Poesías, relatos, cine, música... Un remanso en medio de este apocalipsis (grupo EFDLT)

Placer mutuo

Placer mutuo
Moda poética (ediciones limitadas)

jueves, 28 de mayo de 2009

Tu lengua ofídica



Avanzo vertiéndome sobre la
incertidumbre del tiempo en que tú,
malabarista de formas conspiradoras
que gangrenan todo afán que las obvie,
desprendes en arrítmico compás de
sangre, como manjares laberínticos
que soliviantan en los acordes de mi
pulso, las claves para afinarme en
la cadencia de tus manos barrocas.


Diosa en busca de mártir, caes del limbo
en carne redentora y huesos sacrílegos,
exigiendo sin resquicio todo por ti,
o una maldición de estatua vertida vanamente.


He llegado sin tiempo a este enclave
edénico, sólo siento como me petrifico
abandonándome a tus designios, al fin
encaucé tu ardid empíreo formando
un cruz de saliva sobre tu lengua ofídica.


                                                                 

lunes, 25 de mayo de 2009

La historia más triste de la historia (XXI)



–No ha sido mi intención…
–Lo sé, lo sé, no era su intención…, lo último que pretendía era ofenderme… Perdone usted mi osadía… Y un largo etcétera de disculpas para intentar paliar la paradoja de molestar cuando se aspiraba a todo lo contrario. Sólo le pido que respete mi deseo de no mantener la más mínima relación personal en este viaje.
No creo que le esté pidiendo un sacrificio espartano, simplemente siga usted actuando como si yo no existiera, como toda su vida, y espero que el resto, no lo ha podido olvidar de repente.
Él asintió con una expresión de acatamiento castrense en un fondo de sorpresa y de reto que María reconoció como a un enemigo apuntándole en el frente, pero le pareció excesivo culparle por algo tan subjetivo como adivinar el futuro en un gesto. Así que cerró los ojos de nuevo, rogó en oración que el silencio se impusiera con ira, y empezó a respirar intentando no pensar, no sentir, ser sólo aire y agua en calma, una nota sostenida de réquiem.
Lo próximo que sintió fue un olor a perfume y un tacto en su cara a cuerpo bajo una textura de camisa. Se incorporó como un muelle liberado.
–¿Qué hace usted a mi lado? Su asiento no es este. ¿Por qué no me contesta? ¡Diga algo maldita sea!
–¿No recuerda que me prohibió usted dirigirle la palabra? Se ha quedado otra vez dormida, y para evitar que se golpease me he colocado a su lado para impedir su caída.
En los segundos siguientes María entró en un estado catatónico del que no sabía si querría salir alguna vez. Estaba hablando con él, y para más motivo de escarnio, le había hecho un favor. Se preguntaba por qué la vida no podía dejarla ni un sólo día, con todos sus acontecimientos, en paz.

jueves, 21 de mayo de 2009

La esencia o la nada



En el vano ímpetu de aceptarme
llegas improvisando noches insólitas,
dejando el desequilibrio de tactos
como único mar donde el naufragio
de sabernos ciertos, motivos, flota
sin intención, como recién nacido.


¿Cuál es la verdad más allá de tu piel
en el hueco huérfano de mis manos?
¿No sé qué predomina en qué, cuando
la fe y la duda se relevan en cada huella
hacia el fin al que nos debemos?
Sólo aliento y piel y verso tenemos para
de salto en yerro, esquivando el mundo,
insolidarios, hacernos dignos de la esencia
que seremos —eterna crisálida quizás—,
y que será siempre, aroma de una selva,
fragancia de un océano, o extracto de la
nada más austera.

