Poesías, relatos, cine, música... Un remanso en medio de este apocalipsis (grupo EFDLT)

Placer mutuo

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Moda poética (ediciones limitadas)
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viernes, 21 de abril de 2017

Os contaré un secreto. De "El libro de Cuentopoemas"



Os contaré un secreto: precisamente ahora os imagino llegando justo a estas palabras aspirantes a cálido y sutil texto postrero de esta página cenital en este libro concreto, leyendo que estáis leyendo esto con una plácida sonrisa, imaginando quién puede arriesgarse a escribir algo así en este preciso momento y creer que algún día pueda cumplirse sin que todos acabemos en una gran orgía sobre cristales rotos…   


martes, 11 de abril de 2017

Francisco el de la huerta (fragmento del libro "Cuentopoemas")



Francisco el de la huerta era jornalero, trabajador de un cortijo donde sobrevivieron con más pena que gloria muchas familias, entre ellas, las de mis padres, durante la eterna dictadura de Franco. La finca era una de tantas que tenía repartidas a modo de castillos feudales por toda Sevilla un gran terrateniente de Andalucía. Cárceles para necesitados y analfabetos de la posguerra que no tuvieron la más mínima oportunidad para cambiar el rumbo de sus vidas. Por una limosna y un techo que les cobijara, trabajaron en los años cuarenta, cincuenta y sesenta, de sol a sol y de lunes a lunes. Todavía, cuando mis padres recuerdan las penalidades y carencias de aquella época, se refieren a los dueños y familiares del cortijo, como señoritas y señoritos. No sabrían de qué otra forma llamarles... (continúa en el libro)


jueves, 3 de enero de 2008

Un cortijo andaluz: Gumersindo el porquero (II)



...Sin embargo sus historias nunca versaron sobre sexo, política, metafísica, o la erótica del poder. Esa sonrisa de pícaro adolescente escondía simplemente una innata predisposición anímica a revelar, con verdadero arte y mesura, el misterio que la vida había puesto, como un juego, a nuestra misma altura, según él, vigilándonos.
De repente un silencio sepulcral reinó en la asamblea matutina de sabios, que cada alba se reunía alrededor de la candela reglamentaria para empezar la jornada con la energía del fuego almacenada en sus ropas. El maestro cocedor sabía que el porquero esperaba una chispa en forma de pregunta ajena para desencadenar toda su pasión narrativa, así que le dijo como sin querer; bueno hombre, entonces, ¿qué te cuentas? “Po casi ná”, respondió para disimular el desembarco de las primeras palabras de su relato. Sus dos contertulios sonrieron esperando el inminente desarrollo de una nueva y sorprendente crónica. Tan sólo que esta noche -argumentó Gumersindo aligerando un poco su aún latente estupor- de luna llena por cierto, el cabronazo de su perro había matado de un solo mordisco endemoniado a una de sus guarras, y además, en presencia de sus lechones, los sonidos de asfixia de su madre junto al de la carne desgarrada hicieron que la leche que mamaron quedara envenenada de terror para el resto de sus días, y sobre todo, de sus noches. Si ya era difícil mantener a una piara de cerdos en manada, cuando varios de ellos llevan en sangre el miedo como instinto predominante, la tarea sería cuanto menos, ardua, intensa y desesperada…

jueves, 22 de noviembre de 2007

¿La vida es un sueño olvidado, o un simple deterioro? (II)



