Poesías, relatos, cine, música... Un remanso en medio de este apocalipsis (grupo EFDLT)

Placer mutuo

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Moda poética (ediciones limitadas)
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martes, 7 de febrero de 2017

Cuentos eróticos: Lola (III)

Desistí de cualquier intento por contribuir a lo que fuese que estuviese creando aquella asilvestrada criatura, de hecho, dejarme llevar por ella ya lo consideraba como la consumación de una realidad inimaginable dentro del mejor de mis lascivos sueños que, además, coincidía con el mejor de cualquiera de mis sueños.

Reptó por mi espalda, noté la cópula y el vacío de cada poro invadido o abandonado, como cada vello se aferraba a mi piel resistiéndose a perderla. Descansó su cabeza sobre mis nalgas separándolas con su nariz como intentando enterrar algo, avanzó parsimoniosamente por ese tajo virgen y un punzante frío acuoso apareció como si su boca contara con una estalactita que iba arando y refrescando a la vez una zona desértica y baldía hasta entonces, preparándola para algo tan insospechado que atraía sin límites. Fue descendiendo, electrificó mi escroto, mi respiración expulsaba sangrientos fuegos artificiales, sonidos tan enigmáticos que ya han dejado de haber existido de nuevo. Con sus palmas en mis muslos cerró mis piernas y siguió avanzando con sus garras y su gélida boca por las fallas de mi cuerpo hasta llegar a mis talones, terminó de derramar el hielo de su boca en las plantas de mis pies, abrió sus piernas y empujando sobre mis temblorosos gemelos se sentó, me asió por los tobillos y levantó mis pies hasta hacer rozar ligeramente las plantas heladas por lo que adiviné que debían ser sus pezones, la oí suspirar como si fuese el primer aliento de un resucitado…


viernes, 3 de febrero de 2017

Cuentos eróticos: Lola (II)

Pero hacer cálculos con ella era un despilfarro supino de razonamiento. Me agarró por la cadera y me dio la vuelta como una caníbal dispuesta a terminar de sazonar su almuerzo. Se sentó sobre mis glúteos, con sus pulgares fue flanqueando mi columna ascendiendo hasta el cuello —yo me preguntaba si el masaje sería solo para aliviar tensiones después de una encarnizada lucha por satisfacer y viceversa entre contorsionistas, en un duelo a la luna, o un reconstituyente para volver, sin dar opción a cualquier otra consideración, a la hedonista batalla—, cambió de posición, realizando el mismo ejercicio pero esta vez de manera descendente, apoyó levemente su perineo sobre mis cervicales y masajeó mi espalda mientras sus pechos iban haciendo el más grato camino que lleve a lo desconocido, hasta acabar con un agarrón de arpía sobre mis cachas. No sabría explicar como el dolor de sus uñas pudo provocar al mismo tiempo un placer tan intenso, sospecho que por la suma de algo inaudito y ese vaivén de su vagina abarcándome y replegándose, como naciéndome de nuevo desde mi cuello a un mundo prodigioso.  Mi pubis necesitaba aliviar la tensión y el apetito por algo jugoso me empezaba a transformar en algo inestable y frenético. Lola apago todos mis desesperados conatos por participar activamente, al menos de momento, en aquel aquelarre de paroxismos sujetando con la firmeza de una Diosa cada gesto que ella no hubiese reclamado…      

    

lunes, 30 de enero de 2017

Cuentos eróticos: Lola (I)

No sé por qué decidí aparentar que seguía dormido. Ella regresó desnuda de alguna extraña misión en la planta baja, se recostó mirándome fijamente, se incorporó sobre su indómita cintura, acercó la cabeza endemoniada a mi pecho oliendo entre el enjambre de su cabello mi rastro de presa infartada. El sol amenazaba con terminar de cuartearnos y, sin embargo, Lola estaba de nuevo considerando no sé qué inconfesable acción sobre mis restos desintegrados por un extinto agujero negro, transformado ahora en la cama de la niña de “El exorcista”.
¿Dónde aprendería a lamer así? La verdad es que prefiero no saberlo. Me gustaría creer que es algo innato o instintivo, algo improvisado expresamente adaptado a mi cuerpo. De repente, como casi todo lo que sucede cuando Lola interviene, desenvainó su lengua y me fue imprimiendo eses de un pecho a otro, bordeando las costillas minuciosamente, orbitando alrededor de mi ombligo. Era como si supiese un ritual infalible para resucitar pasiones crucificadas.

La sangre fue poco a poco desperezándose, los glóbulos se alborotaban buscando el lugar exacto de la próxima caricia de su boca, todo lo que pudiese fluir en mí se agolpó en el primer órgano que se erigió en disposición a ser una vez más acogido por el milagro de un universo pantanoso y apocalíptico llamado Lola…  


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