Poesías, relatos, cine, música... Un remanso en medio de este apocalipsis (grupo EFDLT)

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lunes, 13 de agosto de 2012

Las aventuras de Pablo en el faro. Las salamanquesas (I)



Como todos los veranos Pablo esperaba con impaciencia la llegada de cada  lunes. Su padre le había encomendado hacía tiempo la delicada tarea de preparar los aperos necesarios para salir de noche a la captura de salamanquesas. Así que, en vacaciones, el lunes pasaba a ser, con diferencia, el mejor día de la semana, aun más que un sábado de zoo en primavera. En cuanto desayunaba empezaba el acopio y revisión de todos los útiles: llenaba una botella con cinco litros de agua; comprobaba el buen estado de una especie de cazamariposas pero con la red bastante más pequeña y el palo mucho más largo; hacía prácticas de tiro con su gran rifle de agua, su padre aseguraba que era especial para esa misión y que tuvo que esperar que se lo hicieran en China y,  por último, preparaba una caja de cartón, normalmente de sus zapatos, para meter a las criaturas nocturnas.

Esta era una actividad que nadie practicaba y por ello presumía ante sus amigos contándoles con todo detalle en qué consistía el arte de atrapar vivos a esos reptiles de ojos hipnóticos y manos pegajosas. No podía haber un ser más feliz que Pablo cuando su padre asentía al cerciorarse de que, gracias a él, todo estaba listo para iniciar con garantías el safari. Si existiese alguien más feliz explotaría mientras ascendía al cielo.

Uno de esos lunes, después de cenar colocaron todos los avíos en un pequeño carrillo de mano, Pablo y su padre bajaron la escalera de caracol sosteniendo entre los dos el carrillo en el aire. Ahora les esperaba un buen paseo hasta el pueblo, leves inconvenientes de vivir y trabajar en un faro. El primer edificio que aparecía en el horizonte de aquel oscuro pero sereno camino era el cementerio, precisamente su primer destino. El papá de Pablo nunca le infundió ningún temor referente a los muertos: —están muertos, y ahora forman parte de la tierra, de los árboles y de la hierba, y nadie los puede ya molestar, ni ellos pueden incomodarnos —le decía—.

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