Poesías, relatos, cine, música... Un remanso en medio de este apocalipsis (grupo EFDLT)
lunes, 15 de septiembre de 2008
lunes, 1 de septiembre de 2008
El pueblo incierto (XII)
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Antonio Ruiz Bonilla
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jueves, 21 de agosto de 2008
El pueblo incierto (XI)
Me coloqué al fondo del cuarto, en el mismo ángulo que ya había utilizado, para que me permitiese ver algo si la puerta se abría de nuevo lo más mínimo. Dispuesto a colaborar en todo, incluso a olvidar que esto estaba sucediendo y despertar en mi cama sudando a mares de fuego. Por el murmullo parece que los trabajadores del banco están informando a los agentes de la situación en la que nos encontramos.
Un silencio absoluto me anegó el alma, sabía que esta quietud era el preámbulo a la táctica policial que estaban a punto de emplear conmigo. Esperé con tanta expectación que retuve la respiración para poder oír cualquier iniciativa a favor de reducirme.
Pom, pom, pom, llamaron breve pero contundentemente mediante tres secos golpes a la puerta, si hubiese tenido que jugarme la vida en adivinar el número de golpes que darían, la habría conservado. No sé, llamar dos veces puede albergar arrepentimiento, cuatro, indecisión. Tres golpes implica la determinación justa que requiere el acto en si.
Le habla la policía, no tiene escapatoria, abriremos la puerta lo suficiente para que pueda entregarse, salga con las manos por delante, que sea lo primero que le veamos, ¿está claro?...
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Antonio Ruiz Bonilla
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jueves, 24 de julio de 2008
El pueblo incierto (X)
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Antonio Ruiz Bonilla
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lunes, 30 de junio de 2008
El pueblo incierto (IX)
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lunes, 23 de junio de 2008
El pueblo incierto (VIII)
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lunes, 9 de junio de 2008
El pueblo incierto (VII)
El sol empezaba a ocultarse tras las últimas casas, y mis gaseadas tripas ya estaban añorándolo. Tenía que encontrar rápidamente un lugar seguro donde pasar la noche, no sería una exageración pensar que las criaturas causantes de todo esto estuviesen, como vampiros, esperando la noche para aparecer. En ese momento fui incapaz de imaginar qué crónico y terrible problema podrían tener esos seres en su relación con la luz solar, pero al menos lo entendí como una ventaja, eso sí, que estaba a punto de desaparecer.
A mitad de la calle había una entidad bancaria; si en este pueblo se podía estar seguro de algo, es de que, incluso desierto, seguro que había alguien que les debía dinero, y eso era todo un consuelo para mí, no era el único al que la mala suerte había destinado en este siniestro lugar. Creí que podía ser un buen sitio para ocultarme, en un banco no había alimentos, ni camas, ni menos aún ataúdes, así que seguramente estaría vacío. Me acerqué despacio, girando varias veces sobre mí para asegurarme de que nadie estaba siguiendo mis intenciones. Empujé la puerta acristalada y se abrió como si nada estuviese pasando; y nada pasaba, pero era una nada angustiosa y latente, como una crisálida a punto de dar a luz al más espeluznante de los engendros de Tolkien...