...Y respiró tan hondo como le permitieron sus contaminados pulmones. ¡Qué maravilla! exclamó mientras cerraba los ojos y esbozaba una breve sonrisa que denotaban un estado de armonía supremo, completamente nuevo para él, si restamos breves recuerdos, más o menos reconstruidos, de su niñez. Las personas semiautomáticas que desfilaban sin descanso a su lado lo observaban decididamente preocupadas por la seguridad de sus monótonos días, y de sus engarrotados cuerpos. Muchos creyeron adivinar en su comportamiento un síntoma evidente de locura, o de cualquier otro desequilibrio mental que ponía en serio peligro al resto de la humanidad que tuviese la mala fortuna de pasar en ese momento, cerca de su inesperada conducta. Ajeno a cualquier determinación exterior, él permanecía extasiado, mirando con los ojos cerrados hacia la vida, y sintiendo el aliento primogénito de la creación, lo invadió de repente el recuerdo exacto de cuando, con apenas cinco años, su padre lo llevó a conocer una gran charca, oculta en medio de una majestuosa arboleda que desplegaba las ramas de sus árboles formando una maravillosa bóveda esmeralda sobre el agua. Entonces sonrió plenamente, sin ningún pudor, ajeno totalmente a su cuerpo y a su posición. Desgraciadamente fue la última sonrisa del día...

jueves, 15 de noviembre de 2007

Leonardo da Vinci. La mujer y el misterio

¿Qué insondables misterios oculta Leonardo tras los rostros de las mujeres que inmortalizó?
¿Qué perturbadoras revelaciones se confunden bajo las inquietantes expresiones de esos todopoderosos semblantes? ¿Por qué su arte hace que se despierten en mí todas estas dudas?
Él dijo que la belleza sólo permanecía inmortal en el arte, y que podía hacer tangible lo intangible. Pero nunca reveló el por qué de estas sonrisas, de estas miradas inescrutables.


jueves, 8 de noviembre de 2007

¿La vida es un sueño olvidado, o un simple deterioro? (I)



De repente se detuvo, miró lentamente a su alrededor, observó a la gente caminando presurosa y en silencio como si las aceras les quemaran sus vírgenes plantas de leche, absortas en sus obligaciones rutinarias sucumbían al tiempo con el que ellas mismas flagelaban su serenidad. Contempló a los coches impregnando el silencio y la atmósfera de una corrosiva sensación de engranaje autómata. Una fila de hombres hormigas descargaban muebles desde un camión hasta una vivienda, rápida y desenfrenadamente porque entorpecían el infinito y ofídico tráfico de indeseadas responsabilidades humanas. Una sirena sonaba a lo lejos, cada vez más fuerte, mientras seguía inmóvil e intentando encontrar una razón lo suficientemente vital para continuar su paso. Al otro lado de la calle un hombre golpeaba un cajero automático mientras regurgitaba improperios provenientes del último fin de los tiempos. Alzó la vista hacia arriba reconociendo una parte original de lo que fueron sus sueños de infancia, ahí estaba el cielo ligeramente salpicado de superficiales nubes de nata, confinado entre tejados y soledades. El sol asomaba en tímidos intervalos de una calidez y pureza florecientes, cuando sintió el reconfortante impacto de un heroico rayo de sol relajando sus facciones, cerró los ojos, abrió las rejas a las ilusiones verdaderas, esas que en su momento creyó que eran posibles…

miércoles, 25 de julio de 2007

El sueño omnipotente



Ella permanecía tumbada en la cama, inmóvil, con su mirada absorta en el balanceo de las ramas de un árbol que había tras la ventana. Abandonada a todo lo que al azar, violaba su pensamiento. Así yacía desde el alba, pero poco a poco vio como la noche, lentamente la relegaba a su propio desvarío, borrando su mirada de todos los espacios más allá de su cuarto, antes de verse invadida por la oscuridad, atinó con un suspiro de moribunda a encender la luz, miró desesperada a su alrededor, intentando encontrar otra referencia donde fijar su decadente vínculo con la vida, pero sólo halló quietud e indiferencia; los muebles, las cortinas, el ordenador, todo estaba imitando a su propia muerte. Intentó incorporarse, pero algo más fuerte que su deseo de sobrevivir la retuvo pegada a la sábana. El pánico se apoderó de su, hasta entonces, inexpresivo rostro, delimitando cada rasgo violentamente. Le faltó el aire, y a sus brazos la sangre suficiente para poder levantarse, sólo pudo articular una vez más su voz para gritar llorando: ¡Te quiero joder! Pero no merecemos causarnos más daño, adiós mi amor. De repente dejó de sudar, su cara volvió a dibujar la amabilidad que la definía hasta entonces. Se acomodó girándose sutilmente sobre la noche, en su cama. Y siguió durmiendo plácidamente tras este agónico y revelador sueño omnipotente.

