Poesías, relatos, cine, música... Un remanso en medio de este apocalipsis (grupo EFDLT)

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lunes, 30 de noviembre de 2009

La increíble hormiga pensante (V). La liberación


Marisiete empezó a morder uno de los pelos atrapados de la hormiga, ésta, que presentía cierta actividad traumática, no podía imaginar con suficiente concreción lo que estaba pasando. La verdad es que su extremidad estaba libre por completo de la petrificada savia, eran sólo sus pelos y el espolón los engullidos por la desconsiderada sustancia. Antes de que el sol alcanzase su cenit el aflamencado escarabajo había acabado de cortar todos los pelos atrapados. Después de un breve descanso empezó a roer el espolón por el lado contrario al de sus púas. ajena al dolor y a los espasmos que le estaba provocando a la hormiga, la mariquita seguía empeñada en liberarla. Aunque no creo que hubiese nadie que pudiese imaginar en aquel momento el motivo de tan arduo anhelo. En uno de los movimientos compulsivos con los que el himenóptero intentaba escapar del sufrimiento, su peine al fin cedió por donde su salvadora estaba obcecada en que así fuese, cayendo de bruces sobre el suelo. El dolor no le importaba, el cansancio se le olvidó, en cuanto recuperó el aliento se puso en pie, comenzó a caminar con parsimonia contemplando con emoción como su agónica pata parecía acompañar con solvencia al resto. Salvo una pequeña y lógica disfunción transitoria toda su extremidad delantera parecía responder a su intención. Al fin era libre. Obviando las secuelas corrió dando vueltas alrededor de su cárcel de piedra, era toda una exhibición del por qué de la milenaria existencia de su especie. Se encaramó a la roca en milésimas y se topó de frente con marisiete...
                                 
                           

jueves, 26 de noviembre de 2009

ILUSOS



Asida vas a todo lo que te dije,
a todo lo que hice, incluso a lo que
crees que callo, o no hago.
Como un niño os sigo, refunfuñando,
sintiendo como mío sólo lo común,
lo que sentiría todo el mundo.
Mi adulto mientras tanto va
sonriéndote como un extraño o un
amnésico que ha olvidado el motivo
que te hace creernos cómplices.
Y te beso en la frente como quien se
pellizca confirmando una suerte desmedida.


Y al leer esto creerás que me equivoco,
que me intuyes más allá de lo que
imagino, que incluso el tiempo donde
aún no hemos sido transcurrirá
haciéndonos razonablemente idóneos.
Y yo intentaré que no adivines lo que temo.
Trataré que dos ilusos lleguen a ser la razón
de todo lo que importa, la esencia de la
verdad desde la que nos desvanecemos
.

                                                                                                           

lunes, 23 de noviembre de 2009

La historia más triste de la historia (XXXIV). En la cama


─¿María? Dime algo por favor, no hagas que me sienta como una lunática en busca de amores utópicos. Y si es así como me ves, dime que puedo hacer para convencerte de lo contrario, que es, sin duda, lo cierto. Cómo podríamos empezar de cero. No creo poder soportar que me dejes aquí, pensando que lo único que he provocado en ti es agudizar la tristeza con la que llegaste. Sé que sólo puedo aspirar a tu amistad, te prometo que jamás tendrás que recordármelo, por eso espero, con toda mi alma, que no tomes medidas para remediar lo que no ha pasado ni pasará, danos un oportunidad para seguir siendo como hasta ahora. Reconoce que sería fantástico poder contar con alguien así, con momentos como los que nos han transcurrido, con sonrisas cómplices, con miradas claras. No podemos permitirnos el lujo de ignorarnos, al menos, yo no puedo. No hay nada que lo justifique, ni nadie, que lo haya vivido, que pueda recomendarlo.

María comprendió que la desesperación había cogido las riendas de las palabras de Milagros y que, no sería justo juzgarla por ser la enésima gota que colma su vaso. Ella misma también podía acabar siendo para Milagros una gota rebosante, o lluvia de mayo. En otras circunstancias esta situación podría incluso haberla halagado, como mínimo habría intentado ser delicada y comprensiva.

─No te preocupes por nada, mañana me iré como tenía pensado y, cuando alcance una perspectiva más o menos fiable de lo que está siendo mi vida, como te había prometido, te llamaré para volver a vernos. Tienes razón, nada de lo que he supuesto puedo confirmarlo con lo que ha pasado. Afectivamente no soy justa, lo sé, pero siéndolo sólo he logrado que me abrazaran decepciones. Lo mejor que podemos hacer ahora es dormir. Buenas noches Milagros.
─Ojalá, María.

jueves, 19 de noviembre de 2009

YES. HEART OF THE SUNRISE (FRAGILE)

Yo también me encuentro perdido en la ciudad, no reconozco nada de lo que poseo como deseado, sólo me quedas tú, la distancia, y la espera. Bueno, y el rock progresivo de YES.




