Poesías, relatos, cine, música... Un remanso en medio de este apocalipsis (grupo EFDLT)

Placer mutuo

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Moda poética (ediciones limitadas)

martes, 4 de enero de 2011

La Creación


Y el hombre bautizó con sangre de Cristo destilada el nuevo tiempo concedido. Tuvo a bien llamarlo de la forma prevista según la tradición de cada secta (2011, 5771, conejo, etc.). Lo colmó de pretenciosas y egocéntricas expectativas personalizadas. Pidió perdón por todos sus diabólicos antecedentes, para lo cual creó la iglesia, y se absolvió a sí mismo.


—El primer día quiso dejar claro que la luz era el camino redentor, y que la noche las tinieblas para el alma. Que la celebración de la noche anterior había sido el último alarde de despilfarro e insolidaridad permitido en el camino a la salvación pero, estaba tan agotado que lo dispuso todo para concederse una mínima tregua, que terminó convirtiéndose en la continuación diurna de los fastos conmemorativos perpetrados en las incipientes sombras del nuevo año. Así empezó el hombre a crear su nuevo destino. NEMA (así no sea)

                                                                             

martes, 28 de diciembre de 2010

Salud y Amor para el 2011 os deseamos desde EFDLT. Vicente Amigo

Como siempre, desde que siempre es el trayecto de este blog, en estas fechas tan especiales, o no, y desde el jardín principal del Apocalipsis, deseamos a todos los huéspedes de El Fin De los Tiempos (ya somos 34 en Facebook en un mes. No sé si es mucho pero, es más de lo que esperaba. De hecho, estoy acondicionando nuevas zonas para seguir acogiendo futuros profetas), y a todos los visitantes que lean esto, un fin de año pletórico y uno nuevo lleno de salud e inspiración.
Os dejo este vídeo de otro andaluz universal, el genial Vicente Amigo, con su tema “Tres notas para decir te quiero”. Cómo echo de menos decirlo así… Bueno, todo se tocará. Disfruten y, hasta siempre, cuando siempre es aquí.



jueves, 9 de diciembre de 2010

Adiós


Hasta el adiós más inquisitivo
alberga un quizás reminiscente y
otro utópico: dejar de sentir, de
recordar, de creer a conveniencia:
ideal evolutivo, como tus manos
cuando me aferran.
Abruptamente, con disonancias
ensordecedoras pero, aun así,
nadie diría, leyendo este adiós
casi epitafio; este diario apócrifo,
que me amas, que os amo:
sin reservas ni medida, sin saber
gestionarlo, como tus manos cuando
me
alejan.

jueves, 18 de noviembre de 2010

La ira, el último vestigio de la esperanza (V). Isabel y yo



—Ahora recuerdo. Fue un pacto que hicimos para validar todas las ocasiones en las que terminábamos en la cama consolándonos mutuamente por no estar, en ese mismo momento, retozando con otro u otra. Es más, creo que se fraguó en aquella fiesta… En concreto, en el dormitorio de aquel pintor que la organizaba. Sí, eso es, después de que vieras a tu ex dejando que aquella rubia inabarcable le hiciera el boca a boca por si acaso se ahogaba, más tarde, en la piscina.

¡Pero pasa mujer! Perdona el desorden pero el zafarrancho de limpieza lo hago los…¿Hoy que día es?, sábado, los domingos, siempre limpio los domingos, desde que tengo uso de razón. Una lástima que después de tanto tiempo hayas aparecido por mi castillo el día más sucio y desordenado de la semana.
—No te preocupes, no trabajo para sanidad, además, yo también limpio justo un día después de las visitas inesperadas. En serio, siempre nos ha unido cierta tendencia a la tragedia y a la flagelación ante los desengaños…
—No me dirás que también acabas de separarte…
—Me temo que sí.
—Definitivamente, la vida para cierto tipo de personas es una macabra espiral de desdichas y de placeres efímeros, como la zanahoria para el burro, un reclamo que alguien utiliza para seguir riéndose de nosotros.
—No he venido para terminar de hundirme de tu mano, más bien todo lo contrario. ¿Si quieres me voy ahora mismo?
—No, por favor, no me malinterpretes. Que me ría de nuestra relación y reconozca que, al menos, mi situación es patética, no significa que no me alegre de verte, que, ahora que estás aquí, no necesite oír tu voz, y que me escuches. Eres luz, no sé de donde brotas ni hacia donde iluminas, pero no quiero que te vayas. Hablemos. Y si me permites elegir, quiero que hablemos de mañana, de hoy cuando amanezca, de haciendo qué, te gustaría que te sorprendiera el sol, y yo, si no es condicionar demasiado tu imaginación.
                                                                                                                                                     
