La historia más triste de la historia (XXXVIII). Pat M.
—Bueno, digamos que promete. Incluso si me dejaran salvar un ingente número de versos lo indultaría de la quema. Ya sé, te has empeñado en ser un personaje de Goethe haciendo que te defina sobremanera esa tendencia al suicidio emocional y vas a tomar, de un momento a otro, la histórica decisión de publicarlo. No he de recordarte que como negocio será el paradigma de su antítesis. Aunque después de tu acierto con la última novela del ignaro imberbe con el que la editorial se ha lucrado sin remordimiento alguno, seguro que tienes crédito suficiente para hacer de kamikaze romántica y estrellarte gozosa, de nuevo, contra esa indiferencia que ya tuteas.
—Siempre intento hacer bien mi trabajo, tanto el que le debo a esta empresa, como el que le proceso al deseo inaudito que aún conservan las palabras por estar juntas de cierta manera.
—Te han quedado como tú: preciosas. Si algún día decides escribir un libro de frases para sobrevivir con arte a un admirador encantadoramente irónico, no olvides que yo apostaría por él con la fijación de un salmón en desove.
—Lo tendré en cuenta, ardoroso pececillo filántropo.
—¡Ah, por cierto! —le dice Carlos volviendo a entreabrir la puerta e intentando demostrar que realmente se le olvidaba— tengo dos entradas para un pequeño concierto que Pat dará el mes que viene en la capital.
—¿Pat, mi Patme?
—Aquí dice exactamente: “espectacular y emotivo concierto del magistral Pat Metheny group”.
—Eres un especulador maravilloso. ¿Qué haría yo sin ti? Además de estar en paz y sosiego, me refiero.




















