Poesías, relatos, cine, música... Un remanso en medio de este apocalipsis (grupo EFDLT)

Placer mutuo

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jueves, 30 de septiembre de 2010

La historia más triste de la historia (XLV). La discusión


Un silencio sepulcral se hizo fuerte en la habitación. Él se debatía entre la indignación y la pena, ella desde el desahogo hasta la otra cara de esa misma pena.

—Si realmente te molesta todo eso de mí, ¿por qué has esperado precisamente a este momento para reprochármelo?
—Porque creo que no sería justo que empezáramos algo que rematara estallándonos antes de parecerse lo más mínimo a lo que esperamos. Nadie es perfecto, yo soy el mejor ejemplo de ello pero, aún así, hay atolladeros tan recurrentes que nunca dejan decantarse del todo la balanza hacia el lado en que todo acaba compensándonos manifiestamente.
—En definitiva, me estás diciendo que mi egocentrismo terminará, tarde o temprano, por dinamitar cualquier intento que hagamos por perdurar en lo que nos une.
—También pienso que en verdad no eres así. Que en tu afán por ser una persona ilustrada y reconocida, te has contagiado, como casi todos, con la deshumanización de la petulancia y el despotismo.
—Bien, recapitulemos, entonces sabes como estoy siendo y como soy en realidad. Me encantaría descubrirme en tus palabras, por favor, muéstrame a mí mismo, cuéntame.
Y si además puedes vaticinar como seré en un futuro te estaré eternamente agradecido. Sólo tendré que seguir el guión que me marques. El libre albedrío para el resto de la patética humanidad.
—En el colmo de mi clarividencia también sabía que ibas a reaccionar así. Y que lo nuestro tomaría un rumbo insospechado.
—¿Insospechado dices? Seguro que posees la hipótesis correcta. Todo esto está tomando un cariz sádico. Como un macabro juego premeditado. ¿Llegaste a ver Saw?

                                                

lunes, 16 de agosto de 2010

La historia más triste de la historia (XLIV). El reproche


—Hay algo que…
—Perdona, ¿cómo dices?
—No... Que podíamos encargar un almuerzo ligero: ensalada, zumos, frutas, para compensar los excesos de la noche anterior —Titubeó María como si la mayoría de sus neuronas estuviesen enfrascadas en un razonamiento más elevado e importante—.
—Me parece genial pero, por el tono diría que esa primera frase reprimida tuya tenía visos de convertirse en nuestro primer reproche.


María, tras unos segundos de clarividente silencio, decidió que no podía avanzar en falso una vez más, como si se tratase de una relación basada exclusivamente en expectativas. Sería sincera desde la primera oportunidad, o sea, ahora.


—No es un reproche, tan sólo quiero que sepas que considero de muy mal gusto que te justifiques constantemente desacreditando a otras personas, cuando menoscabas a discreción no puedo atisbar en ti el mínimo asomo de humanidad.
—¿Algo más? —dijo Carlos con un tono retenido pero que reclamaba con urgencia su derecho a réplica—
—Pues sí. Además, el abuso que siempre haces al utilizar sin medida citas históricas o bibliográficas con las que argumentar tus juicios u opiniones, te aseguro que puede llegar a exasperar a los mejores contertulios. Si al menos obviaras su procedencia no daría la impresión que lo haces, fundamentalmente, para jactarte en la diferencia de ilustración.


La segunda argumentación de María fue cambiando la expresión de su compañero, que pasó de estimulado y firme, a sorprendido e irresoluto...

                                                                

viernes, 6 de agosto de 2010

El cuánto y el porqué


Abandonemos la realidad en la que
nos contiene esta pesadilla.
¿Qué deberíamos hacer, deshacer,
dejar de hacer, pensar u olvidar para
mantenernos, a pesar de pretender darnos
sentido, sintiéndonos así —como éramos—:
sin desvanecer
un ápice dentro de la lógica aplastante
de un despertador, o un ansiolítico.
La noche, la que nos inmunizaba ante
las horas negras donde seríamos hoy,
reverbera ahora sombras sin tiempo,
y se enreda en los pulmones hasta
hacernos respirar tristezas que se dan la espalda.
¿Para qué retroceder pudiendo ser más y
mejores ahora? Dime, ¿por qué nos descubrimos
como seremos sin el otro?: seres clonados
con aires de filósofos paranoides abocados a
engrosar una facción profética con ánimo de lucro.
¿Cuál es el límite donde las palabras y
el silencio comienzan la metástasis de sus
más oscuras acepciones?
Quizá esta cismática duda active algún mecanismo
evolutivo porque, de no ser así:
¡¿qué demonios hacen el cuánto y el por qué
ensombreciendo toda confesión, cada promesa,
aún vigentes, vitales!?
La lógica que nos rige,
ajena a nuestra insignificancia y fugacidad,
ratificada por esta tarda revelación,
nos utiliza como paradigma de creación
paradójica, aspirante a patética,
ante el resto del universo.
y tú, ajena a ser debacle, quizá
aún puedas salvarnos:
sonríe,
como cuando nada tenía antecedentes.
¡Aleluya hermanos, alelulla!

