Poesías, relatos, cine, música... Un remanso en medio de este apocalipsis (grupo EFDLT)

Placer mutuo

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viernes, 23 de abril de 2010

La historia más triste de la historia (XXXVIII). Pat M.



Carlos solía decir que, con la suficiente cultura, alguien podía llevar siempre la razón, ya que sólo uno mismo estaría en disposición de rebatirse. Pensaba que el dinero te otorgaba cierta posición pero, una admiración ecuménica, únicamente estaba reservada para eruditos y genios nacidos bajo el auspicio de algún versado y virtuoso Dios.
—Bueno, digamos que promete. Incluso si me dejaran salvar un ingente número de versos lo indultaría de la quema. Ya sé, te has empeñado en ser un personaje de Goethe haciendo que te defina sobremanera esa tendencia al suicidio emocional y vas a tomar, de un momento a otro, la histórica decisión de publicarlo. No he de recordarte que como negocio será el paradigma de su antítesis. Aunque después de tu acierto con la última novela del ignaro imberbe con el que la editorial se ha lucrado sin remordimiento alguno, seguro que tienes crédito suficiente para hacer de kamikaze romántica y estrellarte gozosa, de nuevo, contra esa indiferencia que ya tuteas.

—Siempre intento hacer bien mi trabajo, tanto el que le debo a esta empresa, como el que le proceso al deseo inaudito que aún conservan las palabras por estar juntas de cierta manera.
—Te han quedado como tú: preciosas. Si algún día decides escribir un libro de frases para sobrevivir con arte a un admirador encantadoramente irónico, no olvides que yo apostaría por él con la fijación de un salmón en desove.
—Lo tendré en cuenta, ardoroso pececillo filántropo.
—¡Ah, por cierto! —le dice Carlos volviendo a entreabrir la puerta e intentando demostrar que realmente se le olvidaba— tengo dos entradas para un pequeño concierto que Pat dará el mes que viene en la capital.
—¿Pat, mi Patme?
—Aquí dice exactamente: “espectacular y emotivo concierto del magistral Pat Metheny group”.
—Eres un especulador maravilloso. ¿Qué haría yo sin ti? Además de estar en paz y sosiego, me refiero.

martes, 9 de febrero de 2010

La historia más triste de la historia (XXXVII). Carlos



“Poemas de amor terminales”, habrá que negociar un nuevo título —se dijo como temiendo que no fuese comercialmente de lo más apropiado—

Y qué más da que sea o no
causa de nuestro demérito,
o del resto.
Somos exactamente lo que
no estamos siendo, ni fuimos
algo más que ideas difuminándose.
El tiempo es una incógnita
que siempre nos resuelve en
incertidumbre, o conato yermo.
Aún así te esperaré de regreso,
para que vuelvas a tropezar en
la piedra que soñamos cuando
se baten las caderas en los
efímeros rincones donde somos.

Había algo en aquellas palabras que la sobrecogían. Quizá sólo se tratase de una coincidencia emocional pero, para ella, en aquel momento, era motivo más que suficiente para hacer una modesta apuesta por aquel autor.
Mientras la abría llamó a la puerta, era Carlos, un editor colega de María con la suficiente confianza para hacerlo, y aún así, muy inferior a la que pretendía constantemente. Ella le entregó el original del poemario invitándolo a que leyese algunos versos. Él buscó —haciendo pasar rápidamente las hojas y aprovechando ese lapso para pasar revista a sus piernas— uno de los más breves, coincidiendo con el que María había acabado de leer.
Carlos era culto. Consciente de ello. Dispuesto siempre a batirse en duelo blandiendo orgulloso sus conocimientos. Embarcado en una permanente cruzada personal en contra de la simpleza y la vulgaridad que invadían su tiempo. María se preguntaba hasta qué punto la cultura de Carlos era un hecho inevitable consecuencia de su placer por la lectura, o un denodado interés por ser un respetado y admirado intelectual. Como el que estudia una carrera por conveniencia, relevancia, o mayor interés, renunciando en gran medida al desarrollo de sus verdaderas inquietudes.

jueves, 7 de enero de 2010

La historia más triste de la historia (XXXVI). La ducha



Sin embargo la nota decía lo que todo el mundo que conociese su historia habría imaginado. Tener su promesa de que la llamaría era lo único que hizo que Milagros afrontase aquel día sin desear, cada segundo, que jamás hubiese llegado. Me vendrá bien una ducha caliente —se dijo mirándose al espejo y convenciéndose de que aún podía condicionar en algo su destino—. Mientras el agua humeante recorría su cuerpo recordó, como si le estuviese sucediendo en ese momento, cada entusiasmo compartido con los que María la devolvió al optimismo. Quiso atrapar esa sensación para siempre reteniendo con sus muslos el agua, con su flujo la impregnó de una cadencia evocadora. Su cuello perdió todo rigor; sus ojos se comunicaban con quien sabe qué dioses; su voz fue haciéndose lánguida y mártir; toda ella comprometida a que jamás pudiera olvidar esa dimensión que se erigía cuando María y ella rivalizaban sonrisas. Finalmente sus dedos abrieron un honda camino para que el agua la tejiese en todas direcciones, y un canto de belleza asfixiada confirmó la comunión entre todo lo que en ella fluye, y el espejismo de aquellos días.