lunes, 23 de julio de 2007

Improvisar o el silencio

Esta idea es improvisada, concebida partiendo del inconfesable hecho de no tener las más remota idea de qué contaros. Soy consciente de que reunir la improvisación y la sinceridad sin la anestesia de un profundo sueño, puede provocarme una tara mental de por vida, y un descrédito universal, si así lo tuviese.
Sé que simplemente es un asidero en pleno descenso a los abismos del olvido y el silencio, una furtiva ventana en la caída, desde donde puedo intentar haceros seguir sintiendo.
Nunca he creído en la certeza intemporal y ecuménica de las frases hechas, de las citas, de los refranes, etcétera.
Cuando alguien no tiene nada que contar ¿Estaría mejor en silencio? ¿Hago mal intentando dar a luz prematuramente quizás, a lo que puede que en un futuro fluya plácidamente bello y sin esfuerzo, envuelto en la mágica sabiduría de su precioso y preciso momento?
¿O puede que estas palabras jamás hubiesen sido vomitadas sin la desesperación y el desconcierto de este instante?
De todas formas ¿Sirve de algo intentar reflexionar sobre nuestra propia decadencia de ingenio, sobre nuestro tiempo yermo?
Las palabras adecuadas, armónicas y hermanadas, esas que hacen germinar nuevas sensaciones, huyen despavoridas lejos de mi inspiración. Sed benévolos, seguro que lo vivís.

viernes, 22 de junio de 2007

La leyenda de Eco y Narciso



La mitología griega nos brinda una infinidad de mágicas historias como ésta: llenas de dioses impredecibles con debilidades humanas, criaturas sobrenaturales, y hombres extraordinarios que han sobrevivido al tiempo como héroes de leyenda. Un grandioso entramado donde se mezclan la sabiduría, la fantasía, la cultura y la religiosidad de aquellos tiempos. Personajes y hechos que son el origen etimológico de multitud de palabras y términos usados en la actualidad. De hecho, estos protagonistas son un claro ejemplo.

Eco y Narciso (un amor no correspondido)

Narciso era un joven de una extraordinaria e irresistible belleza, hijo del río Cefiso y de la ninfa Liríope. Poseía una belleza tan embaucadora que enamoraba perdidamente a todo aquel que tuviese la mala fortuna de contemplar su rostro. Pero su arrogancia y su soberbia le hacían despreciar a todas y cada una de las doncellas que caían rendidas a sus pies. Hacía continuamente caso omiso a las insinuaciones y declaraciones de amor que le profesaban. Un día que Narciso se encontraba tumbado en un prado, abandonado plácidamente en los brazos de Morfeo, soñando seguramente consigo mismo, apareció paseando por allí una ninfa llamada Eco, que tras contemplarlo gentilmente dormido, quedó prendada enseguida de su hermosura, perdidamente enamorada y viendo que Narciso se había despertado y se disponía a alejarse de aquel lugar, intentó salir de detrás de un árbol, pero al pisar una rama seca que había en el suelo, produjo un sonido que alertó a Narciso.
- ¿Quién anda por ahí?
- ¿Ahí? Le contestó Eco
- ¿Quién eres? ¿Por qué no vienes?
- ¿Vienes? Le preguntó Eco
- ¿Dónde estás? No puedo verte
- Puedo verte, repitió Eco
- Ya estoy harto, me voy
- Me voy, dijo Eco, queriendo decir todo lo contrario
Ella lo siguió, pero él no quiso saber nada de una ninfa con una conversación tan estúpida, y se alejó rápidamente de ella. Eco anduvo sin rumbo hasta un acantilado donde fue marchitándose de amor y humillación hasta que sólo perduró su voz, aun muerta se le oye en lugares parecidos repetir las últimas palabras que oye. Eco era víctima de una maldición impuesta por la diosa Hera, que la condenaba a repetir siempre la última palabra, pero nunca la primera. A causa de la ayuda que prestó Eco, a sus espaldas, a las amantes de Zeus.
Al enterarse de su muerte, las hermanas de Eco pidieron ayuda a Némesis, hija de la noche y diosa de la venganza. Ésta accedió, y para vengar a Eco y al resto de mujeres que languidecían por culpa de Narciso, lo condenó impulsándolo a beber de una fuente cristalina donde se viese reflejado. Cuando Narciso vio aquel rostro tan bello, quedó extasiado, intentó atrapar aquella belleza con la mano, pero cuando tocaba el agua la imagen desaparecía, al fin sufrió la amargura y el tormento del amor no correspondido. Así pasaron los días, se olvidó de comer y de beber, absorto en la imagen perfecta, esperando a ser correspondido por su propio reflejo. Poco a poco sus piernas se convirtieron en raíces, su cuerpo en tronco, sus brazos en ramas y su hermosa cabeza en una maravillosa flor que desde entonces lleva su nombre.
Narciso murió víctima de su propia vanidad y arrogancia por un amor no correspondido, y así Eco fue vengada.