viernes, 23 de julio de 2010

La historia más triste de la historia (XLIII). La nueva relación


Carlos entreabrió los ojos, parpadeó imitando la adaptación de sus pupilas a la luz, se miraron unos segundos atentamente. Sonrieron tiernamente. Ambos se resistían a inaugurar esta incipiente historia. Hay tantos tipos de relaciones sentimentales como grados de compromiso. La suya, inopinada en extremo, contenía una ingente cantidad de posibilidades. Lo único seguro era que los dos estarían dispuestos a empezar lo más cercano a la postura del otro, lo que evidenciaba la predisposición de ambos por comenzar de la mano.

—Buenos días, mi lozana andaluza —le dijo mientras extendía el brazo y desplegaba su mano recorriendo la mitad de la distancia que los separaba e invitándola a hacer lo mismo.
—Buenas tardes, bello durmiente. —contestó, y aceptando el llamamiento de su sangre amerizó en su mano acariciándole antes el entregado dorso de su antebrazo—.
—Prométeme que no te difuminarás en el lapso de un bostezo.
—Por ahora no es mi intención.
—¿Por ahora?
—Por ahora alberga para siempre.
—Pero no viceversa.
—Hace mucho tiempo que no utilizo siempre. Además, no me apetece profundizar más en el tema. Me gustaría comer algo en la terraza, contigo, claro, y no pensar en el más allá que es el futuro, ni en el peso atómico de cada palabra.
—Perdóname si te he agobiado, es una deformación heredada de mi trato con tantos necios arrogantes que cree ser los albaceas del saber.

viernes, 2 de julio de 2010

La historia más triste de la historia (XLII). La nueva relación


Quería despertarlo pero, no tener la menor idea de cuál sería su reacción después de una noche tan apasionada como compartida, era algo que la perturbaba más a medida que sus neuronas interaccionaban. Por un momento le rondó la idea de vestirse en el aire y volver a casa sola pero, le costaría tres vidas encontrar una explicación coherente para tal acto todavía incalificable. Se levantó con sumo cuidado, como si huyera por una nube que se deshace al alba. Entró en el cuarto de baño, se refrescó la cara profusamente invitando a sus ideas a fluir por la corriente, fue inútil. Decidió ducharse abandonándose a la imposibilidad de prever su destino, por muy inmediato y concreto que éste fuese. El sonido del agua cayendo sobre el silencio de María despertó a Carlos. Sin voluntad alguna, como si fuese una función vital involuntaria, lo primero que recordó en su estrenada consciencia era el cuerpo desnudo de María haciendo un ángulo perfecto aferrado al suyo. Contoneándose frenéticamente conteniéndolo como una diosa en pleno alarde de poder y veleidad. Él también se encontraba atenazado. Su nueva relación era como la llama de un papel: tan breve como intensa, tan reciente como lejana después de la frontera de lo improbable. Definitivamente optó por la acción menos traumática: seguiría en la cama hasta que ella volviera. Avalado por la imprecisión del despertar la abrazaría levemente y le daría los buenos días acariciando con sus labios su frente húmeda. El sonido del agua desalojándola cesó. Él la esperaba de espaldas a la puerta del baño para evitar el reto que supone un intercambio de miradas. Diez minutos después salió vestida, despacio, con el cabello aún goteando, se sentó en su lado de la cama mirando fijamente a nada, resignada a dejarse llevar por sus instintos. Se recostó, ladeo su cabeza hacia su compañero como entregándose a la incertidumbre de aquel expectante presente.

