La ansiedad, el placer, y la prostitución
Estoy aquí sentado, pensando, con el convencimiento de que el ansia de desearlo y la necesidad —que no el placer— de escribir algo para publicarlo mañana —ayer si lo estás leyendo hoy—, sean motivo suficiente para hacerlo. De hecho quizá ya lo esté haciendo. Aunque puede que acabe borrándolo todo. ¡Qué fácil resulta pulsar la flechita que blanquea de nuevo la pantalla!, y pensar aliviado que por empezar de nuevo, en otro momento más inspirado, conseguiré asegurarme algún que otro comentario que me compense. Y voy colocando una palabra tras otra imaginando que improviso con cierta solvencia. Pensando que de la nada se puede sacar provecho mientras muchos estéis pensando: ¡coño, a mí también me ha pasado! Francamente espero que no os prostituyáis sin antes comprobar que al final, el polvo en sí, lo hubieseis echado también gratis. No sólo no sé dónde me hallo, incluso me atrevo a aconsejaros como si fuese un aventajado en algo. Yo que ustedes me indultaría igual que a los locos confesos. Lo peor es que por mucho que me flagele sigo pensando que esto puede despertar interés, y que reconocerlo es mérito apto para ser tolerado. En fin, lo único seguro es la duda y el fin de esta agónica transparencia. Espero que no sea contagioso.