martes, 22 de mayo de 2007

Pánico en el ático


La relación entre Evas y serpientes no siempre es tan idílica.
Les puedo asegurar que esta historia está basada en hechos recientes de mi vida, y lo peor aún, si cabe, reales:

A eso de las dos y media de la madrugada subí, como siempre que subo a esa hora, la escalera en dirección al dormitorio. De hecho, es al único lugar al que conduce, independientemente de la hora en que lo haga. Al ascender no advertí, tal vez porque no sucedió, que los escalones se estremecieran; corroídos por la carcoma o las termitas, seguramente porque son de mármol sobre cemento. La intensidad de las lámparas en ningún momento titubeó interferida por los invisibles efluvios de algún siniestro ente. Y en el lunático horizonte no se atisbaba sombra alguna que vaticinara tormenta. Nada absolutamente hacía presagiar el fatídico desenlace que la noche nos había deparado. Al acceder a la habitación, apenas iluminada por la luz de la escalera, no presentí el más mínimo síntoma de desgracia, pero a medio camino, en el claroscuro del cuarto, entre la almohada y la puerta acristalada que da a la azotea, me recorrió un escalofrío que tensó mi maltrecha cervical haciéndome girar el cuello hacia la cinta que mueve la persiana, ahí estaba, sigilosa y acechante enrollada en la persiana, perfectamente mimetizada con su entorno, yo diría incluso que aterrorizada después de verme pasar a su lado, inmediatamente fue deslizándose poco a poco hacia el suelo mientras yo dudaba atenazado por el asombro. La majestuosa culebra común aterrizaba suavemente en el suelo de la habitación mientras yo continuaba perplejo…
Continuará.

sábado, 16 de diciembre de 2006

Bueno, bueno


Hoy no se me ocurre nada interesante que añadir a mi blog. Así que….
¡Qué frío hace! ¿no? Bueno, bueno.
la la la la la la…..
Quizá otro día con más tiempo, en fin.
¡Ahora!, ahora parece que me llega algo…
No, definitivamente no, mi inspiración se ha independizado momentáneamente, me falla la comunicación. Oye, pues a lo tonto a lo tonto….
Frases, lo que se dice frases, están saliendo.
¡Qué me gusta García Márquez! en particular, Cien años de soledad, os lo recomiendo.
Podría escribir los veinte poemas de amor y la canción desesperada de Neruda, pero sería demasiado descarado, por no decir patético, pero también os recomiendo su lectura.
¡Qué bien se me da recomendar! sobre todo obras maestras consagradas, así acierto seguro.
Ojalá que llueva café en el campo, es lo que me ha venido a la mente cuando he intentado profundizar en lo que estoy escribiendo, ya sé que no viene a cuento, pero es lo que hay.
Adiós, voy a dormir la siesta, será lo mejor para todos.
Ahora que estoy arropado, caliente, caliente de calentito, no de salido, a punto de caer en brazos de Morfeo, se me ocurren algunas ideas. Espero recordarlas cuando despierte.
Hasta luego y perdón. Tampoco ha sido para tanto, que tire la primera crítica quien esté libre de un día con la mente en blanco. ¡Adiós ya joder!

