Poesías, relatos, cine, música... Un remanso en medio de este apocalipsis (grupo EFDLT)

jueves, 18 de febrero de 2010

Pablo. La expectativa



Aún no había pasado la cuarentena cuando los padres de Pablo Ruiz ya se esforzaban denodadamente por atisbar en él el más sutil de los rasgos que evidenciara que —a poco que la evolución acertase en combinar la genética de sus respectivas cualidades— la selección natural había logrado adaptarse definitivamente a las exigencias de estos tiempos a través de su hijo, dotando de una aplastante relevancia al avance psíquico en detrimento de la fuerza bruta.
El padre se devanaba la intuición intentando adivinar en Pablo todos los rasgos que en él se habían desaprovechado por no haber tenido la posibilidad de potenciarlos adecuadamente.
La madre se conformaba, como si fuese un derecho lógico, con que su vástago se convirtiera en una persona de provecho: responsable, respetado y, por qué no, con sus mismos valores y principios. El culmen sería que compartieran gustos, preferencias, debilidades…
El progenitor lo dormía con el Ave María de Schubert, o el claro de luna. Le recitaba a Lorca, Juan Ramón o Cernuda, intentando extinguir su llanto con míticas metáforas andaluzas…

martes, 9 de febrero de 2010

La historia más triste de la historia (XXXVII). Carlos



“Poemas de amor terminales”, habrá que negociar un nuevo título —se dijo como temiendo que no fuese comercialmente de lo más apropiado—

Y qué más da que sea o no
causa de nuestro demérito,
o del resto.
Somos exactamente lo que
no estamos siendo, ni fuimos
algo más que ideas difuminándose.
El tiempo es una incógnita
que siempre nos resuelve en
incertidumbre, o conato yermo.
Aún así te esperaré de regreso,
para que vuelvas a tropezar en
la piedra que soñamos cuando
se baten las caderas en los
efímeros rincones donde somos.

Había algo en aquellas palabras que la sobrecogían. Quizá sólo se tratase de una coincidencia emocional pero, para ella, en aquel momento, era motivo más que suficiente para hacer una modesta apuesta por aquel autor.
Mientras la abría llamó a la puerta, era Carlos, un editor colega de María con la suficiente confianza para hacerlo, y aún así, muy inferior a la que pretendía constantemente. Ella le entregó el original del poemario invitándolo a que leyese algunos versos. Él buscó —haciendo pasar rápidamente las hojas y aprovechando ese lapso para pasar revista a sus piernas— uno de los más breves, coincidiendo con el que María había acabado de leer.
Carlos era culto. Consciente de ello. Dispuesto siempre a batirse en duelo blandiendo orgulloso sus conocimientos. Embarcado en una permanente cruzada personal en contra de la simpleza y la vulgaridad que invadían su tiempo. María se preguntaba hasta qué punto la cultura de Carlos era un hecho inevitable consecuencia de su placer por la lectura, o un denodado interés por ser un respetado y admirado intelectual. Como el que estudia una carrera por conveniencia, relevancia, o mayor interés, renunciando en gran medida al desarrollo de sus verdaderas inquietudes.

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