Poesías, relatos, cine, música... Un remanso en medio de este apocalipsis (grupo EFDLT)

Placer mutuo

Placer mutuo
Moda poética (ediciones limitadas)

viernes, 30 de abril de 2010

Manipulación


Manipulemos.
Seamos agua de Iguazú
rompiéndonos.
Que labios polinicen y erijan a su paso
sol de arena en tactos.
Suspendámonos en la cima del abismo
como dioses desahogando soledades;
exuberantemente desérticos;
colonicémonos frívolos
impregnados de misticismo.
Asimilémonos en jugo, en vaho,
en palabras raídas y en células
mutando hacia hospicios.
Recojámonos aniquilados en uno.
Hallémonos sin ser conscientes jamás
de por qué podría no ser así.
Manipulémonos hasta ser algo
dichoso e inédito.

viernes, 23 de abril de 2010

La historia más triste de la historia (XXXVIII). Pat M.



Carlos solía decir que, con la suficiente cultura, alguien podía llevar siempre la razón, ya que sólo uno mismo estaría en disposición de rebatirse. Pensaba que el dinero te otorgaba cierta posición pero, una admiración ecuménica, únicamente estaba reservada para eruditos y genios nacidos bajo el auspicio de algún versado y virtuoso Dios.
—Bueno, digamos que promete. Incluso si me dejaran salvar un ingente número de versos lo indultaría de la quema. Ya sé, te has empeñado en ser un personaje de Goethe haciendo que te defina sobremanera esa tendencia al suicidio emocional y vas a tomar, de un momento a otro, la histórica decisión de publicarlo. No he de recordarte que como negocio será el paradigma de su antítesis. Aunque después de tu acierto con la última novela del ignaro imberbe con el que la editorial se ha lucrado sin remordimiento alguno, seguro que tienes crédito suficiente para hacer de kamikaze romántica y estrellarte gozosa, de nuevo, contra esa indiferencia que ya tuteas.

—Siempre intento hacer bien mi trabajo, tanto el que le debo a esta empresa, como el que le proceso al deseo inaudito que aún conservan las palabras por estar juntas de cierta manera.
—Te han quedado como tú: preciosas. Si algún día decides escribir un libro de frases para sobrevivir con arte a un admirador encantadoramente irónico, no olvides que yo apostaría por él con la fijación de un salmón en desove.
—Lo tendré en cuenta, ardoroso pececillo filántropo.
—¡Ah, por cierto! —le dice Carlos volviendo a entreabrir la puerta e intentando demostrar que realmente se le olvidaba— tengo dos entradas para un pequeño concierto que Pat dará el mes que viene en la capital.
—¿Pat, mi Patme?
—Aquí dice exactamente: “espectacular y emotivo concierto del magistral Pat Metheny group”.
—Eres un especulador maravilloso. ¿Qué haría yo sin ti? Además de estar en paz y sosiego, me refiero.

lunes, 5 de abril de 2010

De cómo y cuándo supe el porqué (III). La madre (cont.)



MAMÁ.- Hijo, de donde vengo me he dado cuenta de todo a lo que he renunciado por ello, por mi familia, por ti. Reconozco que estando viva disfrutaba siendo vuestra esclava porque nunca supe imaginar todo lo que sacrificaba, jamás me planteé un solo día lo que podía hacer por mí.

JUAN.- Y ahora me hablas en verso, definitivamente no eres mi madre.

MAMÁ.- Sí, lo soy, por eso vengo a ayudarte, ahora tengo tiempo para mirar por ti y disfrutar de mi interior.

JUAN.- ¿No será usted la madre de Freud? Mire que en el cielo debe haber muchas almas y será fácil equivocarse colocándolas a cada una en su cuerpo. Si hay funcionarios, seguro que su expediente se habrá traspapelado.

MAMÁ.- Tiene mérito que tengas ese sentido del humor tan agudo teniendo en cuenta la condición de zozobra en la que se encuentra tu alma. Además, en casa no disfrutabas de un ambiente demasiado enriquecedor, culturalmente me refiero. Tu padre y yo éramos prácticamente analfabetos. Pero no te esfuerces, soy tu madre, estoy aquí porque me has llamado.

JUAN.- Pues tú dirás: ¿cuándo, cómo y por qué te he llamado? Y si de camino me aclaras que es un alma en zozobra, incluso me conformaría con saber que es el alma en cualquiera de sus posibles estados, daría por satisfactoria esta alucinación.

