Poesías, relatos, cine, música... Un remanso en medio de este apocalipsis (grupo EFDLT)

Placer mutuo

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Moda poética (ediciones limitadas)
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jueves, 30 de septiembre de 2010

La historia más triste de la historia (XLV). La discusión


Un silencio sepulcral se hizo fuerte en la habitación. Él se debatía entre la indignación y la pena, ella desde el desahogo hasta la otra cara de esa misma pena.

—Si realmente te molesta todo eso de mí, ¿por qué has esperado precisamente a este momento para reprochármelo?
—Porque creo que no sería justo que empezáramos algo que rematara estallándonos antes de parecerse lo más mínimo a lo que esperamos. Nadie es perfecto, yo soy el mejor ejemplo de ello pero, aún así, hay atolladeros tan recurrentes que nunca dejan decantarse del todo la balanza hacia el lado en que todo acaba compensándonos manifiestamente.
—En definitiva, me estás diciendo que mi egocentrismo terminará, tarde o temprano, por dinamitar cualquier intento que hagamos por perdurar en lo que nos une.
—También pienso que en verdad no eres así. Que en tu afán por ser una persona ilustrada y reconocida, te has contagiado, como casi todos, con la deshumanización de la petulancia y el despotismo.
—Bien, recapitulemos, entonces sabes como estoy siendo y como soy en realidad. Me encantaría descubrirme en tus palabras, por favor, muéstrame a mí mismo, cuéntame.
Y si además puedes vaticinar como seré en un futuro te estaré eternamente agradecido. Sólo tendré que seguir el guión que me marques. El libre albedrío para el resto de la patética humanidad.
—En el colmo de mi clarividencia también sabía que ibas a reaccionar así. Y que lo nuestro tomaría un rumbo insospechado.
—¿Insospechado dices? Seguro que posees la hipótesis correcta. Todo esto está tomando un cariz sádico. Como un macabro juego premeditado. ¿Llegaste a ver Saw?

                                                

lunes, 16 de agosto de 2010

La historia más triste de la historia (XLIV). El reproche


—Hay algo que…
—Perdona, ¿cómo dices?
—No... Que podíamos encargar un almuerzo ligero: ensalada, zumos, frutas, para compensar los excesos de la noche anterior —Titubeó María como si la mayoría de sus neuronas estuviesen enfrascadas en un razonamiento más elevado e importante—.
—Me parece genial pero, por el tono diría que esa primera frase reprimida tuya tenía visos de convertirse en nuestro primer reproche.


María, tras unos segundos de clarividente silencio, decidió que no podía avanzar en falso una vez más, como si se tratase de una relación basada exclusivamente en expectativas. Sería sincera desde la primera oportunidad, o sea, ahora.


—No es un reproche, tan sólo quiero que sepas que considero de muy mal gusto que te justifiques constantemente desacreditando a otras personas, cuando menoscabas a discreción no puedo atisbar en ti el mínimo asomo de humanidad.
—¿Algo más? —dijo Carlos con un tono retenido pero que reclamaba con urgencia su derecho a réplica—
—Pues sí. Además, el abuso que siempre haces al utilizar sin medida citas históricas o bibliográficas con las que argumentar tus juicios u opiniones, te aseguro que puede llegar a exasperar a los mejores contertulios. Si al menos obviaras su procedencia no daría la impresión que lo haces, fundamentalmente, para jactarte en la diferencia de ilustración.


La segunda argumentación de María fue cambiando la expresión de su compañero, que pasó de estimulado y firme, a sorprendido e irresoluto...

                                                                

viernes, 23 de julio de 2010

La historia más triste de la historia (XLIII). La nueva relación


Carlos entreabrió los ojos, parpadeó imitando la adaptación de sus pupilas a la luz, se miraron unos segundos atentamente. Sonrieron tiernamente. Ambos se resistían a inaugurar esta incipiente historia. Hay tantos tipos de relaciones sentimentales como grados de compromiso. La suya, inopinada en extremo, contenía una ingente cantidad de posibilidades. Lo único seguro era que los dos estarían dispuestos a empezar lo más cercano a la postura del otro, lo que evidenciaba la predisposición de ambos por comenzar de la mano.