jueves, 20 de mayo de 2010

La historia más triste de la historia (XLI). El despertar



Disfrutó con aquel pintor en cuyos lienzos parecían leerse los versos de aquel escritor cuyo poemario quería publicar, y ya imaginaba un posible encuentro entre ambos artistas. Después de dos horas del mejor jazz la noche iba desbordándose ingrávida entre sonrisas y arpegios. Con el paso del arte Carlos se fue desenfadando, le fue imposible mantener ese status teniendo en cuenta la exquisitez de la compañía y del ambiente. Ella no lo recordaba en un estado tan agradable y sincero. Gozaron juntos de todo, todo lo posible, sin que su compañero descalificara ni menospreciase a nada ni a nadie para conseguirlo. Por primera vez la trató con una mirada tierna, limpia, con claves metafísicas, invadido por la esperanza de ser merecedor y no habiente.
Aquella madrugada María habría firmado una eternidad juntos en aquella tesitura. De hecho, terminaron en la misma habitación del hotel, coreando idénticas melodías, compartiendo cama y todo lo inconcebible que habría de ser acompasados.
Un ligero dolor de cabeza y una sed pesada con sabor a “Lupanar club” hicieron que María despertara temprano al mediodía siguiente. Sonrió dulcemente sin terminar de desplegarse por completo: no se arrepentía de nada pero temía a un puñado de posibles consecuencias. Quería despertarlo pero le ponía cada vez más nerviosa el no tener la menor idea de cuál sería su primera reacción después de una noche tan apasionadamente compartida.

miércoles, 12 de mayo de 2010

La historia más triste de la historia (XL). Una noche inolvidable



—Déjalo Carlos, nuestro concepto de condición está tan distante como nuestra propia naturaleza.
—No te dejes engañar por lo que crees ahora. Sólo conoces de mí el rompeolas. El concierto es para el primer fin de semana del mes que viene. Sé que le harás el hueco que se merece.
—Se que sí, Carlos. ¡Ah oye! Muchas gracias por el detalle.
—Sabes con creces que para mí es un placer. Hasta luego María.

Se preocupó María al denotar algo de tristeza en la despedida de su colega. Quizá fue demasiado injusta al juzgarle de una forma tan inquisitiva pero, pronto se justificó pensando que no sería la primera vez que Carlos usaba tamañas estrategias para despertar la compasión y la debilidad de sus futuras víctimas.
El día en concreto él la recogió a las nueve de la mañana, el concierto era a las diez de la noche pero querían aprovechar para ir de museos y ver cierta exposición de un pintor que destacaba por la melancolía coagulante de sus ambientes.
Carlos se limitó a actuar todo el día de acompañante, a contestar con diligencia de funcionario a todas sus preguntas y comentarios. Ella era consciente de que la relación no pasaba por su mejor período, y de que era una lástima que coincidiera en estos momentos donde compartían pasiones y debilidades pero, el hecho de que tal situación de tensión no le afectara demasiado, y pudiera disfrutar plena de todo lo que estaban contemplando era una señal inequívoca de la intensidad del vínculo que deseaba mantener con Carlos.
A pesar de todo, el día para María alcanzó el rango de fantástico...

martes, 4 de mayo de 2010

La historia más triste de la historia (XXXIX). La condición



Aunque María sentía cierta atracción por Carlos —el saber alberga tanta erótica como el poder pero con unos matices insospechados que podían otorgar incluso el don de improvisar y sorprender en una espiral embriagadora—, no podía imaginarse a diario, bajo un mismo techo, manteniendo siempre la tensión que suponía dialogar con su compañero de trabajo. El futuro al que aspiraba no era precisamente algo parecido a una frenética competición de facultades.

—Entonces, doy por hecho que tendré el honor de que me acompañes.
—En principio sí. Aunque espero que no sea este fin de semana.
—¿No vendrías si así fuese?
—No he dicho eso, pero tendría que barajar varias posibilidades y decidir…
—¿Con quién tienes que hacer?
—Habrás querido decir: ¿qué tienes que hacer? Supongo.
—Qué, es una cuestión baladí, lo que menos me preocupa.
—Pero sabes de sobra que, te interese o no, es la única pregunta a la que puedes aspirar sin que te invite a olvidarme un rato.
—Pero tú también sabes que yo siempre lo intento, que sólo contemplo la rendición que supone la prudencia cuando el fin no se justifica. Pero tratándose de ti…
—Tratándose de mí deberías procurar ser menos tú.
—si no fuese menos yo, ahora estaría besándote.
—Más bien, intentándolo. La clave que me buscas nunca estará en la capacidad sino en la condición. En la forma en que gestiones lo que seas en cada instante que nos vincule.
—En mi condición está la prioridad de servirte eternamente.

viernes, 23 de abril de 2010

La historia más triste de la historia (XXXVIII). Pat M.



