
─¿María? Dime algo por favor, no hagas que me sienta como una lunática en busca de amores utópicos. Y si es así como me ves, dime que puedo hacer para convencerte de lo contrario, que es, sin duda, lo cierto. Cómo podríamos empezar de cero. No creo poder soportar que me dejes aquí, pensando que lo único que he provocado en ti es agudizar la tristeza con la que llegaste. Sé que sólo puedo aspirar a tu amistad, te prometo que jamás tendrás que recordármelo, por eso espero, con toda mi alma, que no tomes medidas para remediar lo que no ha pasado ni pasará, danos un oportunidad para seguir siendo como hasta ahora. Reconoce que sería fantástico poder contar con alguien así, con momentos como los que nos han transcurrido, con sonrisas cómplices, con miradas claras. No podemos permitirnos el lujo de ignorarnos, al menos, yo no puedo. No hay nada que lo justifique, ni nadie, que lo haya vivido, que pueda recomendarlo.
María comprendió que la desesperación había cogido las riendas de las palabras de Milagros y que, no sería justo juzgarla por ser la enésima gota que colma su vaso. Ella misma también podía acabar siendo para Milagros una gota rebosante, o lluvia de mayo. En otras circunstancias esta situación podría incluso haberla halagado, como mínimo habría intentado ser delicada y comprensiva.
─No te preocupes por nada, mañana me iré como tenía pensado y, cuando alcance una perspectiva más o menos fiable de lo que está siendo mi vida, como te había prometido, te llamaré para volver a vernos. Tienes razón, nada de lo que he supuesto puedo confirmarlo con lo que ha pasado. Afectivamente no soy justa, lo sé, pero siéndolo sólo he logrado que me abrazaran decepciones. Lo mejor que podemos hacer ahora es dormir. Buenas noches Milagros.
─Ojalá, María.