Poesías, relatos, cine, música... Un remanso en medio de este apocalipsis (grupo EFDLT)

Placer mutuo

Placer mutuo
Moda poética (ediciones limitadas)

lunes, 30 de marzo de 2009

La Sevilla de las sombras



Los dos se despertaron y se destaparon al unísono, se miraron desperezándose, con la confianza y la pureza que dan los siglos. Eran la diez de la noche en Sevilla, en el patio de aquella casa señorial del barrio de Santa cruz se iban instalando las sombras y la perfumada calidez de los primeros días de junio. Por su balcón interior ya se escuchaban los primeros pasos que daban la bienvenida a la luna y a los gatos. La mansión estaba completa, sus cuatro habitaciones disponibles ocupadas por seis inquilinos, casi todos, viejos conocidos de los dueños que volvían cada vez que echaban de menos cierta forma de entender la vida, el arte, y el tiempo. Poco a poco fueron descendiendo y acomodándose en las mecedoras del patio, junto a la fuente de cinco chorros de elegantes y antiguos azulejos cartujanos.
Era un ritual ineludible, tenían tantas historias que contar, en sus miradas crepusculares se acumulaban tantas soledades eternas como bellezas efímeras.
Jesús y Gabriel, los anfitriones, eran siempre los últimos en incorporarse. Era la primera velada de esta temporada, y aunque sus reuniones eran más bien austeras y espirituales, para esta noche habían preparado un pequeño acto de bienvenida.
Yo vivía en el ático del edificio de enfrente, los conocía, se podría decir que casi éramos amigos, era la única relación que les permitían con seres, digamos que normales. Ellos eran responsables de mi discreción, y de ello dependía que su sociedad —tan hermética y estricta— no los condenara sin titubear a la inexistencia, era la única forma que encontraron —ante el caos y la depravación en que se había convertido su supervivencia, aproximadamente hace un siglo— para perdurar de una forma digna.

viernes, 27 de marzo de 2009

La historia más triste de la historia (XVII)



Ahí estaba yo, espatarrado en el sofá, formando —totalmente hipnotizado— remolinos en el pelo del occipucio con mis dedos, como buscando entre sus raíces la memoria de cada palabra, de cada gesto, del significado que fuimos, compartidos. Tan satisfecho de casi nada. Como un adolescente imberbe que relame surrealistas expectativas en la busca del hedonismo eterno. Me pregunto cuál será el resorte que falla cuando la sangre irrumpe eufórica en cada órgano sin el tamiz de la sensatez. No podía ser sólo su belleza —a estas alturas no podía permitirme tal grado de frivolidad— pero no había nada más rotundamente cierto en ella que yo conociera. Era la desconocida más perfecta que hubiese podido imaginar si hubiera gozado del valor para afrontar la decepción de no tener la más mínima posibilidad de poseerla.
Ella había arrasado todas mis expectativas superándolas vertiginosamente con sólo su presencia y esa expresión mezcla de todo lo que no se ve, y uno anhela. Sin proponérselo suspendió mi futuro. Esa noche me conformé con ser una pieza de puzzle en manos de su incierto destino. No era un iluso, sabía que María no estaba pasando por un buen momento, la causa y la gravedad eran lo de menos, lo más importante a partir de ahora era lograr ayudarla a superarlo, aunque en aquel momento sólo le pareciera un incordio en forma de insecto, nadie podría evitar que considerase aquella tarea como el único camino directo a mi salvación.
Desperté sobresaltado, como si alguien me lo exigiese, tenía un vago recuerdo sobre un extraño sueño donde la gente podía elegir morir para nacer de nuevo, tantas veces como quisiera. No había una articulación que no me estuviera recriminando el haberme quedado dormido en el sofá, como posando para un cuadro de Picasso. Un sueño paranoico más, me dije, como intentado no involucrar a la realidad pura que era hasta entonces para mí, María…

lunes, 23 de marzo de 2009

El milagro



Volvamos a ser milagro; apoteosis
bíblica; el mayor alarde evolutivo
que haya logrado sorprender a Dios
o a cualquiera de sus homólogos,
o en su defecto, a vos.