Carlos solía decir que, con la suficiente cultura, alguien podía llevar siempre la razón, ya que sólo uno mismo estaría en disposición de rebatirse. Pensaba que el dinero te otorgaba cierta posición pero, una admiración ecuménica, únicamente estaba reservada para eruditos y genios nacidos bajo el auspicio de algún versado y virtuoso Dios.
—Bueno, digamos que promete. Incluso si me dejaran salvar un ingente número de versos lo indultaría de la quema. Ya sé, te has empeñado en ser un personaje de Goethe haciendo que te defina sobremanera esa tendencia al suicidio emocional y vas a tomar, de un momento a otro, la histórica decisión de publicarlo. No he de recordarte que como negocio será el paradigma de su antítesis. Aunque después de tu acierto con la última novela del ignaro imberbe con el que la editorial se ha lucrado sin remordimiento alguno, seguro que tienes crédito suficiente para hacer de kamikaze romántica y estrellarte gozosa, de nuevo, contra esa indiferencia que ya tuteas.

—Siempre intento hacer bien mi trabajo, tanto el que le debo a esta empresa, como el que le proceso al deseo inaudito que aún conservan las palabras por estar juntas de cierta manera.
—Te han quedado como tú: preciosas. Si algún día decides escribir un libro de frases para sobrevivir con arte a un admirador encantadoramente irónico, no olvides que yo apostaría por él con la fijación de un salmón en desove.
—Lo tendré en cuenta, ardoroso pececillo filántropo.
—¡Ah, por cierto! —le dice Carlos volviendo a entreabrir la puerta e intentando demostrar que realmente se le olvidaba— tengo dos entradas para un pequeño concierto que Pat dará el mes que viene en la capital.
—¿Pat, mi Patme?
—Aquí dice exactamente: “espectacular y emotivo concierto del magistral Pat Metheny group”.
—Eres un especulador maravilloso. ¿Qué haría yo sin ti? Además de estar en paz y sosiego, me refiero.

martes, 9 de febrero de 2010

La historia más triste de la historia (XXXVII). Carlos



“Poemas de amor terminales”, habrá que negociar un nuevo título —se dijo como temiendo que no fuese comercialmente de lo más apropiado—

Y qué más da que sea o no
causa de nuestro demérito,
o del resto.
Somos exactamente lo que
no estamos siendo, ni fuimos
algo más que ideas difuminándose.
El tiempo es una incógnita
que siempre nos resuelve en
incertidumbre, o conato yermo.
Aún así te esperaré de regreso,
para que vuelvas a tropezar en
la piedra que soñamos cuando
se baten las caderas en los
efímeros rincones donde somos.

Había algo en aquellas palabras que la sobrecogían. Quizá sólo se tratase de una coincidencia emocional pero, para ella, en aquel momento, era motivo más que suficiente para hacer una modesta apuesta por aquel autor.
Mientras la abría llamó a la puerta, era Carlos, un editor colega de María con la suficiente confianza para hacerlo, y aún así, muy inferior a la que pretendía constantemente. Ella le entregó el original del poemario invitándolo a que leyese algunos versos. Él buscó —haciendo pasar rápidamente las hojas y aprovechando ese lapso para pasar revista a sus piernas— uno de los más breves, coincidiendo con el que María había acabado de leer.
Carlos era culto. Consciente de ello. Dispuesto siempre a batirse en duelo blandiendo orgulloso sus conocimientos. Embarcado en una permanente cruzada personal en contra de la simpleza y la vulgaridad que invadían su tiempo. María se preguntaba hasta qué punto la cultura de Carlos era un hecho inevitable consecuencia de su placer por la lectura, o un denodado interés por ser un respetado y admirado intelectual. Como el que estudia una carrera por conveniencia, relevancia, o mayor interés, renunciando en gran medida al desarrollo de sus verdaderas inquietudes.

jueves, 7 de enero de 2010

La historia más triste de la historia (XXXVI). La ducha



Sin embargo la nota decía lo que todo el mundo que conociese su historia habría imaginado. Tener su promesa de que la llamaría era lo único que hizo que Milagros afrontase aquel día sin desear, cada segundo, que jamás hubiese llegado. Me vendrá bien una ducha caliente —se dijo mirándose al espejo y convenciéndose de que aún podía condicionar en algo su destino—. Mientras el agua humeante recorría su cuerpo recordó, como si le estuviese sucediendo en ese momento, cada entusiasmo compartido con los que María la devolvió al optimismo. Quiso atrapar esa sensación para siempre reteniendo con sus muslos el agua, con su flujo la impregnó de una cadencia evocadora. Su cuello perdió todo rigor; sus ojos se comunicaban con quien sabe qué dioses; su voz fue haciéndose lánguida y mártir; toda ella comprometida a que jamás pudiera olvidar esa dimensión que se erigía cuando María y ella rivalizaban sonrisas. Finalmente sus dedos abrieron un honda camino para que el agua la tejiese en todas direcciones, y un canto de belleza asfixiada confirmó la comunión entre todo lo que en ella fluye, y el espejismo de aquellos días.