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Antonio Ruiz Bonilla
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jueves, 29 de mayo de 2008
El pueblo incierto (VI)
Salí de la plantación, crucé un camino que recorría perpendicularmente la primera fila de casas del pueblo. Ya estaba allí, frente a la impecable fachada principal de la gran iglesia gris de las campanas eternas. Alcé la vista hacia el campanario, nunca había sido demasiado devoto, pero pedí con toda la fuerza que pudo reunir mi desesperación, a todos los santos y vírgenes de todos los cielos, que velasen por mí, aunque con ello perdiera el poco crédito que pudiese haber reunido en mi vida, por mis buenas acciones. Ahora debía decidir sin precipitación si tenía que dejarme ver por las calles del pueblo, esperando que ellos acabaran de enervar mis nervios con su ausencia, o peor aún, haciendo acto de quién sabe qué presencia, o como parecía lógico debería intentar entrar en la parroquia para establecer contacto con el insufrible campanero. Contemplé una vez más la estructura indolente, casi sacrílega a los ojos de un pecador inconfeso como yo, de la casa de Dios. Opté por continuar andando por medio de una de las calles, poco a poco fui adentrándome en el laberinto en el que se convirtió este pueblo solitario y desconocido, miré cada uno de los edificios con los que me encontraba; cada puerta, cada ventana…
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Antonio Ruiz Bonilla
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jueves, 15 de mayo de 2008
El pueblo incierto (V)
Cambié de planes: si sus centinelas pudieron llegar hasta el pueblo a través de la plantación, también podría hacerlo yo, así que seguí lentamente uno de los caminos abiertos en línea recta hacia el macabro sonido de la torre más alta. No sé si me alegré de haber acertado en mi deducción, pero la verdad es que a cada paso que daba el tamaño de las casas aumentaba, al fin estaba acercándome irremediablemente, y de nada servía el que deseara con toda mi alma que fuese a la inversa; que cada zancada me alejase cien metros de aquella incierta realidad de la que no podía desterrarme. Respiré hondo y bebí un trago de una botella que llevaba en la mochila, el agua me supo a sudor de dos días cuando se mezcló con mi saliva y antes de caer en el pozo incandescente en el que se había convertido mi sufrido estómago... (seguiré atormentándome con su recuerdo)
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Antonio Ruiz Bonilla
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jueves, 8 de mayo de 2008
El pueblo incierto (IV)
Reconozco que mi reacción no fue precisamente el paradigma de nuestro instinto de supervivencia como especie, pero algún sentido oculto me aconsejaba asumir que no podría salir de allí sin afrontar que estaba a merced de ellos, y que…
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Antonio Ruiz Bonilla
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lunes, 28 de abril de 2008
El pueblo incierto (III)
Dibujo: José Manuel Exojo Mena
guitarras electricas epiphone
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Antonio Ruiz Bonilla
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lunes, 21 de abril de 2008
El pueblo incierto (II)
Llevaba más de una hora en dirección al pueblo y mi percepción del tamaño de sus casas no había variado ni un ápice, una de dos, o estaba más lejos de lo que había calculado en un primer momento, o el pueblo estaba manteniendo las distancias conmigo, no me preguntéis cómo ni por qué. Miré hacia atrás para comprobar todo el trayecto recorrido, volví a contemplar la torre alta que aún se lamentaba. Era increíble pero calculé que llevaba andado unos cuatro kilómetros, sin embargo la imagen del pueblo y el sonido de las campanas eran prácticamente el mismo que cuando desvié mi camino hacia ellos… (Continuará, mientras yo pueda)
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Antonio Ruiz Bonilla
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lunes, 14 de abril de 2008
El pueblo incierto (I)
Fue asomando detrás de unas colinas a medida que yo ascendía por el camino. Me detuve, intenté situarlo en alguno de los planos donde había trazado minuciosamente mi ruta por aquella comarca, en un primer momento achaqué su anonimato a una falta de rigurosidad de los mapas.
Contemplé sin prisas la misteriosa estampa distante y sosegada de aquella piña de casas blancas que invadían con una pasmosa autoridad el valle, como si siempre hubiesen formado parte de aquel, aparentemente, impávido paraje. Decidí acercarme un poco más. A lo lejos sonaba una música entrecortada que no tenía otro remedio que provenir de algún instrumento caído del Olimpo. Cuanto más avanzaba mayor era mi voluntad de desviar mi itinerario para visitar aquel lugar desconocido. La melodía sonámbula fue tomando cuerpo a medida que fui aproximándome: eran las campanas de la más alta de las torres del pueblo, que no cesaron ni un segundo su toque a muerto mientras me acercaba, como si el único superviviente del lugar fuese el campanero, y su única misión fuese alertar al mundo de la inminente llegada del fin de los tiempos.
Era la última hora de la tarde, las bandadas de pájaros sobrevolaban mi difuminada sombra en busca de sus dormideros. Lamentablemente, recreando la escena mucho tiempo después, recordé haber visto como las aves evitaban el espacio aéreo de las casas en su camino a un bosque situado a la espalda de la población, bordeaban su perímetro como si una atmósfera de peligro les advirtiera. Pero en aquel cándido momento y a tanta distancia ni siquiera recuerdo que intentase buscar una explicación lógica a tan extraño comportamiento, supongo que pensé que era causa de un efecto óptico engañoso…(Me temo que continuará)
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Antonio Ruiz Bonilla
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