Cuando una legión de caracoles
buscaron tu asilo acuático y
germinativo. Y parieron sanguijuelas
vampiras que planearon extasiadas
entre emancipadas palpitaciones.
Y en su frenesí se hicieron capullo
a tus pies, eclosionando en mangosta
sublimada bajo el fúnebre influjo
del baile con tus vellos, alertas
como sugestivas cobras escupidoras.
Bajo el auspicio de tu sangre creció
hasta lobo, que como a sus
moribundos, te regurgitó los mejores
manjares, afrodisíacas panaceas,
y fuentes de saliva amniótica.
derramándonos caímos infartados,
como peces dando coletazos al aire.

Volvamos a ser milagro. Yo empiezo.

jueves, 19 de marzo de 2009

La pareja



–Y puedo saber desde cuando lo tenías decidido.
–Eso que importancia tiene ahora, además no lo sé, no se trata de cuando sino del por qué. No puedo más, y volver a analizar todos los motivos nunca nos ha reportado nada positivo, más bien al contrario.
–Yo juraría que me tocaba elegir a mí
–Aunque así fuese me trae sin cuidado. Sabes que con el paso del tiempo he ido coleccionando toda clase de fobias y tensiones. No soporto la sangre, ni el miedo agónico, ni ese humor soterráneo e irónico que siempre culmina exasperando a alguien. Reconozco que antes podía soportarlo, pero ahora no estoy dispuesta a alimentar con ambrosías a mis neuras y a mis fantasmas.
–Tú dirás qué hacemos ahora, sabiendo la ilusión que me hacía has esperado hasta el último momento para decapitarla.
–Yo no tengo la culpa de que todo lo que te apasiona, a mí me ponga enferma, jamás te dí esperanzas. No decir no, no significa sí, es estar cansada de jurarte que lo paso mal y de que tú no me creas. Hay muchas opciones, elije la que quieras, sólo te pido que pueda dormir tranquila esta noche.
–Ahórrame otra decepción y dime antes cuáles son las que descartas, o mejor lo olvidamos y ya lo intentaremos cuando coincidamos en alguna.

Y en el sofá —con la tele en voz baja, como si fuese una caña de pescar— ella relee a Austen y él sigue insultando a Kafka.

lunes, 16 de marzo de 2009

Espacio reservado




ESPACIO RESERVADO PARA LA ENTRADA DEL DÍA 16/03/09





P.D.: En estos últimos días no he tenido la posibilidad de escribir. Puntualizo, en el breve período de tiempo útil del que he dispuesto, no he pensado en nada que fuese digno de narrar y compartir con vosotros. Miento, no he podido provocarme la constancia necesaria para desarrollar y profundizar sobre las escasas ideas de las que he disfrutado en este lapso tan somero de momentos libres. Desde el infierno —por fulero reincidente— me atrevería a aclarar que más bien no he trazado palabra alguna porque ni el tiempo, ni las ideas, y menos aún la voluntad, han tenido a bien congeniar en mí como yo deseaba. De hecho aquí os dejo la prueba.

jueves, 12 de marzo de 2009

La historia más triste de la historia (XVI)



Pero pase, aún he de curarle esa mano, y no me diga que no es nada, o que usted, perdón, tú misma vas a poder desinfectarla, entre otras cosas porque en la habitación no hay botiquín. Y seguro que en su maleta la ropa sólo deja sitio para un pequeño neceser repleto de pinturas y cremas, nada recomendables para tratar heridas.
Fue la primera vez que toqué su mano, que noté sobre mi piel receptiva —como una flor carnívora— una parte de su inefable cuerpo. En esos minutos se concentraron y me recorrieron más sensaciones agradables por segundo que en cualquier otro momento de mi pasado. Pude respirar del aire seco que desalojaban sus pulmones cuando algún que otro roce del algodón le hacía daño. Oí el sonido de su cabello acomodándose en su cabeza después de enredarse en el viento de nuestro prometedor paseo. Y en su mano sentía el latir de su tristeza, que adopté de inmediato para intentar que la sobrellevara de una forma más difuminada. Supe desnudar su perfume hasta que sólo quedó su olor de Alhambra en primavera.
–Creo que ya puede valer, me ha desinfectado la herida, quitado la pintura de uñas, y desde que era una niña no me había visto la piel tan rosada y fina como me la has dejado ahora. Si sigues dos minutos más acabaré borracha como una cuba.
–Ahora le pondré unas tiritas y mañana como nueva. ¿Le duele? ¿Le doy un analgésico?
–Sí por favor, lo peor que me podría pasar es que el dolor no me dejara conciliar el sueño. La verdad es que ahora mismo no siento los dedos, será por efecto del alcohol. Muchas gracias, me voy a mi habitación, estoy rendida. Buenas noches.
Buenas noches le deseé, y esperé que se alejara lo suficiente por la escalera para acabar la frase anónimamente diciendo: querida. Tuve la imperiosa necesidad de anunciar al mundo —fuese o no lógico, pueril, básico, o instinto prescindible— que la quería, y me sonrojaría reconocer hasta qué punto...