MAMÁ.- Cada vez que te preguntas, más bien te arrepientes, de ser como eres, y de tener la vida que crees padecer, tu alma se estremece a mi alrededor en busca de respuestas.

JUAN.- Bien, supongamos que es verdad, que mi alma —entidad a la cual no tengo el gusto de conocer—, independiente y osada ella, te suplica por su cuenta y riesgo que le ayudes a resolver las claves de mi vida, ¿has venido entonces a contestarle, o ha de darse por satisfecha con que la versión fantasmal y filosófica de mi madre me ayude a vestir la cama?

viernes, 26 de marzo de 2010

De cómo y cuándo supe el porqué (II). La madre



De pronto se abre la puerta de la habitación, es la mujer de Juan: Eva.

EVA.- ¡Vamos, que es muy tarde y la casa parece una cuadra! Dice mientras abre el ropero, coge una falda y una camisa, y se vuelve a marchar.

Juan se incorpora de la cama con una parsimonia casi regresiva y, como en una estampida de búfalos cafres, parte de él escapa despavorido, en todos los estados posibles de la materia, a pie de váter.

JUAN.- (pensando en voz alta mientras orina) Ahí está, la culpable de esta lamentable situación milenaria, descendiente directa de la antojadiza Eva, hasta ha heredado su nombre. Incluso se permite el lujo de bromear recordando que la maldición continua: “la casa parece una cuadra”. Lejos de pesarle parece que lo asume con normalidad y diligencia. ¿Cómo podrá olvidar que odia, igual que yo, cada una de estas penitencias domésticas? ¿De dónde sacará ese ardor de guerrero mono neuronal que le ayuda a sobrellevar con dignidad esta condena? Se supone que he de seguir con resignación el luctuoso rastro que ha dejado. Iré haciendo la cama, quien empieza puede elegir tortura.

Mientras está haciendo la cama entra en la habitación su madre, que murió hace un par de años, en clara disposición a ayudarle a vestir la cama, ante la lógica perplejidad de Juan.

JUAN.- ¡Mamá! ¿Pero que haces aquí? Yo te vi, estabas muerta, te enterramos, no deberías estar en mi cuarto. Conmigo. Ahora.

MAMÁ.- Pregúntaselo a tu conciencia, ella me ha requerido suplicándome desesperada unas migajas de cordura.

JUAN.- ¿Seguro que eres mi madre? Ella jamás trataría irónicamente el hecho de materializarse en un ser de ultratumba. De hecho, no recuerdo que utilizara nunca la ironía. Es más, cuando me ayudaba, siempre era pura e incondicionalmente, sin motivos metafísicos.

lunes, 8 de marzo de 2010

La increíble hormiga pensante (VIII). Fin



La mariquita se apresuró a descender de la hoja para auxiliarla —quizá había encontrado en este tipo de misiones altruistas la verdadera razón con la que contribuir a una relación entre insectos más armónica, demostrando a su vez que no tenían por qué regirse, debido a una especie de designio supremo, por la voluntad de sus salvajes y retrógrados instintos— con el infortunio de resbalar al emprender su bajada por el tallo, y precipitarse violentamente al suelo antes de que tuviese tiempo de desplegar sus alas. Las dos se quedaron mirándose con sus patas hacia el cielo, derrotadas por su destino, como si reflexionar no fuese realmente determinante para la supervivencia en sus circunstancias. Entendieron al unísono y en silencio que, seguramente, el hecho más determinante para demostrar hasta que punto eran los animales más inteligentes de la tierra, sería no tener que justificárselo a nadie, y muchos menos intentar que lo entiendan o lo compartan. Así que se sentaron una apoyada en la otra. Pensando cuál sería el lugar idóneo donde disfrutar juntas del resto de sus eruditas vidas, puede que algo solas, pero nunca mal acompañadas, ni tediosas.

jueves, 4 de marzo de 2010

De cómo y cuándo supe el porqué

Primer acto

Juan se incorpora en la cama sudando, bostezando y desperezándose, mira el reloj de pared y el calendario para comprobar que son las once de la mañana de un sábado cualquiera. Sentado en la cama, orinándose con saña, muy a su pesar, comienza a pensar.