Una semana antes de llegar a la estación central con el objetivo de hacer todo lo contrario, María valoraba en su oficina la posibilidad de publicar el poemario de un autor novel cuyos versos, lejos de de ser un alarde de conocimientos y clarividencia, sí poseían una singular sensibilidad y una valentía que le pareció gratamente perturbadora...

jueves, 10 de diciembre de 2009

La historia más triste de la historia (XXXV). La nota



Como ya echaba de menos en ese ojalá, Milagros no tuvo precisamente una noche apacible. Se despertaba sobresaltada con el simple murmullo de los ácaros, como intuyendo un adiós de María sin beso o abrazo, ni siquiera con un desarraigado “hasta pronto”. Dejándolo todo entre ellas derramándose por un precipicio que comunicaba las sobras del cielo con el hambre del limbo. María no tenía pensado marcharse de aquel pueblo sin despedirse de Milagros pero, que estuviese profundamente dormida mientras ella se estaba vistiendo fue una tentación irreprimible, de la cual más tarde se justificó esgrimiendo, sin conseguir apenas engañarse, que después de toda una noche de sobresaltos —la onda expansiva de más de uno incluso la había alertado—, lo mejor que podía hacer era no despertarla, teniendo en cuenta que tampoco era para entregarle un regalo, precisamente. Así que recurrió a la socorrida nota dándole gracias por todo y donde le volvía a asegurar que tarde o temprano volverían a encontrarse.
Milagros abrió los ojos a las nueve de la mañana. Miró la cama deshabitada donde debería estar María y, con un atisbo de sonrisa, quizás una mueca, se lamentó de no haber podido evitarlo después de presumirlo y padecerlo toda la noche.
Se levantó a rastras, entró en el cuarto de baño y se detuvo como un pointer al ver una nota pegada en el espejo. Desde la distancia a la que se encontraba no podía leerla, por eso se permitió un leve oasis para imaginar lo maravilloso que sería que la nota dijera: “te espero en la cafetería, estoy ansiosa porque lleguemos a Los pecados de Cristo”...

lunes, 23 de noviembre de 2009

La historia más triste de la historia (XXXIV). En la cama


─¿María? Dime algo por favor, no hagas que me sienta como una lunática en busca de amores utópicos. Y si es así como me ves, dime que puedo hacer para convencerte de lo contrario, que es, sin duda, lo cierto. Cómo podríamos empezar de cero. No creo poder soportar que me dejes aquí, pensando que lo único que he provocado en ti es agudizar la tristeza con la que llegaste. Sé que sólo puedo aspirar a tu amistad, te prometo que jamás tendrás que recordármelo, por eso espero, con toda mi alma, que no tomes medidas para remediar lo que no ha pasado ni pasará, danos un oportunidad para seguir siendo como hasta ahora. Reconoce que sería fantástico poder contar con alguien así, con momentos como los que nos han transcurrido, con sonrisas cómplices, con miradas claras. No podemos permitirnos el lujo de ignorarnos, al menos, yo no puedo. No hay nada que lo justifique, ni nadie, que lo haya vivido, que pueda recomendarlo.

María comprendió que la desesperación había cogido las riendas de las palabras de Milagros y que, no sería justo juzgarla por ser la enésima gota que colma su vaso. Ella misma también podía acabar siendo para Milagros una gota rebosante, o lluvia de mayo. En otras circunstancias esta situación podría incluso haberla halagado, como mínimo habría intentado ser delicada y comprensiva.

─No te preocupes por nada, mañana me iré como tenía pensado y, cuando alcance una perspectiva más o menos fiable de lo que está siendo mi vida, como te había prometido, te llamaré para volver a vernos. Tienes razón, nada de lo que he supuesto puedo confirmarlo con lo que ha pasado. Afectivamente no soy justa, lo sé, pero siéndolo sólo he logrado que me abrazaran decepciones. Lo mejor que podemos hacer ahora es dormir. Buenas noches Milagros.
─Ojalá, María.

lunes, 9 de noviembre de 2009

La historia más triste de la historia (XXXIII)



En el aplastante silencio de aquella madrugada María recordó una frase que Milagros pronunció en el bar, en su primera toma de contacto. No recordaba el contexto exacto pero, ella exclamó un “...de la acera de enfrente, como siempre”, ese “como siempre” no logró interpretarlo en ese momento pero, ahora, mientras le recorría una amenazante sensación, lo atribuía, con fijación enfermiza, a su condición sexual.
─Milagros, no quiero pecar de indiscreta pero tengo que preguntarte algo y espero que me creas merecedora de tu sinceridad. Puede que sean elucubraciones mías pero necesito saberlo. ¿Eres lesbiana?