Una semana antes de llegar a la estación central con el objetivo de hacer todo lo contrario, María valoraba en su oficina la posibilidad de publicar el poemario de un autor novel cuyos versos, lejos de de ser un alarde de conocimientos y clarividencia, sí poseían una singular sensibilidad y una valentía que le pareció gratamente perturbadora...

jueves, 10 de diciembre de 2009

La historia más triste de la historia (XXXV). La nota



Como ya echaba de menos en ese ojalá, Milagros no tuvo precisamente una noche apacible. Se despertaba sobresaltada con el simple murmullo de los ácaros, como intuyendo un adiós de María sin beso o abrazo, ni siquiera con un desarraigado “hasta pronto”. Dejándolo todo entre ellas derramándose por un precipicio que comunicaba las sobras del cielo con el hambre del limbo. María no tenía pensado marcharse de aquel pueblo sin despedirse de Milagros pero, que estuviese profundamente dormida mientras ella se estaba vistiendo fue una tentación irreprimible, de la cual más tarde se justificó esgrimiendo, sin conseguir apenas engañarse, que después de toda una noche de sobresaltos —la onda expansiva de más de uno incluso la había alertado—, lo mejor que podía hacer era no despertarla, teniendo en cuenta que tampoco era para entregarle un regalo, precisamente. Así que recurrió a la socorrida nota dándole gracias por todo y donde le volvía a asegurar que tarde o temprano volverían a encontrarse.
Milagros abrió los ojos a las nueve de la mañana. Miró la cama deshabitada donde debería estar María y, con un atisbo de sonrisa, quizás una mueca, se lamentó de no haber podido evitarlo después de presumirlo y padecerlo toda la noche.
Se levantó a rastras, entró en el cuarto de baño y se detuvo como un pointer al ver una nota pegada en el espejo. Desde la distancia a la que se encontraba no podía leerla, por eso se permitió un leve oasis para imaginar lo maravilloso que sería que la nota dijera: “te espero en la cafetería, estoy ansiosa porque lleguemos a Los pecados de Cristo”...

lunes, 23 de noviembre de 2009

La historia más triste de la historia (XXXIV). En la cama


─¿María? Dime algo por favor, no hagas que me sienta como una lunática en busca de amores utópicos. Y si es así como me ves, dime que puedo hacer para convencerte de lo contrario, que es, sin duda, lo cierto. Cómo podríamos empezar de cero. No creo poder soportar que me dejes aquí, pensando que lo único que he provocado en ti es agudizar la tristeza con la que llegaste. Sé que sólo puedo aspirar a tu amistad, te prometo que jamás tendrás que recordármelo, por eso espero, con toda mi alma, que no tomes medidas para remediar lo que no ha pasado ni pasará, danos un oportunidad para seguir siendo como hasta ahora. Reconoce que sería fantástico poder contar con alguien así, con momentos como los que nos han transcurrido, con sonrisas cómplices, con miradas claras. No podemos permitirnos el lujo de ignorarnos, al menos, yo no puedo. No hay nada que lo justifique, ni nadie, que lo haya vivido, que pueda recomendarlo.

María comprendió que la desesperación había cogido las riendas de las palabras de Milagros y que, no sería justo juzgarla por ser la enésima gota que colma su vaso. Ella misma también podía acabar siendo para Milagros una gota rebosante, o lluvia de mayo. En otras circunstancias esta situación podría incluso haberla halagado, como mínimo habría intentado ser delicada y comprensiva.

─No te preocupes por nada, mañana me iré como tenía pensado y, cuando alcance una perspectiva más o menos fiable de lo que está siendo mi vida, como te había prometido, te llamaré para volver a vernos. Tienes razón, nada de lo que he supuesto puedo confirmarlo con lo que ha pasado. Afectivamente no soy justa, lo sé, pero siéndolo sólo he logrado que me abrazaran decepciones. Lo mejor que podemos hacer ahora es dormir. Buenas noches Milagros.
─Ojalá, María.

lunes, 9 de noviembre de 2009

La historia más triste de la historia (XXXIII)



En el aplastante silencio de aquella madrugada María recordó una frase que Milagros pronunció en el bar, en su primera toma de contacto. No recordaba el contexto exacto pero, ella exclamó un “...de la acera de enfrente, como siempre”, ese “como siempre” no logró interpretarlo en ese momento pero, ahora, mientras le recorría una amenazante sensación, lo atribuía, con fijación enfermiza, a su condición sexual.
─Milagros, no quiero pecar de indiscreta pero tengo que preguntarte algo y espero que me creas merecedora de tu sinceridad. Puede que sean elucubraciones mías pero necesito saberlo. ¿Eres lesbiana?

