Poesías, relatos, cine, música... Un remanso en medio de este apocalipsis (grupo EFDLT)

Placer mutuo

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Moda poética (ediciones limitadas)
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miércoles, 3 de octubre de 2007

Un cortijo andaluz: Francisco el de la huerta (IV)

…Les aseguro que no puede haber un tono más elocuente, una mirada que suplique más comprensión, ni unos gestos con mejores efectos especiales, que los que Francisco exhibió para intentar que su relato no nos avocase a pensar que era fruto de una imaginación ya casi jubilada, o como él mismo diría “ pal arrastre”.
Antonio me miró irónicamente, esperando un gesto de solidaridad por mi parte, yo sonreí tiernamente, giró su atención hacia Francisco, y le dijo con total ausencia de tacto, “ ¿y eso como coño va se?“. Francisco me miró buscando un aliado, yo volví a sonreír cálida pero imparcialmente, volvió su mirada paranoide hacia Antonio respondiéndole “quiyo, por la salú de mis chiquillos que sí, qué me caiga ahora mismo aquí muerto si es mentira lo que te dicho”, a lo cual Antonio contrarrestó esgrimiendo, “que no, que no, que el dolor se te quitó porque se tenía que quitá y ya está, o es que vas a descubrir tú ahora la penicilina”, las venas del cuello y la frente de Francisco estaban a punto de independizarse del resto del cuerpo, -su fe en ese remedio era directamente proporcional al escepticismo de Antonio- su mirada alternaba y escrutaba constantemente nuestras expresiones, si llega a advertir en mi cara una señal de apoyo a la posición de Antonio, creo que los nervios y la vergüenza lo hubiesen hecho reventar de impotencia y desconsuelo, pero al comprobar que mi postura era neutra, y que el partido había terminado empatado, decidió poner fin a la contienda, eso sí, recomendándole antes esto a Antonio, “ tú allá, pero que sepas que yo no gano na con decirte esto, a mí me sirvió, y tú, ahora que lo sabes, seguro que algún día lo probarás”. A lo que Antonio respondió con una especie de gruñido indescifrable acabado en, “...una poca leche pa ti” FIN

viernes, 21 de septiembre de 2007

Un cortijo andaluz: Francisco el de la huerta (III)

…Interrumpiendo uno de los improperios en forma de lamento donde Antonio recordaba el origen bastardo de todos los antepasados de su inquisidora muela, Francisco se atrevió a recomendarle una posible solución para atajar de raíz su calvario. Nos reveló como un día, hace ya muchos años, tantos que casi era joven y sin manchas oceladas en la piel, recogiendo algodón una mañana de septiembre y bajo los efectos paranoides de un insoportable dolor de muelas, decidió, desesperado, tomar un trago del gas-oil que en garrafas llevaban los tractores que transportaban los remolques, llenos con los sacos de algodón y sudor recolectados a mano por el pueblo andaluz. Mantuvo el combustible bañando la pieza endemoniada durante varias horas, alentado por la reacción analgésica que fue provocando. No se lo podía creer, poco a poco el dolor fue remitiendo hasta desaparecer casi por completo, que de hecho, era el estado habitual de salud de su boca. Al otro día, con el corazón aún manifestándose sobremanera en su escalonada dentadura, repitió el tratamiento, y fue descubriendo mientras trabajaba cual debía ser su correcta dosificación. Francisco nos aseguró con el convencimiento de un resucitado, que al cabo de una semana manteniendo durante varias horas en cada jornada el gas-oil rodeando la muela, el dolor desapareció por completo, y que jamás volvió a resentirse de ese impío mal…

viernes, 31 de agosto de 2007

Un cortijo andaluz: Francisco el de la huerta (II)

… Una jornada más de trabajo, Francisco llegó a la finca antes de las ocho de la mañana, dando los buenos días y exhibiendo una genética sonrisa, parecida a la de un niño cuando abre el envoltorio de un regalo, nunca supe si era fruto de los nervios, debido a un penitente placer por cumplir con los designios del señor “y ganarás el pan con el sudor de tu frente”, o simplemente le daba gracias cada mañana a la tierra por estar vivo y activo. Aunque yo sabía que él era razonablemente feliz, y probablemente cuales eran las causas, jamás pude hacer mía su dicha, cada fin de jornada fracasaba en el intento de envidiar su armonía con el papel que le adjudicó la vida. Antonio, otro jornalero menos agradecido que Francisco con el destino que desde arriba le habían asignado, llevaba una semana, por un dolor de muelas, maldiciendo a todo lo que se cruzaba en su camino, y fumando bajo cualquier excusa peregrina. Llevaba siempre una camisa de mangas largas con dos bolsillos en el pecho, uno para cada paquete de tabaco, a forma de depósitos de gasolina. Una gorra para proteger sus ideas del sol, y los bolsillos del pantalón llenos de papel higiénico por si lo sorprendiese, en medio del campo, un inesperado retortijón…

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lunes, 20 de agosto de 2007

Un cortijo andaluz: Francisco el de la huerta (I)



Francisco el de la huerta era un jornalero, un trabajador del cortijo donde sobrevivieron, con más pena que gloria, muchas familias, entre ellas, la de mis padres, durante la eterna dictadura de Franco. La finca era una de tantas que tenía repartidas a modo de castillos feudales por toda Sevilla, un gran terrateniente de Andalucía. Cárceles para necesitados y analfabetos de la posguerra, que no tuvieron la más mínima oportunidad para cambiar el rumbo de sus vidas. Por una limosna y un techo que les cobijara, trabajaron en los años cuarenta, cincuenta y sesenta, de sol a sol y de lunes a lunes. Todavía, cuando mis padres recuerdan las penalidades y carencias de aquella época, se refieren a los dueños y familiares del cortijo, como señoritas y señoritos. No sabrían de qué otra forma llamarles. Señorito, una palabra de origen sumiso, es al cabo de los años, simplemente un apellido inseparable para reconocer a alguien rápidamente.
Francisco era pequeño, casi mulato por la gracia del sol, enjuto y arrugado como un higo desfondado por los pájaros, pero con la energía y la vitalidad de un chaval virgen de veinte años, los nervios, decía mientras parpadeaba sin parar, no le dejaban vivir. Cuando yo lo conocí estaba a punto de jubilarse. No sé qué papeles le faltaban, ni a expensas de qué administrativo del señorito se encontraba, pero sí recuerdo esta historia, digna de los habitantes de Macondo…

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