lunes, 18 de mayo de 2009

Una tragedia dormida



Estoy desolado, y avanzo en caída libre hacia el grado de desesperado. El hecho de ser consciente de ello hace que me preocupe aún más, alcanzando irremisiblemente el estado de desamparo en el que —tras este paréntesis— ya he alcanzado.
Todo: desde la intención de hacer el primer trazo de garabato aspirante a letra, hasta el punto y final de lo que estaba a punto de escribir, y por tanto, de contaros, se me ha olvidado. Con serios visos de ser para siempre y por completo. Una tragedia teniendo en cuenta que el cansancio me invade por todos los frentes, sobre todo por aire, con los despiadados síntomas del sueño: haciendo de mi cabeza un tiovivo de despropósitos, una sucesión de caóticas afirmaciones equinas.
Me conformaré con confesaros la verdad: el sobresalto con el que apenas subsisto después de la última cabezada me ha hecho olvidar, si realmente, no recuerdo lo que tenía pensado, o tal vez, nunca existió idea alguna que justificara este despropósito. Así que más vale que me acueste. Aunque ahora que lo pienso, ahora mismo no recuerdo como despertar. Avisadme si no he vuelto nunca.

viernes, 15 de mayo de 2009

El pacto arcano



Entre tus manos y lo que rija el
universo debe haber un pacto arcano.
Y me pregunto a cambio de qué,
cada vez que me deslindan —como
haciendo un fondo de mar sobre
el “claro de luna” de Ludwig—
se te concede el don de hacer y
demoler en mí, todo arte
condenado a perdurar insaciable…
A cambio de qué, habrás conseguido
superar con la versatilidad de tu boca,
cualquiera de mis intentos por
averiguar la deidad de su mixtura,
y sobrevivir sin secuelas.


Imagínense el ímprobo esfuerzo
que traería consigo implícito el
hecho de elucidaros, uno por uno,
los fenómenos que me originan
el resto de su cuerpo. ¡Imposible!
Mera utopía para migajas de arte.

martes, 12 de mayo de 2009

Lo que somos



Lo sé:
somos ardillas voladoras
buscando frenéticamente
nueces en los postes eléctricos;
halcones peregrinos lanzándonos
en picado, a trescientos kilómetros
por hora, sobre el comedero de la
jaula;
somos el césped pisoteado que
enmarca las piscinas y alfombra
cementerios;
mares desembocando en ríos
que mueren en presas.


¡Nosotros, que considerábamos
tan patético como improbable
que el paso de los acontecimientos
nos confirmara predecibles:
como hormigas alienadas
genéticamente!


¡Nosotros, que hubiésemos
cambiado nuestra parcela de
gloria por un solar en cualquier
futuro espontáneo e inconcebible!


¿Realmente crees que reconocerlo
de esta manera será suficiente
para aspirar a un remanso de pureza,
para conseguir un refugio a las
afueras
donde llevar de vacación a la
esperanza y al inconformismo?
No lo sé, la probaremos como plegaria.

jueves, 7 de mayo de 2009

La historia más triste de la historia (XX)



–¿Puede decirme por qué está usted tan seguro de eso, si no me conoce de nada?
– Por su cara, en algunas personas la cara no es el reflejo del alma, es el espejo de algo más elevado y místico. El alma en su rostro es sólo una sonrisa, una expresión de sosiego. El resto es un insondable y maravilloso misterio que contagia esperanza, y revaloriza la vida.
María no estaba para piropos filosóficos, de hecho, era uno de los motivos de su espantada, llevaba toda la vida soportando oleadas de insinuaciones huecas, de adulaciones interesadas, de atenciones desmedidas de quienes —en el mejor de los casos— apenas habían compartido un “buenos días” con ella, fuese cual fuera la situación y el escenario, los halagos le llovían: de profesores asaltacunas; de curas dispuestos a sustituir a Dios y a toda su corte celestial por una Diosa cuyas caderas crucificaban su entrepierna; de amigos que jamás aspiraron a serlo; de maridos en busca de una favorita para su harén; de familiares degenerados; incluso de un ahogado imberbe al que le practicó el boca a boca; ya fuese en el metro; en los semáforos; en las sala de espera de los hospitales; desayunando; en el mercado; en las bodas; dando el pésame en los funerales…
En su relación con los hombres —exceptuando a su padre— nunca había tenido la certeza de comprender el significado real de las palabras. Todo lo contrario que con las mujeres, donde, al menos, estaba segura de que la envidia era la mitad de lo que sentían por ella, y que por tanto, sus conversaciones siempre tendrían un cierto transfondo de reproche.
–Mire usted, he tenido un día —por no decir una vida— para olvidar, estoy agotada, y lo último que quiero hacer en este momento es tenerle que explicar por qué odio que me adulen, así que le rogaría que obviase mi presencia el resto del viaje. ..