Un silencio aún más intenso ahogó respiraciones y pulsos en la oscuridad que las separaba.

─Pues sí, pero no me creerás tan superficial como para enamorarme de ti en tan sólo una semana. No he disfrutado tanto de tu compañía por mi homosexualidad. Mis mejores amigas son heterosexuales. Sería injusto que reinterpretaras todo lo que hemos vivido juntas porque ahora sepas que soy lesbiana.

Fue la mentira más desesperada que —con el paso de los años y los hechos— Milagros jamás utilizó para intentar retener un amor que se desangraba antes de estar vivo.
María acentuó su habitual posición fetal mientras lloraba, conteniendo el estruendo de su pesar para no despertar en Milagros la necesidad de consolarla. Definitivamente —pensó secándose las lágrimas con la sábana— no tenía la capacidad de infundir a nadie una relación de amistad. ¿Cómo podría afrontar el hecho de recibir de todo el mundo y en todo momento sentimientos tan radicales como el amor o el odio, el desinterés o el paroxismo en cada sentido? ¿Por qué no puedo abandonarme a la seguridad y al sosiego de una amistad que no se corrompa en el tiempo ni en la carne?

lunes, 26 de octubre de 2009

La historia más triste de la historia (XXXII)



─¡Me podría ir contigo unos días! —dijo Milagros como viendo una luz al final del túnel—, hasta que te instales definitivamente, aunque el pueblo sea pequeño no te vendría mal una guía, así podríamos seguir reconstruyendo la historia.

Unos segundos de silencio hizo que Milagros entendiera que María no se esperaba en modo alguno su ofrecimiento, y que no entraba, al menos de momento, dentro sus planes seguir acompañada.

─Haber...
─Mejor olvídalo, ya no recordaba que estás aquí en busca de todo lo contrario, una paz y una intimidad que espero que puedas encontrar. Como vamos a ser casi vecinas, cuando lo desees sólo tendrás que llamarme.
─No quiero que pienses que no valoro tu ofrecimiento, esta semana ha sido un fantástico paréntesis en mi caótica realidad pero, he de pararme de una vez e intentar situarme, he de pensar y pensarme, antes de continuar debo saber hacia dónde, y eso es imposible no hacerlo sola. No sé el tiempo que me llevará, ni dónde terminaré pero, si hay algo en lo que puedas confiar ciegamente es en que te llamaré cuando me sobreviva.

Regresaban a casa paseando por las calles abandonadas al misterio de los gatos, pensativas, como colgando de una fina sensación agridulce. María dudó si había sido una buena idea quedarse durante esa semana en el piso de Milagros, insistió tanto que le fue imposible negarse. Ahora quedará entre ellas una pequeña falla que habrá que esquivar para siempre. Sin advertirlo, tuvo que reconocer que la última conversación que tuvieron en el bar era más atribuible a una pareja que necesitaba distanciarse un tiempo, que a unas amigas con una antigüedad de días. Esta noche no será como las anteriores; los temas serán más serios; las frases más lapidarias; las risas algo más parecidas al desaliento. No habrá esa loca tertulia, casi adictiva, donde estrofas, tarareos y relatos, hacían de ellas las animadoras preferidas del Olimpo...

martes, 29 de septiembre de 2009

La historia más triste de la historia (XXXI)



Ahí estaba al fin, dos cafés y cuarenta minutos después, Milagros cruzaba la calle corriendo, temiendo, quizás, que María se hubiera cansado de esperar. Soltó unas carpetas sobre la mesa, resopló girándose hacia la barra temiendo lo peor, en su reconocimiento encontró a un camarero que le hizo una señal alargando su cuello y dirigiendo su frente hasta coincidir con el espectáculo que era la cara de María saliendo del lavabo, recién retocada.
Pasadas dos horas continuaban como poseídas por el frenesí de coincidir en el placer de constatar la fragilidad de la condición humana a lo largo de la historia. Los cafés fueron sustituidos por cervezas, y definitivamente olvidados con la aspereza afrutada del Rioja del almuerzo. Parecían robots publicitarios , con la cadencia exacta de simpatía y asombro en la conversación para recrear un ambiente idóneo: acogedor y distendido, que invitara a entrar en el bar. Sólo por el placer de la conversación María retrasó su mística llegada a “Los pecados de Cristo”. Estuvo una semana más en ese pueblo, recorriendo con Milagros lugares, testimonios, señales inequívocas de las devastadoras consecuencias con las que la posguerra abandonó a aquella comarca. Envueltas en aquella tragedia se dejaron llevar por la esencia de la locura y, aún así, tuvieron —esa noche en el pub “El cielo”—, que recurrir al alcohol para intentar comprender que elevada causa, o qué virus asesino, era capaz de hacernos masacrar a familiares y amigos.
Fue allí, en ese pub, donde la amistad entre ellas pareció dar un salto cualitativo y definitivo. Apurando sonrisas con sabor a ron reconocieron, como recapitulando, que habían pasado unos días maravillosos juntas y que, a propuesta sincronizada de ambas, deberían repetir la experiencia cada cierto tiempo. Milagros, mientras asentía, fue instalando una mirada perdida en alguna región donde las grandes expectativas eran despojadas, por la experiencia, de toda euforia inmadura.