Un silencio aún más intenso ahogó respiraciones y pulsos en la oscuridad que las separaba.

─Pues sí, pero no me creerás tan superficial como para enamorarme de ti en tan sólo una semana. No he disfrutado tanto de tu compañía por mi homosexualidad. Mis mejores amigas son heterosexuales. Sería injusto que reinterpretaras todo lo que hemos vivido juntas porque ahora sepas que soy lesbiana.

Fue la mentira más desesperada que —con el paso de los años y los hechos— Milagros jamás utilizó para intentar retener un amor que se desangraba antes de estar vivo.
María acentuó su habitual posición fetal mientras lloraba, conteniendo el estruendo de su pesar para no despertar en Milagros la necesidad de consolarla. Definitivamente —pensó secándose las lágrimas con la sábana— no tenía la capacidad de infundir a nadie una relación de amistad. ¿Cómo podría afrontar el hecho de recibir de todo el mundo y en todo momento sentimientos tan radicales como el amor o el odio, el desinterés o el paroxismo en cada sentido? ¿Por qué no puedo abandonarme a la seguridad y al sosiego de una amistad que no se corrompa en el tiempo ni en la carne?

lunes, 26 de octubre de 2009

La historia más triste de la historia (XXXII)



─¡Me podría ir contigo unos días! —dijo Milagros como viendo una luz al final del túnel—, hasta que te instales definitivamente, aunque el pueblo sea pequeño no te vendría mal una guía, así podríamos seguir reconstruyendo la historia.

Unos segundos de silencio hizo que Milagros entendiera que María no se esperaba en modo alguno su ofrecimiento, y que no entraba, al menos de momento, dentro sus planes seguir acompañada.

─Haber...
─Mejor olvídalo, ya no recordaba que estás aquí en busca de todo lo contrario, una paz y una intimidad que espero que puedas encontrar. Como vamos a ser casi vecinas, cuando lo desees sólo tendrás que llamarme.
─No quiero que pienses que no valoro tu ofrecimiento, esta semana ha sido un fantástico paréntesis en mi caótica realidad pero, he de pararme de una vez e intentar situarme, he de pensar y pensarme, antes de continuar debo saber hacia dónde, y eso es imposible no hacerlo sola. No sé el tiempo que me llevará, ni dónde terminaré pero, si hay algo en lo que puedas confiar ciegamente es en que te llamaré cuando me sobreviva.

Regresaban a casa paseando por las calles abandonadas al misterio de los gatos, pensativas, como colgando de una fina sensación agridulce. María dudó si había sido una buena idea quedarse durante esa semana en el piso de Milagros, insistió tanto que le fue imposible negarse. Ahora quedará entre ellas una pequeña falla que habrá que esquivar para siempre. Sin advertirlo, tuvo que reconocer que la última conversación que tuvieron en el bar era más atribuible a una pareja que necesitaba distanciarse un tiempo, que a unas amigas con una antigüedad de días. Esta noche no será como las anteriores; los temas serán más serios; las frases más lapidarias; las risas algo más parecidas al desaliento. No habrá esa loca tertulia, casi adictiva, donde estrofas, tarareos y relatos, hacían de ellas las animadoras preferidas del Olimpo...

martes, 29 de septiembre de 2009

La historia más triste de la historia (XXXI)



Ahí estaba al fin, dos cafés y cuarenta minutos después, Milagros cruzaba la calle corriendo, temiendo, quizás, que María se hubiera cansado de esperar. Soltó unas carpetas sobre la mesa, resopló girándose hacia la barra temiendo lo peor, en su reconocimiento encontró a un camarero que le hizo una señal alargando su cuello y dirigiendo su frente hasta coincidir con el espectáculo que era la cara de María saliendo del lavabo, recién retocada.
Pasadas dos horas continuaban como poseídas por el frenesí de coincidir en el placer de constatar la fragilidad de la condición humana a lo largo de la historia. Los cafés fueron sustituidos por cervezas, y definitivamente olvidados con la aspereza afrutada del Rioja del almuerzo. Parecían robots publicitarios , con la cadencia exacta de simpatía y asombro en la conversación para recrear un ambiente idóneo: acogedor y distendido, que invitara a entrar en el bar. Sólo por el placer de la conversación María retrasó su mística llegada a “Los pecados de Cristo”. Estuvo una semana más en ese pueblo, recorriendo con Milagros lugares, testimonios, señales inequívocas de las devastadoras consecuencias con las que la posguerra abandonó a aquella comarca. Envueltas en aquella tragedia se dejaron llevar por la esencia de la locura y, aún así, tuvieron —esa noche en el pub “El cielo”—, que recurrir al alcohol para intentar comprender que elevada causa, o qué virus asesino, era capaz de hacernos masacrar a familiares y amigos.
Fue allí, en ese pub, donde la amistad entre ellas pareció dar un salto cualitativo y definitivo. Apurando sonrisas con sabor a ron reconocieron, como recapitulando, que habían pasado unos días maravillosos juntas y que, a propuesta sincronizada de ambas, deberían repetir la experiencia cada cierto tiempo. Milagros, mientras asentía, fue instalando una mirada perdida en alguna región donde las grandes expectativas eran despojadas, por la experiencia, de toda euforia inmadura.