HEART OF THE SUNRISE (FRAGILE. YES)

Love comes to you and you follow
Lose one on to the heart of the sunrise
SHARP-DISTANCE
How can the wind with its arms
All around me

Lost on a wave and then after
Dream on on to the heart of the sunrise
SHARP-DISTANCE
How can the wind with so many around me
Lost in the city

Lost in their eyes as you hurry by
Counting the broken ties they decide
Love comes to you and then after
Dream on on to the heart of the sunrise
Lost on a wave that you're dreaming
Dram on on to the heart of the sunrise
SHARP-DISTANCE
How can the wind with its arms all around
Me
SHARP-DISTANCE
How can the wind with so many around me
I feel lost in the city

Lost in their eyes as you hurry by
Counting the broken ties they decided

Straightt light moving and removing
SHARPNESS of the colour sun shine
Straight light searching all the meanings
Of the song
Long last treatment of the telling that
Relates to all the words sung
Dreamer easy in the chair that really fits
You

Love comes to you and then after
Dream on on to the heart of the sunrise
SHARP-DISTANCE
How can the sun with its arms all around
Me
SHARP-DISTANCE
How can the wind with so many around me
I feel lost in the city

lunes, 16 de noviembre de 2009

La increíble hormiga pensante (IV). La mariquita



Estaba amaneciendo y el frío hacía que a medida que su cuerpo se congelaba, la interconexión entre sus neuronas se multiplicase exponencialmente. No muy lejos de allí, una mariquita de siete puntos había observado impertérrita desde una hoja la circense escena. Se acercó y se quedó unos segundos observándola, estaba hambrienta —como todas las mañanas que podía recordar— pero, una hormiga no entraba dentro de su menú, demasiado dura y peligrosa comparada con sus queridos y jugosos pulgones. Cuando la siafu, en esa posición de trapecista, pudo interpretar que el colorido coleóptero había emprendido su marcha con intención de abandonarla a su suerte, hizo un esfuerzo cósmico e emitió un sonido de auxilio que logró detener a la mariquita, parecía que al fin había podido comunicarse con otro insecto ajeno a su especie. ¡Por favor, que me haya entendido! —suplicó mientras miraba al cielo totalmente entregada, descubriendo así un nuevo y misterioso Dios con el que intentar dar sentido al mundo— La marisiete trató de subirse encima de la piedra savia pero, era de una superficie tan fina que resbalaba como el cristal mojado. Lo intentó una vez tras otra, por cada una de sus caras y aristas, pero sólo obtuvo como premio la asfixia y la derrota. Buscando una nueva ruta tropezó con la hormiga, sus antenas se tocaron y la siafu aprovechó para hacerle entender que podía ascender utilizándola a ella como escalera. Y así fue como pudo coronar la piedra. La hormiga desconocía la forma en que la mariquita pretendía ayudarla, y el por qué tenía que ser desde arriba, pero no podía estar más dispuesta a colaborar decididamente fuese cual fuese el plan.

jueves, 12 de noviembre de 2009

El bosque (VIII). El río que ascendía



Por más que avanzaba no asomaba por el horizonte la más mínima referencia desde la cual pudiese llegar inequívocamente a la cabaña. Un ligero murmullo la detuvo, era la corriente del río que de repente empezó a fluir pero, lo extraño era que iba en dirección contraria a sus pasos, se dirigía sin motivo lógico alguno hacia las montañas que lo engendraban. Nada había sido muy normal desde que se adentró en el bosque el día anterior, aunque no descartaba que fuese ese mismo día, pero la decisión del agua de circular en sentido contrario superaba con creces todos sus conocimientos físicos, e incluso su fantasía más anárquica. Que tenía que seguir la corriente del río era la única seguridad con la que había alimentado la esperanza de salir de allí en un espacio de tiempo razonable. Ahora tendría que decidirse entre lo lógico y lo cierto. ¡Cómo me gustaría que aparecieras! —le habló al aire como si éste pudiese ayudarle a llegar hasta Gabriel— Pero pasado unos minutos comprendió que el viento también estaba buscando una honrosa salida de aquel lugar. Eligió continuar con el camino emprendido. Que el agua contradigese la gravedad le parecía menos improbable que el hecho de que un río desembocase en el mar. Así que supuso que era algún tipo de fenómeno momentáneo provocado por la fuerza de las mareas. De todas formas la duda hizo que aminora su ritmo y que mirara con frecuencia hacia atrás, como intentando reajustar constantemente sus razonamientos. Buscó de nuevo motivación en el espléndido día que hacía y en el fantástico espectáculo que la naturaleza le ofrecía...