—Buenos días, mi lozana andaluza —le dijo mientras extendía el brazo y desplegaba su mano recorriendo la mitad de la distancia que los separaba e invitándola a hacer lo mismo.
—Buenas tardes, bello durmiente. —contestó, y aceptando el llamamiento de su sangre amerizó en su mano acariciándole antes el entregado dorso de su antebrazo—.
—Prométeme que no te difuminarás en el lapso de un bostezo.
—Por ahora no es mi intención.
—¿Por ahora?
—Por ahora alberga para siempre.
—Pero no viceversa.
—Hace mucho tiempo que no utilizo siempre. Además, no me apetece profundizar más en el tema. Me gustaría comer algo en la terraza, contigo, claro, y no pensar en el más allá que es el futuro, ni en el peso atómico de cada palabra.
—Perdóname si te he agobiado, es una deformación heredada de mi trato con tantos necios arrogantes que cree ser los albaceas del saber.

viernes, 2 de julio de 2010

La historia más triste de la historia (XLII). La nueva relación


Quería despertarlo pero, no tener la menor idea de cuál sería su reacción después de una noche tan apasionada como compartida, era algo que la perturbaba más a medida que sus neuronas interaccionaban. Por un momento le rondó la idea de vestirse en el aire y volver a casa sola pero, le costaría tres vidas encontrar una explicación coherente para tal acto todavía incalificable. Se levantó con sumo cuidado, como si huyera por una nube que se deshace al alba. Entró en el cuarto de baño, se refrescó la cara profusamente invitando a sus ideas a fluir por la corriente, fue inútil. Decidió ducharse abandonándose a la imposibilidad de prever su destino, por muy inmediato y concreto que éste fuese. El sonido del agua cayendo sobre el silencio de María despertó a Carlos. Sin voluntad alguna, como si fuese una función vital involuntaria, lo primero que recordó en su estrenada consciencia era el cuerpo desnudo de María haciendo un ángulo perfecto aferrado al suyo. Contoneándose frenéticamente conteniéndolo como una diosa en pleno alarde de poder y veleidad. Él también se encontraba atenazado. Su nueva relación era como la llama de un papel: tan breve como intensa, tan reciente como lejana después de la frontera de lo improbable. Definitivamente optó por la acción menos traumática: seguiría en la cama hasta que ella volviera. Avalado por la imprecisión del despertar la abrazaría levemente y le daría los buenos días acariciando con sus labios su frente húmeda. El sonido del agua desalojándola cesó. Él la esperaba de espaldas a la puerta del baño para evitar el reto que supone un intercambio de miradas. Diez minutos después salió vestida, despacio, con el cabello aún goteando, se sentó en su lado de la cama mirando fijamente a nada, resignada a dejarse llevar por sus instintos. Se recostó, ladeo su cabeza hacia su compañero como entregándose a la incertidumbre de aquel expectante presente.

jueves, 20 de mayo de 2010

La historia más triste de la historia (XLI). El despertar



Disfrutó con aquel pintor en cuyos lienzos parecían leerse los versos de aquel escritor cuyo poemario quería publicar, y ya imaginaba un posible encuentro entre ambos artistas. Después de dos horas del mejor jazz la noche iba desbordándose ingrávida entre sonrisas y arpegios. Con el paso del arte Carlos se fue desenfadando, le fue imposible mantener ese status teniendo en cuenta la exquisitez de la compañía y del ambiente. Ella no lo recordaba en un estado tan agradable y sincero. Gozaron juntos de todo, todo lo posible, sin que su compañero descalificara ni menospreciase a nada ni a nadie para conseguirlo. Por primera vez la trató con una mirada tierna, limpia, con claves metafísicas, invadido por la esperanza de ser merecedor y no habiente.
Aquella madrugada María habría firmado una eternidad juntos en aquella tesitura. De hecho, terminaron en la misma habitación del hotel, coreando idénticas melodías, compartiendo cama y todo lo inconcebible que habría de ser acompasados.
Un ligero dolor de cabeza y una sed pesada con sabor a “Lupanar club” hicieron que María despertara temprano al mediodía siguiente. Sonrió dulcemente sin terminar de desplegarse por completo: no se arrepentía de nada pero temía a un puñado de posibles consecuencias. Quería despertarlo pero le ponía cada vez más nerviosa el no tener la menor idea de cuál sería su primera reacción después de una noche tan apasionadamente compartida.