jueves, 24 de septiembre de 2009

La historia más triste de la historia (XXX)


todo lo relacionado con esta historia.
–Muy bien ¿no será editora? ¿Se imagina usted mi tesis, tantos años abandonada al ostracismo en un cajón sombrío de escritorio, convertida en un best seller?
–No, exactamente una editora…
–Es broma mujer. Espere aquí un momento, vivo muy cerca, en un piso de la acera de enfrente, como siempre. Incluso creo tener alguna copia por algún sitio. En cinco minutos estoy aquí.
–De acuerdo, pero no hace falta que se tome tantas molestias, puedo acompañarla…
–No se preocupe, lo hago con mucho gusto, conversar sobre este tema con usted me ha despertado de nuevo el interés por la historia, por escribir, por saber, por debatir…
–Como quiera, aquí estaré. Pero, por favor, me llamo María, tutéeme.
–Es verdad, con la emoción ni siquiera nos habíamos presentado. Yo soy Milagros, dame un beso, guapa, encantada de haber coincidido contigo. No se vaya, vuelvo en un soplo.
–De aire fresco, continuó la frase María mientras Milagros se alejaba colocándose el bolso en su veloz hombro.

Ya era hora, pensó, una conversación interesante con alguien a quien no despertaba sentimiento personal alguno. Era un verdadero placer para ella el simple hecho de no tener que leer constantemente entre líneas; abandonarse sin temor al placer de las palabras cuando éstas despiertan en secreto, poco a poco, el interés por seguir descubriendo qué fantásticos secretos nos esconde la vida.
Miró su reloj. Apuró el café. Desde la cafetería observó a Milagros entrar en su portal mientras unos obreros de azul intentaban memorizar la armonía de su trasero, seguramente recitando al unísono cualquier piropo obsceno. Quince minutos no eran nada, aunque fuesen exponencialmente superior a lo calculado por su contertulia.
Intentó imaginar cómo serían los hombres si las mujeres pudieran desconectarlos a voluntad de sus instintos. Pero reconoció de inmediato que su imaginación no estaba preparada aún para tales retos.

viernes, 4 de septiembre de 2009

La historia más triste de la historia (XXIX)



...reavivara de nuevo las llamas de la guerra en sus miserias; cambiar el nombre al pueblo por “los pecados de Cristo” para recordar siempre que por su salvación tuvo que morir alguien mucho más digno que ellos, y que por ello deberían estar agradecidos durante mil generaciones.
Más o menos eso es todo. Así que le aconsejo que cuando llegue allí no se le ocurra mencionar estos hechos, al menos, hasta tener la confianza suficiente para que no recelen de sus intenciones.
–Me he quedado totalmente extasiada con la historia, he disfrutado de cada palabra que ha pronunciado. Definitivamente es el pueblo que busco, un lugar donde los secretos son sagrados. Y dígame, ¿nadie ha escrito nada sobre ello? Usted, por ejemplo, parece muy versada en el tema.
–No creo que nadie haya narrado nunca esta tragedia. Tenga en cuenta la férrea negativa de los ciudadanos a contar nada relacionado con lo acontecido en aquellos días, es difícil hacer pensar a alguien que esta crónica pudiera interpretarse como algo más que una simple fábula fruto de la borrachera de algún abuelo resentido. La verdad, ahora que lo pienso, sí he escrito algo sobre ese pueblo, pero sólo recogí, de todo lo que le he contado, la parte menos fantástica. Soy licenciada en historia, y realicé una tesis sobre los cambios sociales en la España rural de la posguerra, ubicando mi trabajo fundamentalmente en esta comarca. De ahí que haya tenido suerte al preguntarme por los antecedentes de la denominación del pueblo.
–Me haría usted un gran favor dejándome una copia de su tesis, si no es mucho pedir, me encantaría conocer…

lunes, 17 de agosto de 2009

La historia más triste de la historia (XXVIII)