lunes, 9 de noviembre de 2009

La historia más triste de la historia (XXXIII)



En el aplastante silencio de aquella madrugada María recordó una frase que Milagros pronunció en el bar, en su primera toma de contacto. No recordaba el contexto exacto pero, ella exclamó un “...de la acera de enfrente, como siempre”, ese “como siempre” no logró interpretarlo en ese momento pero, ahora, mientras le recorría una amenazante sensación, lo atribuía, con fijación enfermiza, a su condición sexual.
─Milagros, no quiero pecar de indiscreta pero tengo que preguntarte algo y espero que me creas merecedora de tu sinceridad. Puede que sean elucubraciones mías pero necesito saberlo. ¿Eres lesbiana?

Un silencio aún más intenso ahogó respiraciones y pulsos en la oscuridad que las separaba.

─Pues sí, pero no me creerás tan superficial como para enamorarme de ti en tan sólo una semana. No he disfrutado tanto de tu compañía por mi homosexualidad. Mis mejores amigas son heterosexuales. Sería injusto que reinterpretaras todo lo que hemos vivido juntas porque ahora sepas que soy lesbiana.

Fue la mentira más desesperada que —con el paso de los años y los hechos— Milagros jamás utilizó para intentar retener un amor que se desangraba antes de estar vivo.
María acentuó su habitual posición fetal mientras lloraba, conteniendo el estruendo de su pesar para no despertar en Milagros la necesidad de consolarla. Definitivamente —pensó secándose las lágrimas con la sábana— no tenía la capacidad de infundir a nadie una relación de amistad. ¿Cómo podría afrontar el hecho de recibir de todo el mundo y en todo momento sentimientos tan radicales como el amor o el odio, el desinterés o el paroxismo en cada sentido? ¿Por qué no puedo abandonarme a la seguridad y al sosiego de una amistad que no se corrompa en el tiempo ni en la carne?

jueves, 5 de noviembre de 2009

Donde somos



Y qué más da que sea o no
causa de nuestro demérito,
o del resto.
Somos exactamente lo que
no estamos siendo, ni fuimos
algo más que ideas difuminándose.
El tiempo es una incógnita
que siempre nos resuelve en
incertidumbre, o conato yermo.
Aún así te esperaré de regreso,
para que vuelvas a tropezar en
la piedra que soñamos cuando
se baten las caderas en los
efímeros rincones donde somos.

martes, 3 de noviembre de 2009

La increíble hormiga pensante (III)


Nadie debería juzgarme por la hormiga que he sido hasta ahora —dedujo del desinterés que infundía su situación—, ni tan siquiera por la que hubiese sido toda la vida si no llego a caer en esta trampa con la que los árboles vengan su quietud. ¿Quién podría exigirme que obviase tamaña herencia genética. Ha sido necesario un hecho traumático, que tutee a la muerte sin garantías de ganarme su respeto, para romper la secuencia de programadas obligaciones a la que estaba predestinado desde que nací. Si al menos pudiese articular algún tipo de sonido que me permitiera expresar, con un tono agónico, mi grado de desesperación. Proclamaría sin cesar la infinitud de mi agradecimiento a quien decidiese ayudarme a salir de este trance. Me proclamaría su deudor eterno.
Un sonido lejano y seco, proveniente sin duda de un acto contundente, empezó a registrarse en sus antenas y en su cinco patas libres con una cadencia perfecta, la vibración recorría su cuerpo como un impulso eléctrico. Era una manada de elefantes que ajenos a ella, al resto de seres vivos, cosas, y dioses, recorrían en fila india aquella zona en busca de agua. Pasaron tan cerca que una de sus pisadas hizo que la gota de savia se elevara y cayera, arrastrando a la hormiga con ella, con la mala fortuna —eso es lo que creyó en una primera evaluación— que lo que fuera la base quedo a la inversa, resplandeciendo bajo la luz de la luna. Y el insecto quedó colgando de su maltrecha extremidad, con su cabeza pensando en agujeros negros y holocaustos, a sólo un palmo —de hormiga— del suelo. Aunque su situación era crítica, su cada vez mayor capacidad de reflexión le hizo albergar esperanzas suponiendo que esa era la única y última posibilidad que tendría para provocar en los demás insectos un halo de misericordia.

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