jueves, 24 de septiembre de 2009

La historia más triste de la historia (XXX)


todo lo relacionado con esta historia.
–Muy bien ¿no será editora? ¿Se imagina usted mi tesis, tantos años abandonada al ostracismo en un cajón sombrío de escritorio, convertida en un best seller?
–No, exactamente una editora…
–Es broma mujer. Espere aquí un momento, vivo muy cerca, en un piso de la acera de enfrente, como siempre. Incluso creo tener alguna copia por algún sitio. En cinco minutos estoy aquí.
–De acuerdo, pero no hace falta que se tome tantas molestias, puedo acompañarla…
–No se preocupe, lo hago con mucho gusto, conversar sobre este tema con usted me ha despertado de nuevo el interés por la historia, por escribir, por saber, por debatir…
–Como quiera, aquí estaré. Pero, por favor, me llamo María, tutéeme.
–Es verdad, con la emoción ni siquiera nos habíamos presentado. Yo soy Milagros, dame un beso, guapa, encantada de haber coincidido contigo. No se vaya, vuelvo en un soplo.
–De aire fresco, continuó la frase María mientras Milagros se alejaba colocándose el bolso en su veloz hombro.

Ya era hora, pensó, una conversación interesante con alguien a quien no despertaba sentimiento personal alguno. Era un verdadero placer para ella el simple hecho de no tener que leer constantemente entre líneas; abandonarse sin temor al placer de las palabras cuando éstas despiertan en secreto, poco a poco, el interés por seguir descubriendo qué fantásticos secretos nos esconde la vida.
Miró su reloj. Apuró el café. Desde la cafetería observó a Milagros entrar en su portal mientras unos obreros de azul intentaban memorizar la armonía de su trasero, seguramente recitando al unísono cualquier piropo obsceno. Quince minutos no eran nada, aunque fuesen exponencialmente superior a lo calculado por su contertulia.
Intentó imaginar cómo serían los hombres si las mujeres pudieran desconectarlos a voluntad de sus instintos. Pero reconoció de inmediato que su imaginación no estaba preparada aún para tales retos.

viernes, 4 de septiembre de 2009

La historia más triste de la historia (XXIX)



...reavivara de nuevo las llamas de la guerra en sus miserias; cambiar el nombre al pueblo por “los pecados de Cristo” para recordar siempre que por su salvación tuvo que morir alguien mucho más digno que ellos, y que por ello deberían estar agradecidos durante mil generaciones.
Más o menos eso es todo. Así que le aconsejo que cuando llegue allí no se le ocurra mencionar estos hechos, al menos, hasta tener la confianza suficiente para que no recelen de sus intenciones.
–Me he quedado totalmente extasiada con la historia, he disfrutado de cada palabra que ha pronunciado. Definitivamente es el pueblo que busco, un lugar donde los secretos son sagrados. Y dígame, ¿nadie ha escrito nada sobre ello? Usted, por ejemplo, parece muy versada en el tema.
–No creo que nadie haya narrado nunca esta tragedia. Tenga en cuenta la férrea negativa de los ciudadanos a contar nada relacionado con lo acontecido en aquellos días, es difícil hacer pensar a alguien que esta crónica pudiera interpretarse como algo más que una simple fábula fruto de la borrachera de algún abuelo resentido. La verdad, ahora que lo pienso, sí he escrito algo sobre ese pueblo, pero sólo recogí, de todo lo que le he contado, la parte menos fantástica. Soy licenciada en historia, y realicé una tesis sobre los cambios sociales en la España rural de la posguerra, ubicando mi trabajo fundamentalmente en esta comarca. De ahí que haya tenido suerte al preguntarme por los antecedentes de la denominación del pueblo.
–Me haría usted un gran favor dejándome una copia de su tesis, si no es mucho pedir, me encantaría conocer…

lunes, 17 de agosto de 2009

La historia más triste de la historia (XXVIII)