...Levantó su cabeza, fue recorriendo sus rostros con una mirada tan firme y reveladora que todos respondieron humillando sus frentes, mientras decía algo parecido a esto: “Aunque acampe contra mí un ejército, mi corazón no teme; aunque estalle una guerra contra mí, estoy seguro en ella. Si Dios está conmigo, ¿quién osa estar contra mí? La malicia matará al impío,
los que odian al justo lo tendrán que pagar. Hermanos, el maligno ha sembrado en vosotros la semilla del odio. Rezad conmigo, pedid clemencia a Dios nuestro Señor, mirad al cielo y elevad vuestras manos, moriría por vosotros ahora mismo para haceros dignos de su perdón”. Dicho esto se echó mano al pecho como si el corazón se le quisiera escapar al cielo, hincó sus rodillas en la madera ensangrentada, y antes incluso de intuir su final, cayó muerto como un ajusticiado más de aquel patíbulo.
“Somos los pecados de Cristo, gracias Señor por habernos perdonado”, gritó el que fuera, antes de la guerra, uno de los monaguillos del pueblo. Todos los allí presentes se santiguaron cerrando sus ojos en un acto de intimidad suprema, un murmullo ensordecedor de gracias y rezos se elevaba a través de la noche haciendo temblar las estrellas. En ese momento fueron conscientes de que sólo un milagro podría salvar sus almas, y que Dios se lo había concedido sin reparar en misericordia. Fueron reuniéndose alrededor del peregrino, besándose y abrazándose entre todos como si la ira y la abominación de aquellos últimos años, en aquel lugar, hubiese sido un paréntesis infernal dentro de su humanidad y de su fe inolvidable. Los más sabios del lugar decidieron realizar un sufragio para aprobar una serie de medidas que garantizase que nunca más se apartarían del camino del señor. Entre otras, propusieron hacer Santo al monje que dio su vida por ellos, levantar una iglesia en su nombre —debido a su anonimato acordaron bautizarlo como el salvador—; prohibir terminantemente, bajo pena de destierro, tener en cuenta ni rememorar traiciones, rencores, sangre derramada, ni cualquier otra barbarie pasada que...

jueves, 30 de julio de 2009

La historia más triste de la historia (XXVII)

– ¡Qué aproveche! Perdone, acabo de llegar en tren y me gustaría preguntarle a qué pueblo podría dirigirme desde aquí, para estar lo más aislada y tranquila posible.
– ¿El pueblo más aislado? Yo diría que es “Los pecados de Cristo”, sólo se accede desde una línea de autobús que recorre la comarca, desde este pueblo salen un par de ellos al día.
–No puedo creer que haya un pueblo que se llame así. Se me amontonan las preguntas. ¿Sabe usted el motivo de ese nombre?
–No sabría decirle hasta que punto será verdad pero, se comenta que en la guerra civil se llegó a tal grado de paroxismo en ese lugar que se pusieron en práctica todo tipo de crueldades conocidas e inéditas: torturas, asesinatos, la quema en hogueras, hasta se rumorea que, debido a su remoto enclave y a la dificultad para su avituallamiento, llegaron a practicar el canibalismo. Un día apareció por allí una especie de monje peregrino que, a medida que iba recorriendo el pueblo fue comprobando la cantidad de atrocidades que se habían cometido: cada plaza constaba, casi por obligación, de un patíbulo donde se podían ver cabezas cortadas, cuerpos ahorcados abandonados a las aves carroñeras, cadáveres desplomados como si hubieran intentado absorber con su último aliento, de nuevo, su sangre. El monje, horrorizado, seguro de que satanás había encontrado una puerta a la tierra que desembocaba exactamente en aquel lugar. Decidió ir puerta por puerta suplicándoles una tregua y convocándolos en la plaza del ayuntamiento a la caída de la tarde, para intentar ocultar con las sombras, el odio de sus miradas y la sed de mal con la que el Demonio había infectado sus almas. Poco a poco la gente fue saliendo de sus casas, intentando no coincidir con ningún enemigo, cada bando se colocó a un lado de la plaza. El Peregrino estaba de pie en el patíbulo, con una especie de misal entre sus manos unidas, la cruz de una cadena en su boca, mirando hacia abajo en una especie de trance espiritual que tranquilizó algo a los ciudadanos, que parecían sentir, en su inquietud, las ascuas del infierno agrietándoles la suelas de los zapatos e incitándoles a culminar el holocausto.

lunes, 20 de julio de 2009

La historia más triste de la historia (XXVI)



–Mucho me temo, lejos de desearlo o no, que no sería una buena idea, debo concluir lo emprendido sola, sé que no hace falta que le explique nada más, incluso estoy segura de que sabía que esta sería mi respuesta.

