro y húmedo se asomó entre las ramas. Ella se asustó pero, cuando observó la cabeza completa del perro, recobró la respiración ante la certeza de conocerlo. Baco —le gritó alegrándose de un reencuentro tan inesperado—. El perro se acercó a ella moviendo todo su cuerpo en señal de alegría, la lamió de arriba a abajo; la rodeó infinidad de veces; se refregó hasta cubrirla de pelos; gimió como dándole gracias por su existencia. Los dos terminaron abrazados rivalizando en complaciencia y agradecimientos. A estas alturas Eva no tenía la más mínima intención de preguntarse cómo era posible que el perro de su padre —muertos los dos hacía diez años cuando éste decidió abandonarla suicidándose, y su perro se arrojó tras él por el puente creyendo que tendría el tiempo y las alas suficientes para salvarle— apareciera precisamente por allí, después de llevar muerto tantos años. Si aquel lugar era capaz de engendrar tantas situaciones amenazantes, por qué no podía compensarse algo la balanza con la llegada de su añorado perro. Ella salío de la copa del sauce corriendo, provocando que la persiguiera como antaño, como si nada malo pudiera pasarle acompañada de su Pastor Belga Groenendael.

lunes, 7 de diciembre de 2009

El bosque (IX). Los pájaros



Pero no poder renunciar a voluntad a ese privilegio hacía que, lenta pero inexorablemente, dejara de serlo. La dicha iba transformándose en alergia, el aire puro en un irritante gas, las piedrecillas se clavaban ahora en las suelas de sus zapatos como una penitencia cristiana. Y alguna que otra maldición se escapó con rabia de sus labios. Incluso estaba empezando a arrepentirse de haber tenido la dudosa gran idea —teniendo en cuenta que hacía muchos años que no se adentraba en aquel bosque— de sorprender a Gabriel en aquel lugar, y no haber esperado en la cabaña tranquilamente a que él regresara. Una gran bandada de pájaros oscuros levantaron su vuelo al unísono desde unos árboles eclipsando el cielo, la suma de sus graznidos era un sonido ensordecedor que sobrecogía. Eva se cubrió los oídos con sus manos mientras le caía una lluvia de escrementos. Empezó a correr pidiéndoles por favor que la dejaran en paz, creyendo realmente que la reacción de los estorninos era deliberadamente en su contra. Exhausta se cobijó bajo un sauce llorón, el ruido cesó de repente, aprovechó esa calma relativa para limpiarse un poco con unos pañuelos de papel. Apartó las ramas a modo de cortinas para ver cual era la situación de la bandada. Se habían alejado hasta desaparecer o estarían posados a la espera de que volviese a salir para continuar torturándola, se preguntaba recorriendo con la mirada encendida cada lugar sospechoso. Se sentó un momento para descansar, debía idear un plan por si volvían a perseguirla; quizá recogiendo unas piedras con las que asustarles lanzándoselas; tal vez si les grito haciendo aspavientos logre infundirles más miedo que ellos a mí; como última opción podría volver a ocultarme en otro árbol parecido a éste; incluso meterme en el río hasta que se largasen...

jueves, 12 de noviembre de 2009

El bosque (VIII). El río que ascendía



Por más que avanzaba no asomaba por el horizonte la más mínima referencia desde la cual pudiese llegar inequívocamente a la cabaña. Un ligero murmullo la detuvo, era la corriente del río que de repente empezó a fluir pero, lo extraño era que iba en dirección contraria a sus pasos, se dirigía sin motivo lógico alguno hacia las montañas que lo engendraban. Nada había sido muy normal desde que se adentró en el bosque el día anterior, aunque no descartaba que fuese ese mismo día, pero la decisión del agua de circular en sentido contrario superaba con creces todos sus conocimientos físicos, e incluso su fantasía más anárquica. Que tenía que seguir la corriente del río era la única seguridad con la que había alimentado la esperanza de salir de allí en un espacio de tiempo razonable. Ahora tendría que decidirse entre lo lógico y lo cierto. ¡Cómo me gustaría que aparecieras! —le habló al aire como si éste pudiese ayudarle a llegar hasta Gabriel— Pero pasado unos minutos comprendió que el viento también estaba buscando una honrosa salida de aquel lugar. Eligió continuar con el camino emprendido. Que el agua contradigese la gravedad le parecía menos improbable que el hecho de que un río desembocase en el mar. Así que supuso que era algún tipo de fenómeno momentáneo provocado por la fuerza de las mareas. De todas formas la duda hizo que aminora su ritmo y que mirara con frecuencia hacia atrás, como intentando reajustar constantemente sus razonamientos. Buscó de nuevo motivación en el espléndido día que hacía y en el fantástico espectáculo que la naturaleza le ofrecía...

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