...Levantó su cabeza, fue recorriendo sus rostros con una mirada tan firme y reveladora que todos respondieron humillando sus frentes, mientras decía algo parecido a esto: “Aunque acampe contra mí un ejército, mi corazón no teme; aunque estalle una guerra contra mí, estoy seguro en ella. Si Dios está conmigo, ¿quién osa estar contra mí? La malicia matará al impío,
los que odian al justo lo tendrán que pagar. Hermanos, el maligno ha sembrado en vosotros la semilla del odio. Rezad conmigo, pedid clemencia a Dios nuestro Señor, mirad al cielo y elevad vuestras manos, moriría por vosotros ahora mismo para haceros dignos de su perdón”. Dicho esto se echó mano al pecho como si el corazón se le quisiera escapar al cielo, hincó sus rodillas en la madera ensangrentada, y antes incluso de intuir su final, cayó muerto como un ajusticiado más de aquel patíbulo.
“Somos los pecados de Cristo, gracias Señor por habernos perdonado”, gritó el que fuera, antes de la guerra, uno de los monaguillos del pueblo. Todos los allí presentes se santiguaron cerrando sus ojos en un acto de intimidad suprema, un murmullo ensordecedor de gracias y rezos se elevaba a través de la noche haciendo temblar las estrellas. En ese momento fueron conscientes de que sólo un milagro podría salvar sus almas, y que Dios se lo había concedido sin reparar en misericordia. Fueron reuniéndose alrededor del peregrino, besándose y abrazándose entre todos como si la ira y la abominación de aquellos últimos años, en aquel lugar, hubiese sido un paréntesis infernal dentro de su humanidad y de su fe inolvidable. Los más sabios del lugar decidieron realizar un sufragio para aprobar una serie de medidas que garantizase que nunca más se apartarían del camino del señor. Entre otras, propusieron hacer Santo al monje que dio su vida por ellos, levantar una iglesia en su nombre —debido a su anonimato acordaron bautizarlo como el salvador—; prohibir terminantemente, bajo pena de destierro, tener en cuenta ni rememorar traiciones, rencores, sangre derramada, ni cualquier otra barbarie pasada que...

jueves, 30 de julio de 2009

La historia más triste de la historia (XXVII)

– ¡Qué aproveche! Perdone, acabo de llegar en tren y me gustaría preguntarle a qué pueblo podría dirigirme desde aquí, para estar lo más aislada y tranquila posible.
– ¿El pueblo más aislado? Yo diría que es “Los pecados de Cristo”, sólo se accede desde una línea de autobús que recorre la comarca, desde este pueblo salen un par de ellos al día.
–No puedo creer que haya un pueblo que se llame así. Se me amontonan las preguntas. ¿Sabe usted el motivo de ese nombre?
–No sabría decirle hasta que punto será verdad pero, se comenta que en la guerra civil se llegó a tal grado de paroxismo en ese lugar que se pusieron en práctica todo tipo de crueldades conocidas e inéditas: torturas, asesinatos, la quema en hogueras, hasta se rumorea que, debido a su remoto enclave y a la dificultad para su avituallamiento, llegaron a practicar el canibalismo. Un día apareció por allí una especie de monje peregrino que, a medida que iba recorriendo el pueblo fue comprobando la cantidad de atrocidades que se habían cometido: cada plaza constaba, casi por obligación, de un patíbulo donde se podían ver cabezas cortadas, cuerpos ahorcados abandonados a las aves carroñeras, cadáveres desplomados como si hubieran intentado absorber con su último aliento, de nuevo, su sangre. El monje, horrorizado, seguro de que satanás había encontrado una puerta a la tierra que desembocaba exactamente en aquel lugar. Decidió ir puerta por puerta suplicándoles una tregua y convocándolos en la plaza del ayuntamiento a la caída de la tarde, para intentar ocultar con las sombras, el odio de sus miradas y la sed de mal con la que el Demonio había infectado sus almas. Poco a poco la gente fue saliendo de sus casas, intentando no coincidir con ningún enemigo, cada bando se colocó a un lado de la plaza. El Peregrino estaba de pie en el patíbulo, con una especie de misal entre sus manos unidas, la cruz de una cadena en su boca, mirando hacia abajo en una especie de trance espiritual que tranquilizó algo a los ciudadanos, que parecían sentir, en su inquietud, las ascuas del infierno agrietándoles la suelas de los zapatos e incitándoles a culminar el holocausto.

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