lunes, 4 de mayo de 2009

Soy un animal



Últimamente entras como
si respirar se te enquistase.
Cierras la puerta tratando
de aplastar el acoso de este
rosario de días apócrifos.
Jadeas, blasfemas en
idiomas de ultratumba.
Cruzas el patio arrojando
las llaves y el bolso sobre
la mártir y desconchada
mesa de la cocina.


Desde el sofá del salón
te adivino en tus quejas.
Finjo estar dormido
esperando infectarte con el
sosiego de la inconsciencia.
Pasas de largo, subes las
escaleras como escapando
del averno. Abres la puerta
corredera del baño, la cierras,
silencio, oigo el agua
precipitarse por el bajante,
En vez de pensar cómo
socorrerte, sólo me pregunto
qué parte de tu cuerpo estará
inundando, y si te importaría
saciar mi vagar por el
desierto de tu piel ausente.
Por más que la evolución
intente incitarme a razonar,
lo sabes, el animal que me
provocas siempre vence.

jueves, 30 de abril de 2009

En otra vida será



Daría un año de mi vida (negociable) por tocar la guitarra como Paco de lucía. Por tener la clarividencia de Borges. Por adivinar el orden exacto de cada palabra con el resto. Por alcanzar la sensibilidad de Ella Fitzgerald, y estremecerme hasta crepitar componiéndote la más mítica de las canciones.
La próxima vez que viva me gustaría —sería todo un detalle digno de fe, e impagable— que se me concediera la oportunidad de fijarme metas a más largo plazo, incluso tener el tiempo necesario para llegar a cruzarlas integro. O, en su defecto, la de adquirir antes los conocimientos suficientes para que no me importara alcanzarlas.
Todo lo demás es involución y espera. Sólo espero que así no sea.

lunes, 27 de abril de 2009

El último templario



A veces riego las macetas del patio sólo por el placer de disfrutar del olor a tierra mojada —No sé por qué la palabra “sólo” se ha colocado en el centro de la frase prácticamente sola, como implicando cierto grado de frivolidad, desidia, o lujuria—. Es una sensación breve, como la tierra y el agua que mezclo, pero lo suficientemente intensa para elevarme sobre el ruido y el olor de los coches, y adentrarme por un instante en una modesta selva que poseo a las afueras de la humanidad, en otra dimensión, en un refugio anti-personas. Es el único trozo de planeta que sobrevive virgen al hombre. Así que no lo piso. Lo rodeo, lo vigilo, lo sobrevuelo con el celo de una mamá águila. Soy como un Dios protector, el último templario en el reducto final del postrero planeta que habitaremos. Un trance en el que permanezco justo lo que tarda en invadirme el próximo ruido estridente procedente de la calle. Esta vez ha sido un camión frigorífico, que ha aparcado en mi puerta para descargar hielo y bebidas en el mesón. De nuevo los trinos son silenciados por motores transitando sobre el motor aparcado. El olor a hierba es desplazado por el de gasolina quemada. Como plañidera llorando regreso a este velatorio de sentidos. Llaman a la puerta. Eres tú, oportuno salvavidas.

jueves, 23 de abril de 2009

Las plagas



Digamos que arrecian plagas; que
los mares se derraman y llueve sombras;
que las paredes transpiran alevosía
cuando hacinamos —como sepultureros—
nuestra derrota bajo pantallas y libros.
Sin retomar intenciones.
Despreciando todo orden de necesidad.
Deglutiendo palabras afables.
La vida se petrifica en cada gesto de censura.
Nieva el futuro muerto.
Resuenan marchas fúnebres sobre el deseo.
Digamos que la luz, oculta, y el agua arde
en la distancia que nos declara homicidas.
Que el mundo se vuelve un sórdido penal.
Y el tiempo es un fanático racista de
los momentos donde éramos extracto y meta.
Parece que arrecian plagas. Diría incluso
que se cierne sobre nosotros un Apocalipsis
prematuro. Mientras, tú, yo, silencio.