Juan.- (sentado en la cama) Si una multitud cualquiera me estuviese observando, seguro que más de uno ya me habría juzgado por ser casi mediodía y estar aún en la cama. Qué envidia dirían algunos y, que pérdida de tiempo, otros. Incluso habría quienes verían en mí una persona incapaz de cometer ningún pecado capital más porque la pereza me lo impediría. Y no es que me importe lo que piense nadie, aunque si me importase no lo reconocería jamás ante tanto extraño: potenciales perturbados en busca de carroña. Pero me parece de un mal gusto mayúsculo que apenas abrir los ojos ya haya personas dispuestas a juzgarme, sin conocerme ni tan siquiera de haber cruzado unos buenos días.
Bueno, no empecemos tan neurótico. Quiero disfrutar de este momento, es mi primer día de descanso, el primero de un total de dos. ¡Vaya, dos días! Amaneces eufórico y te acuestas arropado por una inexorable cuenta atrás repitiendo: mañana es el último día, he de aprovecharlo como sea, como sea —que angustia joder—.
Sabiendo como sabemos que el trabajo fue un castigo divino, y seguimos venerándolo como si vivir sin trabajar fuese antinatural, o sobrenatural en el mejor de los casos. Yo quiero una cruz o un Edén. En este momento necesito un paraíso aunque para ello tenga que redimirme de toda mi vida.

jueves, 18 de febrero de 2010

Pablo. La expectativa



Aún no había pasado la cuarentena cuando los padres de Pablo Ruiz ya se esforzaban denodadamente por atisbar en él el más sutil de los rasgos que evidenciara que —a poco que la evolución acertase en combinar la genética de sus respectivas cualidades— la selección natural había logrado adaptarse definitivamente a las exigencias de estos tiempos a través de su hijo, dotando de una aplastante relevancia al avance psíquico en detrimento de la fuerza bruta.
El padre se devanaba la intuición intentando adivinar en Pablo todos los rasgos que en él se habían desaprovechado por no haber tenido la posibilidad de potenciarlos adecuadamente.
La madre se conformaba, como si fuese un derecho lógico, con que su vástago se convirtiera en una persona de provecho: responsable, respetado y, por qué no, con sus mismos valores y principios. El culmen sería que compartieran gustos, preferencias, debilidades…
El progenitor lo dormía con el Ave María de Schubert, o el claro de luna. Le recitaba a Lorca, Juan Ramón o Cernuda, intentando extinguir su llanto con míticas metáforas andaluzas…

martes, 9 de febrero de 2010

La historia más triste de la historia (XXXVII). Carlos



“Poemas de amor terminales”, habrá que negociar un nuevo título —se dijo como temiendo que no fuese comercialmente de lo más apropiado—

Y qué más da que sea o no
causa de nuestro demérito,
o del resto.
Somos exactamente lo que
no estamos siendo, ni fuimos
algo más que ideas difuminándose.
El tiempo es una incógnita
que siempre nos resuelve en
incertidumbre, o conato yermo.
Aún así te esperaré de regreso,
para que vuelvas a tropezar en
la piedra que soñamos cuando
se baten las caderas en los
efímeros rincones donde somos.

Había algo en aquellas palabras que la sobrecogían. Quizá sólo se tratase de una coincidencia emocional pero, para ella, en aquel momento, era motivo más que suficiente para hacer una modesta apuesta por aquel autor.
Mientras la abría llamó a la puerta, era Carlos, un editor colega de María con la suficiente confianza para hacerlo, y aún así, muy inferior a la que pretendía constantemente. Ella le entregó el original del poemario invitándolo a que leyese algunos versos. Él buscó —haciendo pasar rápidamente las hojas y aprovechando ese lapso para pasar revista a sus piernas— uno de los más breves, coincidiendo con el que María había acabado de leer.
Carlos era culto. Consciente de ello. Dispuesto siempre a batirse en duelo blandiendo orgulloso sus conocimientos. Embarcado en una permanente cruzada personal en contra de la simpleza y la vulgaridad que invadían su tiempo. María se preguntaba hasta qué punto la cultura de Carlos era un hecho inevitable consecuencia de su placer por la lectura, o un denodado interés por ser un respetado y admirado intelectual. Como el que estudia una carrera por conveniencia, relevancia, o mayor interés, renunciando en gran medida al desarrollo de sus verdaderas inquietudes.

jueves, 28 de enero de 2010

Pablo (El milagro)


Te lo diré una vez más, o dos,
o cien, o mil veces ciento tres
sin tener en cuenta la anterior.
No me cansa ser el yo permanente
inquilino del deseo que te inspire,
siendo la verdad de amarte el
único sacrificio que debo ofrecerte
para que sigas siendo luz de alba,
calor de abrazo, suicidio de saliva.

