Poesías, relatos, cine, música... Un remanso en medio de este apocalipsis (grupo EFDLT)

viernes, 23 de julio de 2010

La historia más triste de la historia (XLIII). La nueva relación


Carlos entreabrió los ojos, parpadeó imitando la adaptación de sus pupilas a la luz, se miraron unos segundos atentamente. Sonrieron tiernamente. Ambos se resistían a inaugurar esta incipiente historia. Hay tantos tipos de relaciones sentimentales como grados de compromiso. La suya, inopinada en extremo, contenía una ingente cantidad de posibilidades. Lo único seguro era que los dos estarían dispuestos a empezar lo más cercano a la postura del otro, lo que evidenciaba la predisposición de ambos por comenzar de la mano.

—Buenos días, mi lozana andaluza —le dijo mientras extendía el brazo y desplegaba su mano recorriendo la mitad de la distancia que los separaba e invitándola a hacer lo mismo.
—Buenas tardes, bello durmiente. —contestó, y aceptando el llamamiento de su sangre amerizó en su mano acariciándole antes el entregado dorso de su antebrazo—.
—Prométeme que no te difuminarás en el lapso de un bostezo.
—Por ahora no es mi intención.
—¿Por ahora?
—Por ahora alberga para siempre.
—Pero no viceversa.
—Hace mucho tiempo que no utilizo siempre. Además, no me apetece profundizar más en el tema. Me gustaría comer algo en la terraza, contigo, claro, y no pensar en el más allá que es el futuro, ni en el peso atómico de cada palabra.
—Perdóname si te he agobiado, es una deformación heredada de mi trato con tantos necios arrogantes que cree ser los albaceas del saber.

miércoles, 14 de julio de 2010

La ira, el último vestigio de la esperanza (III). Dormir


como si toda experiencia maravillosa que se pudriera por la raíz sin terminar de desarrollarse plenamente fuese sobreseída para el resto de uno, cuando el resto es un inmenso agujero negro desde la perspectiva de una nave abandonada a su influjo de acantilado. Llega incluso a considerar como opciones igual de interesantes, ante la inminente victoria del sueño, tanto la posibilidad de despertar con una voluntad renovada e inquebrantable, como la de no hacerlo nunca más. A las tres de la madrugada despierta con un agudo dolor de cervicales, se incorpora intentando mitigar el malestar masajeándose la nuca, se levanta bastante aturdido tratando de llegar al dormitorio y tropezando con todos los muebles posibles en el camino. En cuanto presiente la cama se desploma sobre ella, enciende la luz, activa la alarma del despertador, la del teléfono móvil y la del reloj de pulsera —lo último que desea es encontrar la razón de por qué cada noche se tortura con esa forma de servidumbre tan mesurable, así que casi no lo hace—. El dolor de cabeza no lo deja conciliar el sueño, cambia de posición iracundo pensando en cómo afrontaría esa situación una persona que en sus mismas circunstancias aún fuera optimista. De hecho, conocía a más de una que estando en condiciones mucho más lamentables que las suyas, daban gracias cada mañana por el simple hecho de amanecer con posibilidades, como si la vida fuese un regalo y no una imposición. ¿Qué íncubo gen estaba sodomizando a su instinto de supervivencia? ¿O quizá todo se debía a inconfesables traumas de la infancia, a los cuales no tenía el placer de recordar? Demasiadas incógnitas para una capacidad de raciocinio tan mermada. Llegó a una conclusión simple y no por ello fútil: tenía dos opciones: podía esperar a que, en una de las posiciones que tomara, el dolor de cabeza remitiese, o bien tendría que levantarse para tomar un analgésico.

viernes, 2 de julio de 2010

La historia más triste de la historia (XLII). La nueva relación


Quería despertarlo pero, no tener la menor idea de cuál sería su reacción después de una noche tan apasionada como compartida, era algo que la perturbaba más a medida que sus neuronas interaccionaban. Por un momento le rondó la idea de vestirse en el aire y volver a casa sola pero, le costaría tres vidas encontrar una explicación coherente para tal acto todavía incalificable. Se levantó con sumo cuidado, como si huyera por una nube que se deshace al alba. Entró en el cuarto de baño, se refrescó la cara profusamente invitando a sus ideas a fluir por la corriente, fue inútil. Decidió ducharse abandonándose a la imposibilidad de prever su destino, por muy inmediato y concreto que éste fuese. El sonido del agua cayendo sobre el silencio de María despertó a Carlos. Sin voluntad alguna, como si fuese una función vital involuntaria, lo primero que recordó en su estrenada consciencia era el cuerpo desnudo de María haciendo un ángulo perfecto aferrado al suyo. Contoneándose frenéticamente conteniéndolo como una diosa en pleno alarde de poder y veleidad. Él también se encontraba atenazado. Su nueva relación era como la llama de un papel: tan breve como intensa, tan reciente como lejana después de la frontera de lo improbable. Definitivamente optó por la acción menos traumática: seguiría en la cama hasta que ella volviera. Avalado por la imprecisión del despertar la abrazaría levemente y le daría los buenos días acariciando con sus labios su frente húmeda. El sonido del agua desalojándola cesó. Él la esperaba de espaldas a la puerta del baño para evitar el reto que supone un intercambio de miradas. Diez minutos después salió vestida, despacio, con el cabello aún goteando, se sentó en su lado de la cama mirando fijamente a nada, resignada a dejarse llevar por sus instintos. Se recostó, ladeo su cabeza hacia su compañero como entregándose a la incertidumbre de aquel expectante presente.

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