Poesías, relatos, cine, música... Un remanso en medio de este apocalipsis (grupo EFDLT)

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jueves, 28 de enero de 2010

Pablo (El milagro)


Te lo diré una vez más, o dos,
o cien, o mil veces ciento tres
sin tener en cuenta la anterior.
No me cansa ser el yo permanente
inquilino del deseo que te inspire,
siendo la verdad de amarte el
único sacrificio que debo ofrecerte
para que sigas siendo luz de alba,
calor de abrazo, suicidio de saliva.

Ahora has muerto sin mí.
Ya vives en lo eterno conmigo.
Y pueblas hasta el infinito
con lo que me propagas inmenso.
En tu plenitud el mundo ríe
y llora, nace y muere, sufre y goza
a la vez, hasta entendernos utopía.
Ahora, tú y yo, somos milagro
.


lunes, 18 de enero de 2010

Inefable



Silencio por
paciencia ofrezco.
Inefable por qué .
Interesados contacten con nadie.
Clave será lo que no hagan.
Dejen nada como todo.
Puede que no compense.
Sea o no, gracias.
Mañana seremos tres.

lunes, 11 de enero de 2010

A partir de ti



A partir de ti las sombras dejaron de
merodear el aire posándose en el
suelo y en las paredes en penumbra.
Allí donde es normal que ensayen
nuestra muerte sin que lo intuyamos.

A partir de ti entendí que también
la ausencia alberga placeres, que
la luz podía oírse evocando tu
sonrisa, y que la música se veía en
el eco de tu cuerpo abarcándome.

A partir de ti me vi reconociendo cada
viento al tacto, cada agua por su aroma,
cada vello, cada escama por su huella.
Hasta la distancia tiene tu sabor a
absoluto y efímero a cada suspiro.

A partir de ti eclosioné en quizás,
en tal vez, y todo obtuvo ante mí el
color que te mereces, la posibilidad
de existir y de ser alcanzado.

A partir de ti doy gracias por ser
quien soy y no importarme en
absoluto si alguna vez te he merecido.

jueves, 7 de enero de 2010

La historia más triste de la historia (XXXVI). La ducha



Sin embargo la nota decía lo que todo el mundo que conociese su historia habría imaginado. Tener su promesa de que la llamaría era lo único que hizo que Milagros afrontase aquel día sin desear, cada segundo, que jamás hubiese llegado. Me vendrá bien una ducha caliente —se dijo mirándose al espejo y convenciéndose de que aún podía condicionar en algo su destino—. Mientras el agua humeante recorría su cuerpo recordó, como si le estuviese sucediendo en ese momento, cada entusiasmo compartido con los que María la devolvió al optimismo. Quiso atrapar esa sensación para siempre reteniendo con sus muslos el agua, con su flujo la impregnó de una cadencia evocadora. Su cuello perdió todo rigor; sus ojos se comunicaban con quien sabe qué dioses; su voz fue haciéndose lánguida y mártir; toda ella comprometida a que jamás pudiera olvidar esa dimensión que se erigía cuando María y ella rivalizaban sonrisas. Finalmente sus dedos abrieron un honda camino para que el agua la tejiese en todas direcciones, y un canto de belleza asfixiada confirmó la comunión entre todo lo que en ella fluye, y el espejismo de aquellos días.

Una semana antes de llegar a la estación central con el objetivo de hacer todo lo contrario, María valoraba en su oficina la posibilidad de publicar el poemario de un autor novel cuyos versos, lejos de de ser un alarde de conocimientos y clarividencia, sí poseían una singular sensibilidad y una valentía que le pareció gratamente perturbadora...

lunes, 4 de enero de 2010

El bosque (X). El sauce y el perro



Fue la primera vez que pensó si habría realmente una forma de salir de allí manteniéndose cuerda. Nada era del todo real ni ficticio. Todo lo que en un principio parecía razonable terminaba siendo ambiguo y esquivo a la verdad. Ni siquiera pudo concretar si el sauce donde estaba era un socorrido refugio o una cárcel de hojas donde los estorninos la reservaban con maléficas intenciones. Un hocico negro y húmedo se asomó entre las ramas. Ella se asustó pero, cuando observó la cabeza completa del perro, recobró la respiración ante la certeza de conocerlo. Baco —le gritó alegrándose de un reencuentro tan inesperado—. El perro se acercó a ella moviendo todo su cuerpo en señal de alegría, la lamió de arriba a abajo; la rodeó infinidad de veces; se refregó hasta cubrirla de pelos; gimió como dándole gracias por su existencia. Los dos terminaron abrazados rivalizando en complaciencia y agradecimientos. A estas alturas Eva no tenía la más mínima intención de preguntarse cómo era posible que el perro de su padre —muertos los dos hacía diez años cuando éste decidió abandonarla suicidándose, y su perro se arrojó tras él por el puente creyendo que tendría el tiempo y las alas suficientes para salvarle— apareciera precisamente por allí, después de llevar muerto tantos años. Si aquel lugar era capaz de engendrar tantas situaciones amenazantes, por qué no podía compensarse algo la balanza con la llegada de su añorado perro. Ella salío de la copa del sauce corriendo, provocando que la persiguiera como antaño, como si nada malo pudiera pasarle acompañada de su Pastor Belga Groenendael.

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