Ahora has muerto sin mí.
Ya vives en lo eterno conmigo.
Y pueblas hasta el infinito
con lo que me propagas inmenso.
En tu plenitud el mundo ríe
y llora, nace y muere, sufre y goza
a la vez, hasta entendernos utopía.
Ahora, tú y yo, somos milagro
.


lunes, 18 de enero de 2010

Inefable



Silencio por
paciencia ofrezco.
Inefable por qué .
Interesados contacten con nadie.
Clave será lo que no hagan.
Dejen nada como todo.
Puede que no compense.
Sea o no, gracias.
Mañana seremos tres.

lunes, 11 de enero de 2010

A partir de ti



A partir de ti las sombras dejaron de
merodear el aire posándose en el
suelo y en las paredes en penumbra.
Allí donde es normal que ensayen
nuestra muerte sin que lo intuyamos.

A partir de ti entendí que también
la ausencia alberga placeres, que
la luz podía oírse evocando tu
sonrisa, y que la música se veía en
el eco de tu cuerpo abarcándome.

A partir de ti me vi reconociendo cada
viento al tacto, cada agua por su aroma,
cada vello, cada escama por su huella.
Hasta la distancia tiene tu sabor a
absoluto y efímero a cada suspiro.

A partir de ti eclosioné en quizás,
en tal vez, y todo obtuvo ante mí el
color que te mereces, la posibilidad
de existir y de ser alcanzado.

A partir de ti doy gracias por ser
quien soy y no importarme en
absoluto si alguna vez te he merecido.

jueves, 7 de enero de 2010

La historia más triste de la historia (XXXVI). La ducha



Sin embargo la nota decía lo que todo el mundo que conociese su historia habría imaginado. Tener su promesa de que la llamaría era lo único que hizo que Milagros afrontase aquel día sin desear, cada segundo, que jamás hubiese llegado. Me vendrá bien una ducha caliente —se dijo mirándose al espejo y convenciéndose de que aún podía condicionar en algo su destino—. Mientras el agua humeante recorría su cuerpo recordó, como si le estuviese sucediendo en ese momento, cada entusiasmo compartido con los que María la devolvió al optimismo. Quiso atrapar esa sensación para siempre reteniendo con sus muslos el agua, con su flujo la impregnó de una cadencia evocadora. Su cuello perdió todo rigor; sus ojos se comunicaban con quien sabe qué dioses; su voz fue haciéndose lánguida y mártir; toda ella comprometida a que jamás pudiera olvidar esa dimensión que se erigía cuando María y ella rivalizaban sonrisas. Finalmente sus dedos abrieron un honda camino para que el agua la tejiese en todas direcciones, y un canto de belleza asfixiada confirmó la comunión entre todo lo que en ella fluye, y el espejismo de aquellos días.

Una semana antes de llegar a la estación central con el objetivo de hacer todo lo contrario, María valoraba en su oficina la posibilidad de publicar el poemario de un autor novel cuyos versos, lejos de de ser un alarde de conocimientos y clarividencia, sí poseían una singular sensibilidad y una valentía que le pareció gratamente perturbadora...

lunes, 4 de enero de 2010

El bosque (X). El sauce y el perro



Fue la primera vez que pensó si habría realmente una forma de salir de allí manteniéndose cuerda. Nada era del todo real ni ficticio. Todo lo que en un principio parecía razonable terminaba siendo ambiguo y esquivo a la verdad. Ni siquiera pudo concretar si el sauce donde estaba era un socorrido refugio o una cárcel de hojas donde los estorninos la reservaban con maléficas intenciones. Un hocico negro y húmedo se asomó entre las ramas. Ella se asustó pero, cuando observó la cabeza completa del perro, recobró la respiración ante la certeza de conocerlo. Baco —le gritó alegrándose de un reencuentro tan inesperado—. El perro se acercó a ella moviendo todo su cuerpo en señal de alegría, la lamió de arriba a abajo; la rodeó infinidad de veces; se refregó hasta cubrirla de pelos; gimió como dándole gracias por su existencia. Los dos terminaron abrazados rivalizando en complaciencia y agradecimientos. A estas alturas Eva no tenía la más mínima intención de preguntarse cómo era posible que el perro de su padre —muertos los dos hacía diez años cuando éste decidió abandonarla suicidándose, y su perro se arrojó tras él por el puente creyendo que tendría el tiempo y las alas suficientes para salvarle— apareciera precisamente por allí, después de llevar muerto tantos años. Si aquel lugar era capaz de engendrar tantas situaciones amenazantes, por qué no podía compensarse algo la balanza con la llegada de su añorado perro. Ella salío de la copa del sauce corriendo, provocando que la persiguiera como antaño, como si nada malo pudiera pasarle acompañada de su Pastor Belga Groenendael.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Resumen del año 2009

Este es un pequeño resumen de lo más destacado que os he contado desde el Fin De Los Tiempos durante el, ya agonizante, año 2009. Aquí podrán leer los relatos íntegros, así como los últimos poemas. Os espero el próximo año en este humilde espacio, mi oasis particular en medio del apocalipsis.