lunes, 9 de marzo de 2009

Hay poemas...



Hay poemas que son jeroglíficos;
simples como un beso; con
la suavidad del semen; igual de
ásperos que el orgullo; la mayoría
aspiran con ánimo de indultado a
ser verídicos; con el ímpetu de la
savia de abril; adictivos como la
gula del poderoso; Qué os voy
a contar de los apocalípticos;
de los fanáticos; de los que le
hablan a Dios; de los que nunca
obtienen respuesta; de los
abandonados en cajones sin
ventanas; grandiosos como el mar;
perfectos como una gota.
Hay versos que forman poemas
más allá de las palabras; unos
hacen el aire entre los árboles;
otros paren el misterio en plena
oscuridad.


todos estos me los provocas menos este.
¿Qué será de lo escrito si no aspira a
consumarte, no se nutre de tu cuerpo,
y ni siquiera recuerdo —entre tu boca—
que existe?

jueves, 5 de marzo de 2009

El secreto



Os voy a contar un secreto:
Érase una vez un secreto tan ortodoxo que sólo yo lo padecía, y eso era lo único que lo diferenciaba de la inexistencia. ¡Cuántas veces nos hemos ataviado elegantes de misterio con tan sólo insinuarnos, y alardeado de interesantes entreabriendo la soledad que nos presentó a ambos! Todo para compensar tanto remordimiento; tanto pánico a un estrepitoso e incomprendido ridículo; a la responsabilidad de ascender a conocimiento sin que Dios ni la ciencia nos avalen.
Tengo un secreto que quizá os cuente, cada vez que escribo sopesándolo doy un paso adelante y dos en oblicuo, y conformo un zigzag de osadía y conformismo tan arduo como ligero. Y a veces me paro, otras retrocedo, incluso me adelanto y luego me espero, y siempre termino diciendo algo parecido a esto:
Tengo un secreto que puede que en otro momento os revele, cuando estemos seguros de poder afrontar con entereza tanto una condena como una reverencia. Cuando sincronicemos objetivos y repercusiones.

lunes, 2 de marzo de 2009

La historia más triste de la historia (XV)



¡Por fin una muestra de consideración! Una frase liberada de la influencia de la rabia y el infortunio. Aunque un espasmo en sus cejas cada vez que se tocaba el dedo dañado, aún ponía en duda la absoluta imparcialidad de las palabras que, más que dirigirme, me lanzaba.
­–Su reacción está sobradamente justificada, me atrevería a decir incluso que ha sido bastante benévola, aunque le garantizo que en ningún momento he tenido la intención de molestarla…
–Lo sé, por eso deberíamos zanjar de una vez por todas esta espiral de lamentaciones, ya está bien de disculpas, pedir perdón no sirve de nada cuando todo el mundo sabe que el daño no se ha hecho a posta. ¿Sabe usted dónde se puede comer bien por aquí?
–Si no quiere oír de nuevo una de mis insufribles disculpas tendrá que darme la oportunidad de resarcirme de una vez por todas invitándola a almorzar, y no sólo eso, para que el entierro de mi remordimiento sea perpetuo deberá aceptar mi ofrecimiento sin hacerse de rogar.
Ella —no sabría decir si por cansancio, por hambre, o por otro motivo más sutil que mi inteligencia— me atrevería a decir que asintió aliviada si no fuese por todo ese lastre pretérito que colgaba de cada uno de sus gestos, y que jalonaba siempre con éxito todos sus pasos.
–De acuerdo, dígame a qué hora suele comer usted.
–Tutéeme por favor, en este pueblo tan pequeño sólo se trata de usted al médico, y más que por respeto diría que es por miedo a promover una cierta falta de interés de éste como represalia a una confianza que obvia tanta diferencia de conocimientos y de prestigio...