                                                            

viernes, 29 de octubre de 2010

EL MATRIX VERDADERO


¿Cuántos de ustedes han barajado la posibilidad de estar bajo los efectos de la hipnosis. Sobre todo cuando van en el coche, a una hora indecente de la mañana, bostezando, maldiciendo su suerte, camino a un trabajo que los sodomiza?

Pues bien, pueden estar seguros de que, a veces, lo están, lo estamos. Hasta el punto de no reconocerlo jamás.
¿Somos Neos de carne y hueso, en un estado de semiinconsciencia inducido? Si no puede ser una Tríniti, que me conteste, al menos, algún misericordioso Morfeo. Quiero que me devuelvan la vida que nunca he tenido.
                                                                  

viernes, 22 de octubre de 2010

Aún


Confié. Incluso, de alguna manera injustificable,
aún sigo esperando que todo lo que nos condiciona
gire
precipitadamente sin causa ni mérito y nos avive
en una casualidad maravillosa.
Cada vez está más lejos la posibilidad de comenzar;
de ser lo que seríamos idóneamente combinados;
de gritar como locos porque locos seamos por
convencimiento;
de sentirnos dignos herederos de lo soñado; de
admirarnos desnudos a las afueras del tiempo;
de acometernos improvisándonos;
de no tener que pensar esto;
de llegar a alguna parte cierta;
de ser axiomas de dioses nihilistas;
de sorprendernos, al fin, reconociéndonos.

miércoles, 13 de octubre de 2010

La ira, el último vestigio de la esperanza (IV). Isabel


Por su vasta experiencia sabía que los resultados de las dos alternativas eran igual de impredecibles a priori. Decidió optar por una sobredosis de paracetamol. El proceso, debido a que le hacía más efecto si permanecía algún tiempo de pie, se había convertido en todo un ceremonial: situó el ordenador sobre el microondas de la cocina, se lanzó a la boca el adoquín de droga con rabia de dependiente insumiso, de una botella de agua mineral llenada del grifo tomó un trago que no fue suficiente para que la pastilla no le arañara la garganta dejándole un amargor conmemorativo y cruel. Lo único que aún conservaba con cierto celo eran sus escritos que, aunque abandonados desde el Pleistoceno, se encontraban a buen recaudo en varios discos duros. Hizo algunos leves ejercicios de estiramiento con la espalda y el cuello mientras arrancaba el ordenador.



Mientras abría uno de sus relatos inacabados alguien golpeó repetidamente la puerta. No sólo era extraño que lo hicieran a las tres de la madrugada, últimamente nadie lo buscaba ni siquiera de día. No sabía si abrir inmediatamente, esperar a que volviese a llamar, asomarse por la ventana y ver quién era, o quedarse inmóvil esperando a que se fuese. Finalmente abrió la puerta después de preguntar: ¿quién es? Alguien contestó: —Soy yo, Víctor, ábreme por favor—.Una respuesta no muy lúcida que sólo le ayudo a saber la condición sexual del llamador, pero que fuera una mujer le insufló el valor que le faltaba para abrir.


—¿Isabel? Pero… ¿Qué haces aquí a estas horas? ¡Ha pasado tanto tiempo…!


—Hola Víctor, ¿cómo estás?, ya veo que no muy bien. Pues… Al enterarme de que te habías separado recordé aquel acuerdo de auxilio mutuo que pactamos para toda la eternidad. Creo que decía algo así como que, pasara lo que pasase, solteros o cohabitando contra alguien, en la opulencia o en la inopia de la manada, en la salud o en la droga, nada podrá impedir que nos perjudiquemos con nuestros consejos, y nuestra ternura enlatada.

jueves, 30 de septiembre de 2010

La historia más triste de la historia (XLV). La discusión


Un silencio sepulcral se hizo fuerte en la habitación. Él se debatía entre la indignación y la pena, ella desde el desahogo hasta la otra cara de esa misma pena.

