Poesías, relatos, cine, música... Un remanso en medio de este apocalipsis (grupo EFDLT)

lunes, 28 de octubre de 2013

El jardinero de María (II)


 
 
de tarde en tarde también venía, incluso vivía, su marido. En el mismo chalé, en la misma cama, como un demonio que intentara evitar que la armonía de mi saliva con el aceite de su cuerpo salvase al mundo del holocausto que el hombre había incubado y que estaba a punto de eclosionar.
No hubiese podido soportar el remordimiento de ver a mi amada en una situación embarazosa por haberla espiado tras las ventanas de la casa, pero aquel día estaba especialmente dependiente de su existencia y me convencí de que por ojear un instante por la cristalera del salón no estaría invadiendo apenas su intimidad, teniendo en cuenta que si hubiese querido que nadie la observara no habría hecho de diáfano cristal toda la fachada de la casa. Me quité los auriculares por donde revoloteaba Madama Butterfly de la Callas, me oculté en la parte sombría, entre los grandes árboles y un lateral del chalé, donde los helechos arborescentes crecían con parsimoniosa belleza. Aparté con delicadeza las ramas y ahí estaba ella. Intenté comparar la grandiosidad de aquello pero rápidamente me rendí, ni el Amazonas, ni las Cataratas del Iguazú, ni tan siquiera mi añorado Cráter del Ngorongoro podía causarme tan placentero asombro, ese encuentro con la meta de cada sentido. María se había quitado la camisa, un mini biquini rojo le ocultaba varios centímetros, estaba descalza, mirando al infinito a través del agua de la piscina —por un momento creí que me había descubierto—, con las manos entrelazadas y apoyadas en la nuca. Parecía estar comunicándose con seres superiores.
De pronto giró exactamente los grados justos su cuello, me miró fijamente como si alguien le hubiese advertido de mi encuadre. Abrió la puerta corredera de cristal y me dijo: —¿Está usted espiándome?—
Ya pueden imaginar cómo reaccioné y se equivocarán. Consciente de que no serviría de nada una respuesta convencional ante un ser tan extraordinario, me armé no sé de qué honorable virtud y le contesté: —la verdad es que no, no la estoy espiando, estoy admirándola, intentando descifrar su expresión, su forma de flotar por el aire cuando camina, de recogerse el pelo cuando está mojado, de mirar al infinito como ahora...
 
 

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