viernes, 8 de diciembre de 2006

Jesús y la lógica del miedo



Imagínense una mañana cualquiera de verano en Sevilla, apenas eran las nueve y ya se rozaban los treinta y cinco grados de temperatura. Era un sábado y Jesús se dirigía monótono y cabizbajo a su trabajo después de una dura noche de tertulia con sus amigos, tenía una tienda de antigüedades en pleno centro del barrio de Santa Cruz. Era un local pequeño, oscuro y viejo, a juego con los artículos que se exponían. El negocio era una herencia del esfuerzo y el gusto por el arte de su abuelo. Nada más subir la puerta metálica de seguridad, presintió que algo iba mal, miró lentamente por el cristal, moviendo la cabeza en busca de un ángulo que evitase el reflejo de la calle, de pronto vio como algo o alguien se desplazaba breve pero rápidamente en el fondo del cuarto. Era del tamaño de un niño, pero no tuvo tiempo para asegurar que no se tratase de un hombre agachado o de un perro mediano. Jesús no sabía que hacer, estaba aterrado, su reputación entre el resto de comerciantes de la zona era ya lo bastante lamentable, como para dar el espectáculo de llamar a la policía, y que al final el intruso sólo fuese la sombra alargada de un gato despistado.
Se armó de valor, abrió la puerta principal tan despacio que pudo oír el sonido aterrador y lastimero de los gases al paso por sus tripas, muy a pesar suyo reconoció que era la banda sonora ideal para la ocasión. En cuanto puso un pie en la tienda oyó como alguien se arrastraba tropezando con el mobiliario, apenas cesó ese sonido, apareció otro no menos sobrenatural, acompañado de un hedor insoportable e inhumano. Jesús no sabía que era peor, si aguantar ese aroma del inframundo, o atravesar el local corriendo en busca del lavabo, puesto que su pedo había arrastrado con el miedo, cierta sustancia acuosa, la cual presagiaba lo peor.
Cuando no pudo más, decidió optar por la alternativa más higiénica y honrosa, de tres zancadas atravesó el cuarto, llegó al servicio, echó entre sudores y temblores el pestillo como pudo, y acabó ofreciendo a todo el que estuviese a menos de veinte metros de él, un espectáculo asombroso; la imagen surrealista del váter caóticamente salpicado, un sonido huracanado, entrecortado y apocalíptico, y un olor infernal, mezcla de todo lo que por estar vivo, pueda acabar podrido.


Así vio Jesús el techo, cuando acabó su amargura en el váter.

(Imagen cedida por mí mismo. De la visita al museo vaticano)

El miedo, por un instante abandonó a Jesús, se sintió tan reconfortado que se armó de valor y fue poco a poco revisando la tienda, había cogido como arma un bastón de haya con puño en forma de águila de plata, miró detrás de una estufa victoriana, debajo de una cómoda fernandina de caoba, por encima de una lámpara de techo de veinte luces de cristal con lágrimas y cadenetas. Nada, lo que hubiese estado había desaparecido sin dejar rastro, aunque con el aroma a entrañas descompuestas que había en la tienda, eso no era ningún mérito. Entonces Jesús recordó esa cita célebre a la que tanto había recurrido en su vida, y que ahora, por fin tenía sentido: la historia la escriben los cobardes, sobre todo los de la parte vencedora. A Jesús lo salvó su miedo, era tan fuerte que se atrevió a llegar al lavabo sin saber con lo que se podía tropezar, y no sólo eso, el pánico provocó tal descomposición en él, que su manifestación biológica, fue el arma definitiva, en forma de pesticida, para vencer a su valiente, desconocido y malogrado enemigo.

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