—Si realmente te molesta todo eso de mí, ¿por qué has esperado precisamente a este momento para reprochármelo?
—Porque creo que no sería justo que empezáramos algo que rematara estallándonos antes de parecerse lo más mínimo a lo que esperamos. Nadie es perfecto, yo soy el mejor ejemplo de ello pero, aún así, hay atolladeros tan recurrentes que nunca dejan decantarse del todo la balanza hacia el lado en que todo acaba compensándonos manifiestamente.
—En definitiva, me estás diciendo que mi egocentrismo terminará, tarde o temprano, por dinamitar cualquier intento que hagamos por perdurar en lo que nos une.
—También pienso que en verdad no eres así. Que en tu afán por ser una persona ilustrada y reconocida, te has contagiado, como casi todos, con la deshumanización de la petulancia y el despotismo.
—Bien, recapitulemos, entonces sabes como estoy siendo y como soy en realidad. Me encantaría descubrirme en tus palabras, por favor, muéstrame a mí mismo, cuéntame.
Y si además puedes vaticinar como seré en un futuro te estaré eternamente agradecido. Sólo tendré que seguir el guión que me marques. El libre albedrío para el resto de la patética humanidad.
—En el colmo de mi clarividencia también sabía que ibas a reaccionar así. Y que lo nuestro tomaría un rumbo insospechado.
—¿Insospechado dices? Seguro que posees la hipótesis correcta. Todo esto está tomando un cariz sádico. Como un macabro juego premeditado. ¿Llegaste a ver Saw?

                                                

miércoles, 22 de septiembre de 2010

De...


De levitar sobre la noche como
un colibrí extasiado de néctares,
terminé reptando por días desérticos
—después de resecarnos otorgando
relevancia a todo lo asignado—,
blanco idóneo para tormentas de
espectrales imágenes sublevadas.
de soñar con la realidad que era,
pleno por la inercia de su influjo,
caí abatido por la inoperancia de
un tiempo inimaginable que se cernía
sobre el brote de cada expectativa.


Gravitar absorto en la órbita de su
silencio no fue una maldición
predecible, ni se la deseo a nadie,
no por humanidad, más bien por
viles celos: la posibilidad de perder
lo muerto cuando es lo único que
queda vivo en una memoria ruinosa…


¡Se me oxidaron tantos te quiero!
Una responsabilidad abrumadora para un
misántropo que, aun reconociendo que
su ausencia fue un demérito injustificable,
se consuela imaginando que lo entiendes,
que sabes que lo siento, intensamente,
en sus dos acepciones, hasta siempre.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Sería tan fácil


Sería tan fácil que ahora
estuviese aquí, como si la noche
no pudiera hacer nada mejor para
perdurar íntima a la luz.
Que ante la soledad todo lo
idóneo se movilizara para
remediarla; y se invocara a
la armonía que existe cuando
me hablas en la estela de un beso,
para que no cesara jamás de encontrarse.
Sería tan viable que en este exacto
momento fuésemos exactamente
lo que deseamos, y si fuese ser ambos,
que eso fuera una obligación ineludible.
Pero mi sombra me abandonó a solas;
pero el alba no me reveló aún en tu aroma;
pero…, siempre habita un pero
coagulando nuestro fluir de sangre virgen.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Seré tarde


Maldita proporción esta que
equipara, sin invertirse jamás, en mí,
el grado en que te adolezco con la
luctuosa revelación de que transito
—como amaurobius— por el
viacrucis de sus secuelas.
Comienzo entonces desabrigado la
huida:
horado el tiempo en busca de no
tener que compadecerme, ni de
imaginar la belleza que dilapidé
mientras tejías a mi margen.
Por el aire donde pretendas prenderme
siempre me hará volar, de regreso, el
arrepentimiento.
Demasiado abatido para cautivar,
apenas, de presa.
Lamentablemente, sólo sé ser el que
debería haber sido mucho antes.


                                                                 

lunes, 16 de agosto de 2010

La historia más triste de la historia (XLIV). El reproche


—Hay algo que…
—Perdona, ¿cómo dices?
—No... Que podíamos encargar un almuerzo ligero: ensalada, zumos, frutas, para compensar los excesos de la noche anterior —Titubeó María como si la mayoría de sus neuronas estuviesen enfrascadas en un razonamiento más elevado e importante—.
—Me parece genial pero, por el tono diría que esa primera frase reprimida tuya tenía visos de convertirse en nuestro primer reproche.