lunes, 20 de abril de 2009

La historia más triste de la historia (XIX)



El día anterior María llegó a la estación central aturdida, cargando con una maleta como si fuese una cruz de penitente. Ni siquiera recordó que podía valerse de la ruedas para desplazarla con mayor comodidad. Quería escapar absolutamente de todo y de todos, pero no sabía a qué lugar debía dirigir sus pasos para desaparecer por completo, y disponer, al fin, de una sosegada perspectiva desde la cual poder reflexionar, o abandonarse de una vez por todas a su pertinaz infortunio. Preguntó en información cuál era el primer tren en salir y cuáles eran sus destinos y sus paradas programadas. Después de un rato pensando inútilmente decidió que se apearía en el pueblo que más desconocido le pareciese, y como por el hecho de estar en la ruta del tren ya era demasiado famoso para su gusto, desde ahí se desplazaría a otra localidad aún más recóndita e incomunicada. Eso sí, dirección al sur, donde nació, desde el lugar en el que la felicidad decidió decirle adiós hacía ya un rosario de años.
Una vez acomodada en el tren —en su viaje a quién sabe qué remoto lugar salvavidas— sintió dilapidarse parte de su ansiedad a medida que sus doloridos pies se relajaban, y la distancia a la ciudad aumentaba. Suspiró varias veces para reafirmar que efectivamente había tenido el valor para huir, ladeó su cabeza hasta apoyarla en el cristal de la ventanilla, con los brazos abrazando su cintura se aferró cuanto pudo a una leve luz que generaba su determinación. Y se quedó dormida como un cachorro recién amamantado.
­–Perdone señorita, tenga usted cuidado, está a punto de perder el equilibrio, no vaya a hacerse daño.
–¿Qué pasa? ¡Uf! Parece que me he quedado dormida. Lo siento, espero no haberle molestado.
–Usted no podría molestarme en ningún estado, mucho menos durmiendo.
Ese cumplido le sentó a María como si hubiese cenado una lengua de Dragón de Komodo en salsa de cianuro.

jueves, 16 de abril de 2009

Lo siento



La verdad, no sé qué podría decirte.
—A siglos de hielo de tocarte me encuentro.
Sin embargo estas ahí, inmóvil, prorrogándote.
Parece que aguardaras un milagro.
Quizá pensando lo mismo, pero viceversa.
Y la voz se te enquiste en la garganta, y hayas
extraviado el camino de las palabras y del tacto.
Tal vez sólo sea un ancestral odio pasajero,
un pretérito rencor momentáneo, una
genética soberbia efímera.
Posiblemente padezca algo idéntico, pero
al revés.
Y el asco me recorra como sangre, y en
vez de a ti, sólo vea hidras y arpías.
Mucho me temo que ni el príncipe Calaf
sabría resolver este silencio…—
La mentira, no sé qué podría decirte.
Por ejemplo: lo siento, pero voy a desnudarte.

lunes, 13 de abril de 2009

La historia más triste de la historia (XVIII)



