Poesías, relatos, cine, música... Un remanso en medio de este apocalipsis (grupo EFDLT)

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viernes, 26 de marzo de 2010

De cómo y cuándo supe el porqué (II). La madre



De pronto se abre la puerta de la habitación, es la mujer de Juan: Eva.

EVA.- ¡Vamos, que es muy tarde y la casa parece una cuadra! Dice mientras abre el ropero, coge una falda y una camisa, y se vuelve a marchar.

Juan se incorpora de la cama con una parsimonia casi regresiva y, como en una estampida de búfalos cafres, parte de él escapa despavorido, en todos los estados posibles de la materia, a pie de váter.

JUAN.- (pensando en voz alta mientras orina) Ahí está, la culpable de esta lamentable situación milenaria, descendiente directa de la antojadiza Eva, hasta ha heredado su nombre. Incluso se permite el lujo de bromear recordando que la maldición continua: “la casa parece una cuadra”. Lejos de pesarle parece que lo asume con normalidad y diligencia. ¿Cómo podrá olvidar que odia, igual que yo, cada una de estas penitencias domésticas? ¿De dónde sacará ese ardor de guerrero mono neuronal que le ayuda a sobrellevar con dignidad esta condena? Se supone que he de seguir con resignación el luctuoso rastro que ha dejado. Iré haciendo la cama, quien empieza puede elegir tortura.

Mientras está haciendo la cama entra en la habitación su madre, que murió hace un par de años, en clara disposición a ayudarle a vestir la cama, ante la lógica perplejidad de Juan.

JUAN.- ¡Mamá! ¿Pero que haces aquí? Yo te vi, estabas muerta, te enterramos, no deberías estar en mi cuarto. Conmigo. Ahora.

MAMÁ.- Pregúntaselo a tu conciencia, ella me ha requerido suplicándome desesperada unas migajas de cordura.

JUAN.- ¿Seguro que eres mi madre? Ella jamás trataría irónicamente el hecho de materializarse en un ser de ultratumba. De hecho, no recuerdo que utilizara nunca la ironía. Es más, cuando me ayudaba, siempre era pura e incondicionalmente, sin motivos metafísicos.

lunes, 8 de marzo de 2010

La increíble hormiga pensante (VIII). Fin



La mariquita se apresuró a descender de la hoja para auxiliarla —quizá había encontrado en este tipo de misiones altruistas la verdadera razón con la que contribuir a una relación entre insectos más armónica, demostrando a su vez que no tenían por qué regirse, debido a una especie de designio supremo, por la voluntad de sus salvajes y retrógrados instintos— con el infortunio de resbalar al emprender su bajada por el tallo, y precipitarse violentamente al suelo antes de que tuviese tiempo de desplegar sus alas. Las dos se quedaron mirándose con sus patas hacia el cielo, derrotadas por su destino, como si reflexionar no fuese realmente determinante para la supervivencia en sus circunstancias. Entendieron al unísono y en silencio que, seguramente, el hecho más determinante para demostrar hasta que punto eran los animales más inteligentes de la tierra, sería no tener que justificárselo a nadie, y muchos menos intentar que lo entiendan o lo compartan. Así que se sentaron una apoyada en la otra. Pensando cuál sería el lugar idóneo donde disfrutar juntas del resto de sus eruditas vidas, puede que algo solas, pero nunca mal acompañadas, ni tediosas.

jueves, 4 de marzo de 2010

De cómo y cuándo supe el porqué

Primer acto

Juan se incorpora en la cama sudando, bostezando y desperezándose, mira el reloj de pared y el calendario para comprobar que son las once de la mañana de un sábado cualquiera. Sentado en la cama, orinándose con saña, muy a su pesar, comienza a pensar.

Juan.- (sentado en la cama) Si una multitud cualquiera me estuviese observando, seguro que más de uno ya me habría juzgado por ser casi mediodía y estar aún en la cama. Qué envidia dirían algunos y, que pérdida de tiempo, otros. Incluso habría quienes verían en mí una persona incapaz de cometer ningún pecado capital más porque la pereza me lo impediría. Y no es que me importe lo que piense nadie, aunque si me importase no lo reconocería jamás ante tanto extraño: potenciales perturbados en busca de carroña. Pero me parece de un mal gusto mayúsculo que apenas abrir los ojos ya haya personas dispuestas a juzgarme, sin conocerme ni tan siquiera de haber cruzado unos buenos días.
Bueno, no empecemos tan neurótico. Quiero disfrutar de este momento, es mi primer día de descanso, el primero de un total de dos. ¡Vaya, dos días! Amaneces eufórico y te acuestas arropado por una inexorable cuenta atrás repitiendo: mañana es el último día, he de aprovecharlo como sea, como sea —que angustia joder—.
Sabiendo como sabemos que el trabajo fue un castigo divino, y seguimos venerándolo como si vivir sin trabajar fuese antinatural, o sobrenatural en el mejor de los casos. Yo quiero una cruz o un Edén. En este momento necesito un paraíso aunque para ello tenga que redimirme de toda mi vida.

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