Dejó caer la maleta al suelo, justo encima de su mirada de ceniciento, y con una expresión de resignación penitente recorrió lentamente su cuerpo hasta que en sus ojos se batieron todas las incertidumbres de la creación, la cogió por los hombros; le deseó suerte; le entregó una tarjeta jurándole que no dudara en llamarlo aunque sólo fuera para insultarlo; se besaron en las mejillas mientras el tren se detuvo definitivamente —para su desgracia no fue para siempre—. Se abrieron las puertas, ella lo acribilló sin proponérselo con un adiós bajo una sonrisa ambigua, antes de entrar en la pequeña estación se giró para despedirse de nuevo con un movimiento de su mano, como renunciando a una probabilidad de vencer, o sucumbir, al sentido de su existencia. Él sólo atinó a colocar la palma de su mano sobre el cristal, la miró sin parpadear mientras el tren reanudaba su marcha, justo cuando pasaba a su altura introdujo la otra mano en el bolsillo de la camisa, desplegó una hoja escrita con letras enormes que pegó a la ventanilla y que decía: “LLÁMAME MARÍA”. Confirmando así la sospecha de María sobre su condición de profeta.
Entró en la estación sin tener muy claro si se encontraba más liberada que arrepentida. Al fondo, a través de una gran cristalera con el nombre del pueblo grabado ya podía divisarse éste. Así que decidió preguntar mientras buscaba un lugar para comer. Entró en un local, mezcla entre cafetería y mesón, con vistas a la que parecía ser la calle principal, había una señorita comiendo sola en una mesa amplia y le pidió permiso para sentarse con ella.

jueves, 9 de julio de 2009

La historia más triste de la historia (XXV)



– ¿Me acompaña al bar? Me apetece una cerveza bien fría.
–No puede haber nada en este momento que me concierna, más importante que disfrutar con usted de la rejuvenecedora orina de los dioses.

Sentados en los taburetes del bar, hablando de preferencias y debilidades, no tardaron en comprobar que sus inquietudes descendieron hace miles de años, al menos, del mismo árbol. Ella incluso sonrió cuando cualquiera de las anécdotas le hacía olvidar el suelo, y flotaba sin peso entre los versos menos inmisericordes; socorriendo a los inmortales de Borges bromearon con la muerte; rodeados de auroras y crepúsculos en la capilla de los Medici, llegaron a entender a Miguel Ángel; y confesaron, casi compitiendo por ser el primero, que después de mil veces, aún se les ponía piel de gallina al oír cierta variación del capricho veinticuatro de Paganini.
¡Increíble! Pensó María regresando del asombro y tomándose un respiro para sospechar que, aunque el resto fuese discrepancias, estas afinidades parecen más bien una trama diabólica para debilitarme, que una milagrosa coincidencia. Desde que vio el poemario en sus manos no pudo librarse de la sensación de estar siendo víctima de una confabulación contra su intento de romper con el pasado.
Por megafonía se anuncia la inminente llegada a su destino, ella mira su reloj sorprendida. Ha pasado una hora y media.

–Ha sido un placer conversar y compartir placeres con usted, espero que algún día volvamos a coincidir, me apeo en la próxima parada, así que iré a buscar mi maleta…

–La acompaño.

Ella observa de soslayo como él hace el mismo gesto de coger una maleta, recoge una bolsa y un periódico del altillo, le ayuda a bajar la suya, y se dispone a acompañarla hasta la puerta.

– ¿Se cambia usted de sitio?
–No, solamente apuro todas las posibilidades de permanecer juntos, no hace falta que me lo pida, me bajaría con usted —aunque esto fuese un campo de concentración siberiano— con el simple hecho de que no se oponga.

lunes, 29 de junio de 2009

La historia más triste de la historia (XXIV).




–No puede ser. Me permite la indiscreción de preguntarle cómo descubrió ese libro.
–Se lo diré si me confiesa por qué quiere saberlo.
–Sólo por curiosidad, yo también tengo un ejemplar, y no es fácil encontrarlo en librerías.
–Su primera expresión no ha sido precisamente de curiosidad, más bien de asombro, casi de estupor me atrevería a decir. Este libro ha tenido que estar relacionado de alguna manera a un acontecimiento crucial para usted, ¿me equivoco?
–Bueno, déjelo, si para que me responda tengo que someterme a un psicoanálisis mejor...
–Está bien, de acuerdo, no se me vuelva a enfadar. Un día, naufragando por internet, recalé en el blog personal del autor, leí varios poemas, me interesaron y, voilà, por lo que he podido leer, sigue pareciéndome prometedor, pero lo que realmente me resulta apasionante del libro es la relación que pueda tener con usted.
En serio, sé que apenas nos conocemos, pero se me agrieta el mundo tras la ventanilla cada vez que descubro en su cara esa tristeza que hace ladear su cabeza, rendirse al desánimo hasta obligar a la belleza a prescindir de sus ojos y de sus dientes. No quisiera abrumarla, ni que piense que es una mera estrategia adolescente, pero le prometo que puede contarme lo que quiera y que haré lo inconcebible para que no se arrepienta.

María se quedo mirándolo como haciendo una resonancia magnética a sus palabras, en busca de similitudes con otras piedras preciosas del pasado, que acabaron convirtiéndose en las brutas con las que tropezamos siempre.