-La inspiración (4 capítulos)

-La increíble hormiga pensante (7 capítulos)

-La historia más triste de la historia (35 capítulos)

-El bosque (9 capítulos)

-Poemas


Todo ello amenizado con el “Amor brujo” del Gaditano Manuel de Falla. Interpretado por Daniel Barenboim y la Chicago Symphony Orchestra. Espero poder seguir disfrutando de vuestra compañía.




                                                                                                              

lunes, 28 de diciembre de 2009

La increíble hormiga pensante (VII). La colonia



Un sonido familiar despertó a la hormiga, era su colonia volviendo al hormiguero. La mayoría maltrechas y debilitadas por el frío, una a una iban cayendo extenuadas a pocos metros de la salvación. Se quedó boquiabierta contemplando el macabro espectáculo. Se preguntaba qué experiencia le había podido causar tantos estragos a su, hasta hoy, invencible ejército. Dedujo entonces que quedar atrapada en una piedra no era lo peor que te podía ocurrir en una noche como la pasada. Quizá hasta tuvo suerte. Tal vez estaba predestinada a sobrevivir para liderar a los supervivientes de su especie. La Mariquita se interpuso en su intención de bajar de la hoja para socorrer a sus hermanas. —Tienes razón Marisiete, por mucho que me afane no lograría hacerme entender. Antes de ayudarlas tendré que pensar la forma de hacerlas razonar, de provocar en ellas la curiosidad de aprender y comunicarse—. La mariquita se quedó mirándola e hizo repetidamente un gesto de negación con la cabeza. —¿No crees que puedan llegar a pensar igual que yo, o piensas que no sería una buena idea que lo lograsen? Ya sé, temes que millones de hormigas asesinas e inteligentes puedan alterar trágicamente todo nuestro maravilloso ecosistema. No sé, puede que tengas razón, de momento no intervendré, dejaré que todo siga su cauce natural, aunque eso sea como reconocer que me estoy convirtiendo en un ser sobrenatural y potencialmente peligroso para el resto de animales—.
Al apartarse de su amiga, cabizbaja, se situó tan cerca del filo de la hoja que ésta se tambaleó haciendo que la siafu saliera despedida cayendo de cabeza sobre un hongo, y después de robotar en éste, definitivamente aterrizó con su espalda sobre la tierra...

lunes, 21 de diciembre de 2009

Feliz año nuevo desde Andalucía

Como viene siendo habitual en El Fin De Los Tiempos, por estas fechas, para unos entrañables, tristes para otros, e indiferentes para el resto, me valgo del maestro Paco de Lucía para desearos un nuevo año lleno de inspiración, solidaridad, y respeto a nuestro planeta. Soy andaluz, no somos más altos ni más listos que el resto del mundo pero, una cierta forma de vivir y de entender el arte si nos caracteriza. He aquí un andaluz en Alemania:



jueves, 17 de diciembre de 2009

La increíble hormiga pensante (VI). El festín



No sabía hasta que punto ella podría entenderla pero, con una efusividad inaudita en una hormiga, hermanando su antenas le agradeció su ayuda.
La mariquita pareció alegrarse, desplegó sus alas agitándolas en lo que parecía ser una señal de júbilo. Las dos estaban hambrientas aunque aquella resplandeciente y fría mañana invitara a miles de experiencias más interesantes. Así que decidieron dar una batida por un sembrado que según Marisiete estaba infectado de pulgones. En una sóla hoja de aquellas plantas había suficientes pulgones para alimentarse durante una semana. Comieron hasta saciar con creces su apetito, siguieron hasta que el placer de comer no les parecía merecedor del esfuerzo que requería, incluso acabaron con las reservas de su gula. Las dos se quedaron mirándose, el sol empezaba a calentar sus espaldas, fueron parpadeando cada vez más lentamente, como si las condiciones las condenaran a descansar un rato. Se ocultaron debajo de una hoja templada, cada una mirando hacia un lado para estar alerta ante cualquier peligro, unieron sus perfiles como en un acto de alianza inconcebible hasta entonces, y cerraron sus ojos con una tranquilidad de la que jamás habían disfrutado antes.
Quizá estemos siendo testigos de un paso evolutivo sin precedentes en la historia de la vida sobre este planeta. Nuestra humillada y esquilmada Tierra aún alberga fuerzas para continuar creando milagros, y sorprendernos desde nuestra propia miseria...