María, tras unos segundos de clarividente silencio, decidió que no podía avanzar en falso una vez más, como si se tratase de una relación basada exclusivamente en expectativas. Sería sincera desde la primera oportunidad, o sea, ahora.


—No es un reproche, tan sólo quiero que sepas que considero de muy mal gusto que te justifiques constantemente desacreditando a otras personas, cuando menoscabas a discreción no puedo atisbar en ti el mínimo asomo de humanidad.
—¿Algo más? —dijo Carlos con un tono retenido pero que reclamaba con urgencia su derecho a réplica—
—Pues sí. Además, el abuso que siempre haces al utilizar sin medida citas históricas o bibliográficas con las que argumentar tus juicios u opiniones, te aseguro que puede llegar a exasperar a los mejores contertulios. Si al menos obviaras su procedencia no daría la impresión que lo haces, fundamentalmente, para jactarte en la diferencia de ilustración.


La segunda argumentación de María fue cambiando la expresión de su compañero, que pasó de estimulado y firme, a sorprendido e irresoluto...

                                                                

viernes, 6 de agosto de 2010

El cuánto y el porqué


Abandonemos la realidad en la que
nos contiene esta pesadilla.
¿Qué deberíamos hacer, deshacer,
dejar de hacer, pensar u olvidar para
mantenernos, a pesar de pretender darnos
sentido, sintiéndonos así —como éramos—:
sin desvanecer
un ápice dentro de la lógica aplastante
de un despertador, o un ansiolítico.
La noche, la que nos inmunizaba ante
las horas negras donde seríamos hoy,
reverbera ahora sombras sin tiempo,
y se enreda en los pulmones hasta
hacernos respirar tristezas que se dan la espalda.
¿Para qué retroceder pudiendo ser más y
mejores ahora? Dime, ¿por qué nos descubrimos
como seremos sin el otro?: seres clonados
con aires de filósofos paranoides abocados a
engrosar una facción profética con ánimo de lucro.
¿Cuál es el límite donde las palabras y
el silencio comienzan la metástasis de sus
más oscuras acepciones?
Quizá esta cismática duda active algún mecanismo
evolutivo porque, de no ser así:
¡¿qué demonios hacen el cuánto y el por qué
ensombreciendo toda confesión, cada promesa,
aún vigentes, vitales!?
La lógica que nos rige,
ajena a nuestra insignificancia y fugacidad,
ratificada por esta tarda revelación,
nos utiliza como paradigma de creación
paradójica, aspirante a patética,
ante el resto del universo.
y tú, ajena a ser debacle, quizá
aún puedas salvarnos:
sonríe,
como cuando nada tenía antecedentes.
¡Aleluya hermanos, alelulla!

viernes, 23 de julio de 2010

La historia más triste de la historia (XLIII). La nueva relación


Carlos entreabrió los ojos, parpadeó imitando la adaptación de sus pupilas a la luz, se miraron unos segundos atentamente. Sonrieron tiernamente. Ambos se resistían a inaugurar esta incipiente historia. Hay tantos tipos de relaciones sentimentales como grados de compromiso. La suya, inopinada en extremo, contenía una ingente cantidad de posibilidades. Lo único seguro era que los dos estarían dispuestos a empezar lo más cercano a la postura del otro, lo que evidenciaba la predisposición de ambos por comenzar de la mano.

—Buenos días, mi lozana andaluza —le dijo mientras extendía el brazo y desplegaba su mano recorriendo la mitad de la distancia que los separaba e invitándola a hacer lo mismo.
—Buenas tardes, bello durmiente. —contestó, y aceptando el llamamiento de su sangre amerizó en su mano acariciándole antes el entregado dorso de su antebrazo—.
—Prométeme que no te difuminarás en el lapso de un bostezo.
—Por ahora no es mi intención.
—¿Por ahora?
—Por ahora alberga para siempre.
—Pero no viceversa.
—Hace mucho tiempo que no utilizo siempre. Además, no me apetece profundizar más en el tema. Me gustaría comer algo en la terraza, contigo, claro, y no pensar en el más allá que es el futuro, ni en el peso atómico de cada palabra.
—Perdóname si te he agobiado, es una deformación heredada de mi trato con tantos necios arrogantes que cree ser los albaceas del saber.

