La historia más triste de la historia (XXV)
–No puede haber nada en este momento que me concierna, más importante que disfrutar con usted de la rejuvenecedora orina de los dioses.
Sentados en los taburetes del bar, hablando de preferencias y debilidades, no tardaron en comprobar que sus inquietudes descendieron hace miles de años, al menos, del mismo árbol. Ella incluso sonrió cuando cualquiera de las anécdotas le hacía olvidar el suelo, y flotaba sin peso entre los versos menos inmisericordes; socorriendo a los inmortales de Borges bromearon con la muerte; rodeados de auroras y crepúsculos en la capilla de los Medici, llegaron a entender a Miguel Ángel; y confesaron, casi compitiendo por ser el primero, que después de mil veces, aún se les ponía piel de gallina al oír cierta variación del capricho veinticuatro de Paganini.
¡Increíble! Pensó María regresando del asombro y tomándose un respiro para sospechar que, aunque el resto fuese discrepancias, estas afinidades parecen más bien una trama diabólica para debilitarme, que una milagrosa coincidencia. Desde que vio el poemario en sus manos no pudo librarse de la sensación de estar siendo víctima de una confabulación contra su intento de romper con el pasado.
Por megafonía se anuncia la inminente llegada a su destino, ella mira su reloj sorprendida. Ha pasado una hora y media.
–Ha sido un placer conversar y compartir placeres con usted, espero que algún día volvamos a coincidir, me apeo en la próxima parada, así que iré a buscar mi maleta…
–La acompaño.
Ella observa de soslayo como él hace el mismo gesto de coger una maleta, recoge una bolsa y un periódico del altillo, le ayuda a bajar la suya, y se dispone a acompañarla hasta la puerta.
– ¿Se cambia usted de sitio?
–No, solamente apuro todas las posibilidades de permanecer juntos, no hace falta que me lo pida, me bajaría con usted —aunque esto fuese un campo de concentración siberiano— con el simple hecho de que no se oponga.




