–Se lo agradezco, lo tendré en cuenta, quizá en otro momento. Ahora prefiero… La verdad, no sé muy bien qué prefiero, supongo que algún resquicio quedará aún para mí que pueda ilusionarme, por algo seguiré viva.
–Quizá ese resquicio sea mi desinteresada disposición a ayudarla, no cierre las puertas antes de poner un pie en el otro lado...

viernes, 19 de junio de 2009

La historia más triste de la historia (XXIII)



E hizo, con la técnica del mismísimo Marceau, el gesto de la cremallera sobre sus labios, el de cerrar un candado, y ponerse finalmente una especie de esparadrapo, para luego poner los brazos en cruz y descolgar la cabeza como un crucificado. Lo cual logró prolongar un segundo el espectáculo de sus dientes en el ocaso de sus labios replegándose.
Puede que me haya equivocado —pensó María mientras observaba alejarse una bandada de pájaros a través de la ventanilla—, no era fácil a estas alturas que eso sucediese, pero no iba a ser la primera vez, aunque siempre había sido por la percepción opuesta, la de haberme creado demasiadas expectativas y acabar decepcionada. Definitivamente no parecía el típico baboso en busca de un lugar donde verterse. Es inteligente, educado, complaciente. ¡Pero que coño estoy diciendo!, no has tenido suficiente ración de infierno sazonada con esos mismos ingredientes, parece mentira que esté pensando en embarazo con los puntos de la cesárea aún infectados.
Miró de soslayo a su derecha, él estaba leyendo un libro oscuro, parecía un poemario titulado algo así como “
Poemas de amor inmisericordes”, ella lo reconoció de inmediato. Andrés se sabía observado y, sin dirigirse a ella, recitó una estrofa en voz suave y honda:

Tan vehemente como dulce,
súbitamente bienvenido,
adictivo como todo lo imprescindible.
Estalla todo tu amor de repente
agónico e irascible;
verdugo de labios exánimes,
señor de carnívoras veleidades,
mecenas de lo inconcebible,
musa de improvisadas masacres,
sedicioso néctar irredento
que eleva sangrientas vocales asfixiadas,
reino de humedales entre cabellos.

Ella no pudo evitar entonar, al unísono y de anhelosa memoria, ese último verso…

lunes, 8 de junio de 2009

La historia más triste de la historia (XXII)



María se cubrió la cara con sus manos —era un gesto del que abusaba últimamente—, respiró como si fuera a sumergirse en un maremoto, intentando contener con extrañas muecas sepulcrales y parpadeando con inquietud de colibrí, el inminente y masivo desembarco de lágrimas. Pero sus hombros cada vez más replegados sobre el pecho y el sonido de su nariz haciendo lo imposible por retener el tsunami, presagiaban el contundente triunfo de la efímera belleza sobre la trascendencia de la palabra.
Cuando Andrés adivinó que estaba llorando, bajó su maleta del altillo y le dijo:
­–Me voy, créame cuando le digo que más allá de lo que usted haya podido interpretar en mi actitud, hacerla llorar es la antípoda de todo lo que le deseo.
–Espere, quédese por favor, no haga que me sienta aún peor por haber tenido con usted una reacción tan desproporcionada e injusta. Debe comprender que me encuentro al borde…
–No hace falta que intente explicarme su estado, es evidente que algo o alguien, o todo, la está asfixiando a cada paso que intenta dar hacia adelante. Estoy dispuesto a permanecer en silencio, a cambiar de asiento, a quedarme, a contarle un cuento, lo que usted precise no tenga reparos en ordenármelo.
–De momento cállese, permanezca atento por si me vuelvo a despeñar, luego ya veré que hago con usted.
María esbozo una tímida sonrisa que hizo que el tren fuera despacio para que, quien pudiera, la disfrutase durante más tiempo.
–Será un placer para mí como jamás podré describirle, si ello contribuye a conservar las ascuas de esa sonrisa.
–¿Ya no recuerda que le he ordenado callarse?
–Ni media más.

lunes, 25 de mayo de 2009

La historia más triste de la historia (XXI)