miércoles, 12 de mayo de 2010

La historia más triste de la historia (XL). Una noche inolvidable



—Déjalo Carlos, nuestro concepto de condición está tan distante como nuestra propia naturaleza.
—No te dejes engañar por lo que crees ahora. Sólo conoces de mí el rompeolas. El concierto es para el primer fin de semana del mes que viene. Sé que le harás el hueco que se merece.
—Se que sí, Carlos. ¡Ah oye! Muchas gracias por el detalle.
—Sabes con creces que para mí es un placer. Hasta luego María.

Se preocupó María al denotar algo de tristeza en la despedida de su colega. Quizá fue demasiado injusta al juzgarle de una forma tan inquisitiva pero, pronto se justificó pensando que no sería la primera vez que Carlos usaba tamañas estrategias para despertar la compasión y la debilidad de sus futuras víctimas.
El día en concreto él la recogió a las nueve de la mañana, el concierto era a las diez de la noche pero querían aprovechar para ir de museos y ver cierta exposición de un pintor que destacaba por la melancolía coagulante de sus ambientes.
Carlos se limitó a actuar todo el día de acompañante, a contestar con diligencia de funcionario a todas sus preguntas y comentarios. Ella era consciente de que la relación no pasaba por su mejor período, y de que era una lástima que coincidiera en estos momentos donde compartían pasiones y debilidades pero, el hecho de que tal situación de tensión no le afectara demasiado, y pudiera disfrutar plena de todo lo que estaban contemplando era una señal inequívoca de la intensidad del vínculo que deseaba mantener con Carlos.
A pesar de todo, el día para María alcanzó el rango de fantástico...

martes, 4 de mayo de 2010

La historia más triste de la historia (XXXIX). La condición



Aunque María sentía cierta atracción por Carlos —el saber alberga tanta erótica como el poder pero con unos matices insospechados que podían otorgar incluso el don de improvisar y sorprender en una espiral embriagadora—, no podía imaginarse a diario, bajo un mismo techo, manteniendo siempre la tensión que suponía dialogar con su compañero de trabajo. El futuro al que aspiraba no era precisamente algo parecido a una frenética competición de facultades.

—Entonces, doy por hecho que tendré el honor de que me acompañes.
—En principio sí. Aunque espero que no sea este fin de semana.
—¿No vendrías si así fuese?
—No he dicho eso, pero tendría que barajar varias posibilidades y decidir…
—¿Con quién tienes que hacer?
—Habrás querido decir: ¿qué tienes que hacer? Supongo.
—Qué, es una cuestión baladí, lo que menos me preocupa.
—Pero sabes de sobra que, te interese o no, es la única pregunta a la que puedes aspirar sin que te invite a olvidarme un rato.
—Pero tú también sabes que yo siempre lo intento, que sólo contemplo la rendición que supone la prudencia cuando el fin no se justifica. Pero tratándose de ti…
—Tratándose de mí deberías procurar ser menos tú.
—si no fuese menos yo, ahora estaría besándote.
—Más bien, intentándolo. La clave que me buscas nunca estará en la capacidad sino en la condición. En la forma en que gestiones lo que seas en cada instante que nos vincule.
—En mi condición está la prioridad de servirte eternamente.

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