miércoles, 14 de julio de 2010

La ira, el último vestigio de la esperanza (III). Dormir


como si toda experiencia maravillosa que se pudriera por la raíz sin terminar de desarrollarse plenamente fuese sobreseída para el resto de uno, cuando el resto es un inmenso agujero negro desde la perspectiva de una nave abandonada a su influjo de acantilado. Llega incluso a considerar como opciones igual de interesantes, ante la inminente victoria del sueño, tanto la posibilidad de despertar con una voluntad renovada e inquebrantable, como la de no hacerlo nunca más. A las tres de la madrugada despierta con un agudo dolor de cervicales, se incorpora intentando mitigar el malestar masajeándose la nuca, se levanta bastante aturdido tratando de llegar al dormitorio y tropezando con todos los muebles posibles en el camino. En cuanto presiente la cama se desploma sobre ella, enciende la luz, activa la alarma del despertador, la del teléfono móvil y la del reloj de pulsera —lo último que desea es encontrar la razón de por qué cada noche se tortura con esa forma de servidumbre tan mesurable, así que casi no lo hace—. El dolor de cabeza no lo deja conciliar el sueño, cambia de posición iracundo pensando en cómo afrontaría esa situación una persona que en sus mismas circunstancias aún fuera optimista. De hecho, conocía a más de una que estando en condiciones mucho más lamentables que las suyas, daban gracias cada mañana por el simple hecho de amanecer con posibilidades, como si la vida fuese un regalo y no una imposición. ¿Qué íncubo gen estaba sodomizando a su instinto de supervivencia? ¿O quizá todo se debía a inconfesables traumas de la infancia, a los cuales no tenía el placer de recordar? Demasiadas incógnitas para una capacidad de raciocinio tan mermada. Llegó a una conclusión simple y no por ello fútil: tenía dos opciones: podía esperar a que, en una de las posiciones que tomara, el dolor de cabeza remitiese, o bien tendría que levantarse para tomar un analgésico.

viernes, 2 de julio de 2010

La historia más triste de la historia (XLII). La nueva relación


Quería despertarlo pero, no tener la menor idea de cuál sería su reacción después de una noche tan apasionada como compartida, era algo que la perturbaba más a medida que sus neuronas interaccionaban. Por un momento le rondó la idea de vestirse en el aire y volver a casa sola pero, le costaría tres vidas encontrar una explicación coherente para tal acto todavía incalificable. Se levantó con sumo cuidado, como si huyera por una nube que se deshace al alba. Entró en el cuarto de baño, se refrescó la cara profusamente invitando a sus ideas a fluir por la corriente, fue inútil. Decidió ducharse abandonándose a la imposibilidad de prever su destino, por muy inmediato y concreto que éste fuese. El sonido del agua cayendo sobre el silencio de María despertó a Carlos. Sin voluntad alguna, como si fuese una función vital involuntaria, lo primero que recordó en su estrenada consciencia era el cuerpo desnudo de María haciendo un ángulo perfecto aferrado al suyo. Contoneándose frenéticamente conteniéndolo como una diosa en pleno alarde de poder y veleidad. Él también se encontraba atenazado. Su nueva relación era como la llama de un papel: tan breve como intensa, tan reciente como lejana después de la frontera de lo improbable. Definitivamente optó por la acción menos traumática: seguiría en la cama hasta que ella volviera. Avalado por la imprecisión del despertar la abrazaría levemente y le daría los buenos días acariciando con sus labios su frente húmeda. El sonido del agua desalojándola cesó. Él la esperaba de espaldas a la puerta del baño para evitar el reto que supone un intercambio de miradas. Diez minutos después salió vestida, despacio, con el cabello aún goteando, se sentó en su lado de la cama mirando fijamente a nada, resignada a dejarse llevar por sus instintos. Se recostó, ladeo su cabeza hacia su compañero como entregándose a la incertidumbre de aquel expectante presente.

jueves, 24 de junio de 2010

Te quiero

Lo hago —¿No sé si podríamos asumir cuánto?—,
aunque tratar de transcribirlo sería
aún más frustrante que confesártelo.
Tanto, que mucho me temo que,
pretender revelar el por qué
conllevaría reconocer la infinitud
existente entre la voluntad de ser
amado, y serlo.
Así que sólo aspiro a promover
tu fe en los milagros para que, apelando
a cierta predisposición de lo divino al sacrificio,
puedas presagiarlo padeciéndome.