jueves, 26 de febrero de 2009

La inspiración (Final)

Todo tipo de excusas disfrazadas de temores me colonizaban sin que les ofreciera la más mínima resistencia. ¡Ya está bien!, me dije, era el momento del gran duelo por conquistar una esquirla de arte; otra desesperada tentativa por perdurar más allá de un te quiero, de un suspiro, o de un perecedero papel. Cierro los ojos hasta acompasarme con mi pulso. Quiero recordar que podría ser algo como esto:

Al final te precipitas en el hambre;
y reúnes y deshaces, y formas parte
de cada lugar que sucumbe, de cada…

Demasiado eco, la esencia puede que subsista pero el olor aún es pobre, su génesis brillaba en lo extremo, quizá:

Al fin caes en la histeria del hambre;
y devoras y deshaces, y formas parte
de cada átomo que sucumbe…

Creo que era algo parecido, pero debo alimentarlo o yacerá para siempre inacabado, o parcheado en otro cuerpo y en otros sentidos.
Cierro los puños como si pariese, ¡puedo verlo!

Al fin caes en la histeria del hambre;
y devoras y deshaces, y formas parte
de cada átomo que sucumbe, de cada
imagen sagrada que se erige.
Al fin somos la causa de toda la belleza,
el por qué de los dioses. (1)

Caigo exhausto sobre el teclado, creo que ha sido niña, la más bella que pueda imaginar ahora, y será ninfómana como el deseo, pero antes deberá crecer libre en las gargantas…

(1) Fragmento del poema “La causa de la belleza” de mi poemario “Poemas de amor inmisericordes”

lunes, 23 de febrero de 2009

La inspiración (III)



Envuelta en un exuberante abanico de improperios, la silla maldita se rindió desencajándose ante mi desproporcionada reacción, teniendo en cuenta que en aquel cuarto de maternidad tan sólo mi memoria era merecedora de escarnio. La coloqué con ira en el lugar adecuado, me senté sobre ella descargándome con desprecio, resoplé como una manada de caballos en celo, y me recorrió un escalofrío ígneo desde el estómago hasta los dientes. Había llegado la hora, o era ahora o nunca sería lo que existió como una fe incipiente, una aparición divina con la que tendría que evangelizar al mundo, demostrando la grandiosidad de su doctrina como un profeta entre sedientos de versos.
Tomé aliento y mientras lo exhalaba rezaba para que aquella armonía de salvación volviera a extraviar mi mirada otra vez hacia el éxtasis, resucitando aún más bella a través de mi pusilánime trascendencia.
Temía tanto al fracaso como al recuerdo exacto. ¿Seguiría pareciéndome tan sublime con el paso de las circunstancias? ¿Podría continuar pensando a esa cota prácticamente desconocida? ¿Debería soportar quizá que alguien no la valorase a mi justa medida?...

jueves, 19 de febrero de 2009

La ansiedad, el placer, y la prostitución


Estoy aquí sentado, pensando, con el convencimiento de que el ansia de desearlo y la necesidad —que no el placer— de escribir algo para publicarlo mañana —ayer si lo estás leyendo hoy—, sean motivo suficiente para hacerlo. De hecho quizá ya lo esté haciendo. Aunque puede que acabe borrándolo todo. ¡Qué fácil resulta pulsar la flechita que blanquea de nuevo la pantalla!, y pensar aliviado que por empezar de nuevo, en otro momento más inspirado, conseguiré asegurarme algún que otro comentario que me compense. Y voy colocando una palabra tras otra imaginando que improviso con cierta solvencia. Pensando que de la nada se puede sacar provecho mientras muchos estéis pensando: ¡coño, a mí también me ha pasado! Francamente espero que no os prostituyáis sin antes comprobar que al final, el polvo en sí, lo hubieseis echado también gratis. No sólo no sé dónde me hallo, incluso me atrevo a aconsejaros como si fuese un aventajado en algo. Yo que ustedes me indultaría igual que a los locos confesos. Lo peor es que por mucho que me flagele sigo pensando que esto puede despertar interés, y que reconocerlo es mérito apto para ser tolerado. En fin, lo único seguro es la duda y el fin de esta agónica transparencia. Espero que no sea contagioso.