lunes, 14 de diciembre de 2009

Como ahora



Hace un tiempo injustificable
que no pienso como hacer para
merecerte sin que varíe un ápice
la forma en la que ahora me quieres.
Y mucho me temo que hoy,
mientras persistas en esa actitud de
considerar alimento mis veleidades,
no propiciarás las condiciones.
Y no podré evitar, como espero que
perdure, abandonarme a tu suerte
como recolectando sin sembrar cada
hazaña que tus manos me maduren.

jueves, 10 de diciembre de 2009

La historia más triste de la historia (XXXV). La nota



Como ya echaba de menos en ese ojalá, Milagros no tuvo precisamente una noche apacible. Se despertaba sobresaltada con el simple murmullo de los ácaros, como intuyendo un adiós de María sin beso o abrazo, ni siquiera con un desarraigado “hasta pronto”. Dejándolo todo entre ellas derramándose por un precipicio que comunicaba las sobras del cielo con el hambre del limbo. María no tenía pensado marcharse de aquel pueblo sin despedirse de Milagros pero, que estuviese profundamente dormida mientras ella se estaba vistiendo fue una tentación irreprimible, de la cual más tarde se justificó esgrimiendo, sin conseguir apenas engañarse, que después de toda una noche de sobresaltos —la onda expansiva de más de uno incluso la había alertado—, lo mejor que podía hacer era no despertarla, teniendo en cuenta que tampoco era para entregarle un regalo, precisamente. Así que recurrió a la socorrida nota dándole gracias por todo y donde le volvía a asegurar que tarde o temprano volverían a encontrarse.
Milagros abrió los ojos a las nueve de la mañana. Miró la cama deshabitada donde debería estar María y, con un atisbo de sonrisa, quizás una mueca, se lamentó de no haber podido evitarlo después de presumirlo y padecerlo toda la noche.
Se levantó a rastras, entró en el cuarto de baño y se detuvo como un pointer al ver una nota pegada en el espejo. Desde la distancia a la que se encontraba no podía leerla, por eso se permitió un leve oasis para imaginar lo maravilloso que sería que la nota dijera: “te espero en la cafetería, estoy ansiosa porque lleguemos a Los pecados de Cristo”...

lunes, 7 de diciembre de 2009

El bosque (IX). Los pájaros



Pero no poder renunciar a voluntad a ese privilegio hacía que, lenta pero inexorablemente, dejara de serlo. La dicha iba transformándose en alergia, el aire puro en un irritante gas, las piedrecillas se clavaban ahora en las suelas de sus zapatos como una penitencia cristiana. Y alguna que otra maldición se escapó con rabia de sus labios. Incluso estaba empezando a arrepentirse de haber tenido la dudosa gran idea —teniendo en cuenta que hacía muchos años que no se adentraba en aquel bosque— de sorprender a Gabriel en aquel lugar, y no haber esperado en la cabaña tranquilamente a que él regresara. Una gran bandada de pájaros oscuros levantaron su vuelo al unísono desde unos árboles eclipsando el cielo, la suma de sus graznidos era un sonido ensordecedor que sobrecogía. Eva se cubrió los oídos con sus manos mientras le caía una lluvia de escrementos. Empezó a correr pidiéndoles por favor que la dejaran en paz, creyendo realmente que la reacción de los estorninos era deliberadamente en su contra. Exhausta se cobijó bajo un sauce llorón, el ruido cesó de repente, aprovechó esa calma relativa para limpiarse un poco con unos pañuelos de papel. Apartó las ramas a modo de cortinas para ver cual era la situación de la bandada. Se habían alejado hasta desaparecer o estarían posados a la espera de que volviese a salir para continuar torturándola, se preguntaba recorriendo con la mirada encendida cada lugar sospechoso. Se sentó un momento para descansar, debía idear un plan por si volvían a perseguirla; quizá recogiendo unas piedras con las que asustarles lanzándoselas; tal vez si les grito haciendo aspavientos logre infundirles más miedo que ellos a mí; como última opción podría volver a ocultarme en otro árbol parecido a éste; incluso meterme en el río hasta que se largasen...

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