Estas son mis sobras; el envoltorio que antes relucía con tensa luz propia sosteniendo la emoción del regalo que albergaba; bajo los lazos y las dedicatorias que tomaron como siempre la forma más festiva de corazones, felicidades y te quieros. Esas que ahora yacen violadas a los pies de un hediondo contenedor, que dará trabajo a seres nocturnos que estarán maldiciendo la suerte que han tenido en cualquiera de las loterías con las que el estado recauda el impuesto por mantenernos medianamente ilusionados. Cuando yo me dirija cabizbajo hacia el trabajo, eje sobre el que gira todo el aglomerado de mis frustraciones y rutinas, desterrado de todo lo que hubiese pedido a los Reyes Magos si estos no me hubiesen olvidado reiteradamente desde que les pido estados de ánimo, pensaré en ustedes, visitantes de el fin de los tiempos, breve alegría que muere súbitamente, llama de un trozo de papel donde hubo un comentario.
Terminó la Navidad, como envidio la eternidad que desprenden, aún hoy, la ilusión en los rostros de los más pequeños, jugando inconscientes por los parques y las aceras. Derramando un optimismo cada vez más efímero, que yo intento recoger delicadamente, pero aún así, se me desmorona entre los dedos del pensamiento.