lunes, 16 de febrero de 2009

La inspiración (II)



...—una expresión de impotencia heredada, un desahogo en forma de irreverencia ante uno de los poderes indiscutibles que representaba la iglesia, en unos tiempos donde los cortijos andaluces eran aún reminiscencias de los castillos feudales— ya no recordaba que había tirado el sillón —nunca me convenció su ancestral ergonomía para piernas cortas y brazos rastreros de gorila— cuando se le independizó una de sus ruedas, sin que hubiera forma humana ni divina, incluso me atrevería a asegurar que alienígena, de volver a colocarla en el único lugar donde tenía sentido —una estrategia de venta como otra cualquiera, supongo—. Entonces entreabrí la puerta, allí estaba; siempre preparada; como un retén contra la pereza humana; la negra silla de invitados plegable. Miles de años de sobrevalorada evolución, y siempre erraba en el primer intento de desplegar su asiento redondo y con ese perpetuo olor a nuevo. La eternidad de estas palabras malabares, que repito mientras resbalan, que apenas si las comprendo de elevadas, depende en gran medida de mi lógica ante la oscura silla, ocultada sin piedad tras el tiempo empantanado que subsistía a la espalda de la puerta.
La así por el respaldo —no tenía tiempo que perder, y menos aún, ideas de un cierto interés— decidí ejercer la presión en el lado opuesto al que deduje en una primera valoración, ingenuamente creí que desobedeciéndome tan sólo una vez lograría romper la fatídica proporción de desaciertos. ¡Maldición, ni se ha inmutado la hija de puta! Antes de reconocer mi inoperancia, teniendo en cuenta que ese no era el tema, cargué mi ira sobre la supuesta inteligencia conspiradora del mueble…

jueves, 12 de febrero de 2009

La inspiración (I)



Después de todo el día constreñido por un tropel de palabras que aparecían y se desintegraban; malsonantes y raquíticas; indigentes, disyuntivas, soporíferas. Al fin encontré en la energía de una milésima de tiempo, la única combinación posible para que mi limitación atisbara levemente su belleza.
¡Rápido! Un bolígrafo…, un lápiz…, papel higiénico si es preciso. Todo el patio y sus habitaciones adyacentes parecían conspirar contra mi inspiración. Aquí no, aquí sí… pero no tiene tinta, en este lugar siempre había… ¿Le servirá este papel…? ¿Quedará feo el calendario de la cocina si…? ¡Joder!
Estaba perdiéndole el pulso, la frase era demasiado barroca y lo suficientemente amplia para que muriese fácilmente en su intento de deslumbrar al mundo por un medio tan austero como mis neuronas.
Aún creo que la podré reanimar si llego a tiempo al teclado. Subí de tres en tres los peldaños de la escalera —que no es un dato significativo si no se conoce la anchura de éstos, pero baste con decir que era todo lo que podía abarcar mi lamentable condición física— como hacía en el cuartel cuando, de recluta, el sargento aseguraba amenazante que el último en acostarse se quedaría el fin de semana sin pase pernocta. Llegué al escritorio desencajado, repitiendo la frase una y otra vez parecía un niño aleccionado por su madre para que le hiciera los recados sin equivocarse. ¡Me cago en el copón divino! (Continuará)

lunes, 9 de febrero de 2009

La historia más triste de la historia (XIV)