–No ha sido mi intención…
–Lo sé, lo sé, no era su intención…, lo último que pretendía era ofenderme… Perdone usted mi osadía… Y un largo etcétera de disculpas para intentar paliar la paradoja de molestar cuando se aspiraba a todo lo contrario. Sólo le pido que respete mi deseo de no mantener la más mínima relación personal en este viaje.
No creo que le esté pidiendo un sacrificio espartano, simplemente siga usted actuando como si yo no existiera, como toda su vida, y espero que el resto, no lo ha podido olvidar de repente.
Él asintió con una expresión de acatamiento castrense en un fondo de sorpresa y de reto que María reconoció como a un enemigo apuntándole en el frente, pero le pareció excesivo culparle por algo tan subjetivo como adivinar el futuro en un gesto. Así que cerró los ojos de nuevo, rogó en oración que el silencio se impusiera con ira, y empezó a respirar intentando no pensar, no sentir, ser sólo aire y agua en calma, una nota sostenida de réquiem.
Lo próximo que sintió fue un olor a perfume y un tacto en su cara a cuerpo bajo una textura de camisa. Se incorporó como un muelle liberado.
–¿Qué hace usted a mi lado? Su asiento no es este. ¿Por qué no me contesta? ¡Diga algo maldita sea!
–¿No recuerda que me prohibió usted dirigirle la palabra? Se ha quedado otra vez dormida, y para evitar que se golpease me he colocado a su lado para impedir su caída.
En los segundos siguientes María entró en un estado catatónico del que no sabía si querría salir alguna vez. Estaba hablando con él, y para más motivo de escarnio, le había hecho un favor. Se preguntaba por qué la vida no podía dejarla ni un sólo día, con todos sus acontecimientos, en paz.

jueves, 7 de mayo de 2009

La historia más triste de la historia (XX)



–¿Puede decirme por qué está usted tan seguro de eso, si no me conoce de nada?
– Por su cara, en algunas personas la cara no es el reflejo del alma, es el espejo de algo más elevado y místico. El alma en su rostro es sólo una sonrisa, una expresión de sosiego. El resto es un insondable y maravilloso misterio que contagia esperanza, y revaloriza la vida.
María no estaba para piropos filosóficos, de hecho, era uno de los motivos de su espantada, llevaba toda la vida soportando oleadas de insinuaciones huecas, de adulaciones interesadas, de atenciones desmedidas de quienes —en el mejor de los casos— apenas habían compartido un “buenos días” con ella, fuese cual fuera la situación y el escenario, los halagos le llovían: de profesores asaltacunas; de curas dispuestos a sustituir a Dios y a toda su corte celestial por una Diosa cuyas caderas crucificaban su entrepierna; de amigos que jamás aspiraron a serlo; de maridos en busca de una favorita para su harén; de familiares degenerados; incluso de un ahogado imberbe al que le practicó el boca a boca; ya fuese en el metro; en los semáforos; en las sala de espera de los hospitales; desayunando; en el mercado; en las bodas; dando el pésame en los funerales…
En su relación con los hombres —exceptuando a su padre— nunca había tenido la certeza de comprender el significado real de las palabras. Todo lo contrario que con las mujeres, donde, al menos, estaba segura de que la envidia era la mitad de lo que sentían por ella, y que por tanto, sus conversaciones siempre tendrían un cierto transfondo de reproche.
–Mire usted, he tenido un día —por no decir una vida— para olvidar, estoy agotada, y lo último que quiero hacer en este momento es tenerle que explicar por qué odio que me adulen, así que le rogaría que obviase mi presencia el resto del viaje. ..

lunes, 20 de abril de 2009

La historia más triste de la historia (XIX)



El día anterior María llegó a la estación central aturdida, cargando con una maleta como si fuese una cruz de penitente. Ni siquiera recordó que podía valerse de la ruedas para desplazarla con mayor comodidad. Quería escapar absolutamente de todo y de todos, pero no sabía a qué lugar debía dirigir sus pasos para desaparecer por completo, y disponer, al fin, de una sosegada perspectiva desde la cual poder reflexionar, o abandonarse de una vez por todas a su pertinaz infortunio. Preguntó en información cuál era el primer tren en salir y cuáles eran sus destinos y sus paradas programadas. Después de un rato pensando inútilmente decidió que se apearía en el pueblo que más desconocido le pareciese, y como por el hecho de estar en la ruta del tren ya era demasiado famoso para su gusto, desde ahí se desplazaría a otra localidad aún más recóndita e incomunicada. Eso sí, dirección al sur, donde nació, desde el lugar en el que la felicidad decidió decirle adiós hacía ya un rosario de años.
Una vez acomodada en el tren —en su viaje a quién sabe qué remoto lugar salvavidas— sintió dilapidarse parte de su ansiedad a medida que sus doloridos pies se relajaban, y la distancia a la ciudad aumentaba. Suspiró varias veces para reafirmar que efectivamente había tenido el valor para huir, ladeó su cabeza hasta apoyarla en el cristal de la ventanilla, con los brazos abrazando su cintura se aferró cuanto pudo a una leve luz que generaba su determinación. Y se quedó dormida como un cachorro recién amamantado.
­–Perdone señorita, tenga usted cuidado, está a punto de perder el equilibrio, no vaya a hacerse daño.
–¿Qué pasa? ¡Uf! Parece que me he quedado dormida. Lo siento, espero no haberle molestado.
–Usted no podría molestarme en ningún estado, mucho menos durmiendo.
Ese cumplido le sentó a María como si hubiese cenado una lengua de Dragón de Komodo en salsa de cianuro.

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