Poesías, relatos, cine, música... Un remanso en medio de este apocalipsis (grupo EFDLT)

Placer mutuo

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jueves, 2 de abril de 2009

La Sevilla de las sombras (II)



Deseaba tanto disfrutar de nuevo de esas noches donde el chapoteo del agua inmortal de la fuente era el hilo musical idóneo para sus relatos. La historia real de la historia, en pequeños detalles y en breves dosis: los entresijos de las cortes, la ineluctable decadencia de los imperios, los influjos de las grandes pasiones, las miserias de las más crueles perfidias. Todo estaba a mi alcance con tan sólo sentarme a su lado, degustaba con asombro cada palabra que oía, cada silencio preñado de memoria y reflexión. Quién puede decir que ha tenido el privilegio de ser testigo de tales palabras, ubicuas; originarias; y eruditas.
Cuando leáis esto habrá pasado el tiempo suficiente para que haya perdido toda su relevancia. Mi tiempo entre los vivos será leve recuerdo entre los que ahora son jóvenes, y estaré quién sabe en qué estado, y en qué lugar del mundo. Todo habrá terminado y no volverán en muchos años. Todo acabará como un relato reciente e imaginado. Y así debe ser.
Yo era uno de sus enlaces, y al igual que ellos, no había nadie en la ciudad en las mismas circunstancias, se podía decir que disponíamos de un pequeño paraíso en exclusiva, un reino anónimo donde ningún semejante podía interferir. Era el lugar elegido en el cual habían de permanecer el tiempo fijado.
Sabía que mis méritos me otorgarían algún día el derecho a formar parte de su casta. Sólo habían de cumplirse dos requisitos simultáneamente:
que quedara libre una vacante, y que fuese durante el tiempo en que morasen en Sevilla. Aquella noche llamé a Jesús para decirle la ilusión que me haría asistir a esa primera velada con sus nuevos inquilinos, él se mostró reacio pero finalmente aceptó dejándose llevar por mi entusiasmo. Tres veces, dos, una, esa era la cadencia clave de golpeo con la aldaba, la puerta de madera se abrió automáticamente y accedí, tímido como siempre, a ese patio cargado de conocimientos y misterios.

lunes, 30 de marzo de 2009

La Sevilla de las sombras



Los dos se despertaron y se destaparon al unísono, se miraron desperezándose, con la confianza y la pureza que dan los siglos. Eran la diez de la noche en Sevilla, en el patio de aquella casa señorial del barrio de Santa cruz se iban instalando las sombras y la perfumada calidez de los primeros días de junio. Por su balcón interior ya se escuchaban los primeros pasos que daban la bienvenida a la luna y a los gatos. La mansión estaba completa, sus cuatro habitaciones disponibles ocupadas por seis inquilinos, casi todos, viejos conocidos de los dueños que volvían cada vez que echaban de menos cierta forma de entender la vida, el arte, y el tiempo. Poco a poco fueron descendiendo y acomodándose en las mecedoras del patio, junto a la fuente de cinco chorros de elegantes y antiguos azulejos cartujanos.
Era un ritual ineludible, tenían tantas historias que contar, en sus miradas crepusculares se acumulaban tantas soledades eternas como bellezas efímeras.
Jesús y Gabriel, los anfitriones, eran siempre los últimos en incorporarse. Era la primera velada de esta temporada, y aunque sus reuniones eran más bien austeras y espirituales, para esta noche habían preparado un pequeño acto de bienvenida.
Yo vivía en el ático del edificio de enfrente, los conocía, se podría decir que casi éramos amigos, era la única relación que les permitían con seres, digamos que normales. Ellos eran responsables de mi discreción, y de ello dependía que su sociedad —tan hermética y estricta— no los condenara sin titubear a la inexistencia, era la única forma que encontraron —ante el caos y la depravación en que se había convertido su supervivencia, aproximadamente hace un siglo— para perdurar de una forma digna.

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