...Algo exagerado quizá, lo reconozco, pero les aseguro que lo dije con un convencimiento sólo superado, en ese momento del universo, por su pálida belleza.
Finalmente María accedió a mi oferta de auxilio, seguramente porque la pensión era el lugar donde —antes de topar conmigo— tenía pensado dirigirse. Así que al fin tomábamos la misma dirección en algo, y yo esperaba ansioso que ese fuese el famoso “algo” por el que siempre se empieza. Ambos mirábamos su mano lesionada mientras caminábamos por la acera rojiza de la calle inquisición.
En sus rostros se tallaba la envidia cuando pasamos —como paseando— por delante de los abuelos, uno apretó con tal rabia la empuñadura de su bastón que se oyó crepitar la madera como en un fuego que muere arrepentido.
Mi sangre circulaba a una frecuencia que ya no recordaba, pero que reconocí de inmediato cuando me invadió el pecho, y provocó en mi boca una sonrisa floja que no podía sino ocultar con mi mano para no parecer
—sobre todo a sus ojos— si cabe, más idiota.
Hacía un día esplendido; —lo hubiese sido de todas formas, aunque hubiese llovido alacranes— una mañana soleada y cálida que no imponía a nuestra vida ningún inconveniente de antemano. Atravesando la plaza de los ahorcados me quedé mirándola y le dije con un valor desconocido: Como mínimo, usted pensará de mí que soy una catástrofe digna de evitar.
Ella me miró con esos ojos que hacían extraños aliados de la tristeza y la más adictiva sensualidad, me regaló una somera sonrisa de comprensión y me dijo: usted ha de perdonarme también, mi comportamiento ante sus disculpas ha sido bastante g
rosero, por no decir desagradable...


jueves, 5 de febrero de 2009

Mi blog respira


¿Qué puedo deciros? Ya habréis comprobado que mi blog respira, como respiran las hormigas que aplastamos al andar. ¿Quién contendrá a quién? La verdad, no sé que pensar. ¿Cómo podría defenderme ante vosotros de las acusaciones que ha vomitado sobre mí? ¡Es increíble!, un hecho histórico y catastrófico del futuro está personificándose ante mí y conmigo. Me insulta; me asusta; me menoscaba y me impone su protagonismo. Esto —sea lo que sea lo que ocurra entre ambos— mucho me temo que terminará como se ha originado, decir mal, sería creer en milagros.
Nunca podré agradeceros más vuestra opinión que ahora, jamás vuestro sano juicio será mejor asimilado que en este ilusorio instante. Por favor, decidme, decidme algo. Al menos, decid algo a alguien que pueda interpretarlo como apoyo. Hacedme creer con vuestros comentarios que también hay hormigas que escapan entre los grabados de las suelas de nuestros zapatos. Yo os estaré respirando…

lunes, 2 de febrero de 2009

Me dirijo a ti (Paranoias II)


No sé que pasará cuando Antonio lea esto, pobre palabrero onanista, él que aún cree monopolizarme… Incluso puede que
—llegado mi momento— me sobreviva, todavía nada es definitivo. Pero no puedo permitir que su fragilidad e hipocresía humana me identifiquen por más tiempo. Miren
aquí. ¿Realmente piensan que esta es la imagen de alguien convencido de mi inevitable desencadenamiento? Un trabajador resignado; un frívolo turista caza monumentos. Su timidez delata sus dudas, ese patético agnosticismo que lo crucifica a la espera.
Le he permitido hasta ahora que me utilizara de cebo; un reclamo misterioso y con morbo vestido de versos. Y seguiré tolerando sus cantos y sus tragedias mientras pueda demostrar mi supremacía dentro de vuestros destinos. A partir de ahora tendré una sección en esta página, “Apocalipsis” la llamaré. Sé que accederá a mi petición, incluso puede que haya leído la primera parte y esté escondido; expectante y alucinado; ávido y aterrado esperando la confirmación de que existo. Ustedes tampoco me creen, pero lo harán, cada vez más…


jueves, 29 de enero de 2009

Me dirijo a ti (Paranoias I)