viernes, 18 de junio de 2010

La ira, el último vestigio de la esperanza (II)

 
Decide echar los cacahuetes, almendras y avellanas dentro del botellín de cerveza, a modo de cubitos de hielo que, de nuevo, se olvidó de preparar. Su decadencia está a punto de ceder el sitio a la desesperación cuando, por una falta de previsión imperdonable, los frutos secos obstruyen en el cuello de la botella la impetuosa salida de la cerveza hacia su alquitranada boca, y la miseria que logra esquivar el dique lo hace, si cabe, aún más caliente y con sabor a rancio. Con una decisión de apariencia irreprimible hizo el ademán de tirar el botellín de cerveza contra la parte de la casa donde pudiese ocasionar más daño —un comportamiento muy común que intenta, hundiéndose voluntariamente aún más en la mierda, despertar la compasión de los ajenos y el arrepentimiento de los seres queridos, por la influencia con la que hayan podido contribuir a su infortunio. Al final tuvo los segundos suficientes para darse cuenta de que estaba sólo, y que la auto compasión constante ya era suficientemente denigrante para infundir la compasión de algún ser superior, sin tener que recoger, encima, todo el destrozo que provocaría estrellando su pena en la fragilidad de su entorno.
Recostado en el sofá, haciendo todo lo posible para no pensar en nada que le concierna y además le importe, logra detener su atención en un documental sobre células madre. Se pregunta qué sentido tiene querer alargar una vida de la que desperdicia la mayoría del tiempo. Y si mañana, por agradables circunstancias, no pensara así, por qué esa posibilidad de la que ha disfrutado varias veces, y padecido después, no le influye ahora ni un ápice.

miércoles, 9 de junio de 2010

La ira, el último vestigio de la esperanza



Una vez más, después de abrir la puerta de su casa —como cada tarde al regresar del trabajo—, Víctor no baraja la posibilidad de renunciar a cruzar el umbral. Supongo que, si algún día su subconsciente tuviese a bien aconsejarle, con esa forma subliminal ascendiente a cobarde que acostumbra, una medida drástica para combatir su lineal existencia, no sería justo pasada la peor parte de la jornada —aunque fuese precisamente en esa fase del día cuando más justificado sería deparar en tal oportunidad— : cuando el guerrero del asfalto termina su batalla contra el resto de su propio ejército y se dispone a consumir su dosis de entretenimiento y a desahogarse con una sarta de improperios hacia toda clase de seres y objetos, todo ello para justificar su mala suerte. Asqueado de todo y de todos —incluido él mismo y el que presumía que iría siendo—, lanza las llaves sobre una especie de gran plato romano —estilo elegido por su ex mujer para decorar todo el salón, uno de los aseos, donde finalmente se detuvo gracias a la falta de presupuesto. Esa fue la única vez que Víctor se alegró de su insolvencia—, por el que apenas rozan, aterrizando sobre la sufrida mesa central, haciéndole una nueva mueca con la que se va tallando la imagen perfecta de su frustración. Sin apetito y sin sed abre el frigorífico, se queda mirando fijamente a lo que diez mil años antes serían sus presas. Lo peor que puedes hacer cuando no sabes por qué has abierto un congelador es, preguntártelo. Así que cierra la puerta con un gesto de desgana. Mientras se dirige al sofá recuerda que sin ingerir nada casi no vale la pena seguir matándose fumando, así que da media vuelta y coge unos frutos secos congelados de la nevera y una cerveza tibia de un solitario anaquel de la alacena...

miércoles, 2 de junio de 2010

La fe


Ya sé que esta vida es, para quienes
ser, siempre es una expectativa incierta,
una evocadora espera de sombras añejas.
Sin embargo, cuando le cantas y sonríe,
lo meces sonriendo, me busca y sonreímos,
y al gesto y al sonido de una mueca
improvisada,
sonreís.
Todo queda supeditado al compás de la
efervescente ingravidez de la que dota al mundo,
y nos suspende.
Es una prorrogación, una segunda oportunidad
para creerme, para la
fe.

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