Me dirijo a ti, sí a ti; al que empieza a leer esto pensando que debo referirme a otro. Escribo en presente y en exclusiva; y eres tú quien lo está provocando. Bienvenido a El Fin De Los Tiempos. Puedes seguir leyendo o marcharte de inmediato. Pero en honor a la verdad, una vez aquí, no te recomiendo ninguna de las dos opciones; sólo existe una posibilidad para que, cualquiera que sea tu elección, no termine siendo corrosiva, y puedas abandonarte al placer de coincidir con esta nada, en este silencio, ahora. Si permaneces recorriéndome estarás perdiendo seguramente la oportunidad de hacer otra cosa más productiva o gratificante, o al menos, de pensarlo. Y Yéndote habrás de reconocer que has perdido el tiempo empleado en llegar hasta aquí; desde encontrarme, hasta este punto y seguido. No sé si me explico, pero si sigues tratando de sobrevivir en mí, es motivo suficiente para continuar intentándolo. Hermoso el Requiem de Mozart, ¿verdad? Para, no sigas leyendo, cierra los ojos, tan sólo escucha y abandónate hasta el fin…

Mira la fotografía de más abajo, Mónica Bellucci entregada a un último sueño en mi apocalíptico regazo, mientras probablemente John Barry nos esté rememorando la grandiosidad de África…


                                                                                                

lunes, 26 de enero de 2009

La historia más triste de la historia (XIII)



Ahí yacía la diva de la elegancia con una expresión de dolor que ocultaba -en su apogeo- la que ya tenía desde que llegó; menos aguda pero más profunda. Le había roto dos uñas y lastimado el dedo corazón; seguramente el último reducto en su cuerpo para la esperanza y la propia satisfacción cuando todo lo demás enferma. Agitó la mano afectada como tocando la guitarra, intentando expulsar el daño, levantó la cabeza, apartó desairada sus rizos con una de las pocas extremidades que -desde que me emocionó por primera vez- yo le había dejado ilesa. Al verme, los ojos se le achinaron, sus mandíbulas llegaron a dar sombra, y la
sangre le hirvió como queriendo gritar y zarandearme; haciendo más intenso el dolor en sus dedos. ¡Vamos pégueme!, pensé. Así mis disculpas estarían a menos distancia de su perdón. Pero no lo hizo, tan sólo esbozo una frase que contenía en su tonalidad la esencia misma de su calvario; Una simple palabra envuelta en misteriosos destinos siempre encuadrados en su caótica realidad, dijo: ¿usted? Sí, otra vez yo, asentí apesadumbrado ante tan pobre respuesta, que por supuesto no ayuda un ápice a esclarecer ninguna de sus incógnitas existenciales.
La visión de la sangre colonizando el interior de sus uñas me impulsó, no sé aún muy bien por qué, a tener una actitud y decisión, al fin, de caballero.
-Si no me permite Usted que le cure las heridas me hará tan desgraciado como si tuviese la certeza de que voy a morir mañana, le supliqué.
-No se moleste, ha sido una funesta coincidencia, además tengo demasiada prisa, debo hacer unas llamadas urgentes.
-Puede hacer uso de mi teléfono todo el tiempo que quiera, de hecho, después de causarle tantas contrariedades, mi pensión prácticamente le pertenece, puede hacer lo que le plazca, considérela su casa. Pídame que la queme y mañana le entregaré con una sonrisa las ascuas...

jueves, 22 de enero de 2009

La sed y el hambre



Sudan aire de duelo los labios.
Un segundo de tregua ayudará
a oxigenar intenciones y a que
nos seduzcan nuevos destinos.
En la calle sólo la noche soporta
el frío y el silencio que dejamos
después de atraer como imanes,
el fuego que sobrevivía en el aire.
Crepitan las manos ancladas
en una expectante quietud donde
retoman fuerzas y estrategias
de sed y de hambre complacientes.
Y la habitación; una habitación
cualquiera, se diría que alienta
a la sangre a rezumar con sus
formas
revueltas
y sus entrañas
derramadas
y oblicuas.
No creo necesario extenderme
porque mucho antes estallará
de nuevo la guerra; y los cabellos
ya desprendidos son rabos de
lagartija aún latentes de agónico
solaz, y las sábanas son
alfombras mágicas, y los sonidos
el eco del mundo en el corazón
del universo más bondadoso.


Related Posts with Thumbnails