Esa mañana el amanecer parecía estar con resaca, y tardó más de lo normal en asomarse por la ventana del salón, clareando las cortinas, calentando mi oreja derecha, la pantalla del televisor, y la góndola de falso cristal de Murano, recuerdo de mi añorada estancia en Venecia. Lo hizo tímido y renqueante entre la niebla y las nubes de luto escarlata. Se avecinaba un día tormentoso. Yo pensé —con el placer que da desperezarse cuando uno está solo, y bosteza como un ogro de las cavernas— que era una señal más de la infinita sabiduría de la naturaleza, que intentaba contrarrestar mi euforia con chaparrones llenos de rabia y estruendo para que el mundo consiguiera, una vez más, mantener su equilibrada armonía.
Eran las ocho de la mañana y no creo que sea preciso aclararos en quién estaba pensando cuando aún no habían pasado de la fase de calentamiento —en el estricto sentido físico y elástico de la palabra— mis perezosas neuronas.
Aunque la pensión no tenía servicio de comidas, era un detalle de la casa el ofrecer a las ocho y media un café en el salón a todo el que quisiera. Pero María, a la cual, la jornada anterior, le había recordado este punto del día unas cinco veces, no apareció. Era normal me dije, el viaje, su primer día en el pueblo, el accidente con el pomo, estaría reventada, seguro que sigue dormida, se levantará hambrienta, descenderá las escaleras con la expresión relajada y yo simularé que en ese momento me disponía a ir a desayunar a un lugar perfecto para nosotros —aunque eso de “para nosotros” no creo que me atreviese a decirlo— , y la invitaré, como no podía ser de otra manera tratándose de todo un caballero como yo, a acompañarme.
Las diez y media de la mañana y aún sigue en su habitación. No sería muy profesional por mi parte molestarla para preguntarle si querría venir conmigo a desayunar, y no tendría calificativo el ofrecerme a subirle un café y unas tostadas si le apetecían. Esperaré, ¿qué remedio? contaré los truenos de distancia hasta volver a verla mientras escribo algo que publicar en mí página.

lunes, 6 de abril de 2009

La envidia



Envidio a los creyentes que jamás han dudado de la existencia de Dios. Y a los que están convencidos de que atravesarán por ello las puertas del cielo, a esos, casi los venero.
A los que, cuando aman, no temen que pueda terminar.
A los que piensan que la esperanza nunca puede ser lo primero que se pierde.
A todos los que aseguran que han visto un final de túnel iluminado.
Envidio la vida que renace eternamente. A la inmensa mayoría de criaturas de este planeta que no son conscientes de que van a perecer sin remedio.
Envidio a los que se levantan sin nada que hacer de antemano, e improvisan.
A los que saben que ser un vividor es la meta de vivir.
Pero sobre todo envidio a la abeja Maya, que siempre estaba segura de hacer lo correcto, aunque a veces sólo fuese divertirse al margen de la colmena, que por cierto, es un gran avance.

jueves, 2 de abril de 2009

La Sevilla de las sombras (II)



Deseaba tanto disfrutar de nuevo de esas noches donde el chapoteo del agua inmortal de la fuente era el hilo musical idóneo para sus relatos. La historia real de la historia, en pequeños detalles y en breves dosis: los entresijos de las cortes, la ineluctable decadencia de los imperios, los influjos de las grandes pasiones, las miserias de las más crueles perfidias. Todo estaba a mi alcance con tan sólo sentarme a su lado, degustaba con asombro cada palabra que oía, cada silencio preñado de memoria y reflexión. Quién puede decir que ha tenido el privilegio de ser testigo de tales palabras, ubicuas; originarias; y eruditas.
Cuando leáis esto habrá pasado el tiempo suficiente para que haya perdido toda su relevancia. Mi tiempo entre los vivos será leve recuerdo entre los que ahora son jóvenes, y estaré quién sabe en qué estado, y en qué lugar del mundo. Todo habrá terminado y no volverán en muchos años. Todo acabará como un relato reciente e imaginado. Y así debe ser.
Yo era uno de sus enlaces, y al igual que ellos, no había nadie en la ciudad en las mismas circunstancias, se podía decir que disponíamos de un pequeño paraíso en exclusiva, un reino anónimo donde ningún semejante podía interferir. Era el lugar elegido en el cual habían de permanecer el tiempo fijado.
Sabía que mis méritos me otorgarían algún día el derecho a formar parte de su casta. Sólo habían de cumplirse dos requisitos simultáneamente:
que quedara libre una vacante, y que fuese durante el tiempo en que morasen en Sevilla. Aquella noche llamé a Jesús para decirle la ilusión que me haría asistir a esa primera velada con sus nuevos inquilinos, él se mostró reacio pero finalmente aceptó dejándose llevar por mi entusiasmo. Tres veces, dos, una, esa era la cadencia clave de golpeo con la aldaba, la puerta de madera se abrió automáticamente y accedí, tímido como siempre, a ese patio cargado de conocimientos y misterios.

lunes, 30 de marzo de 2009

La Sevilla de las sombras



Los dos se despertaron y se destaparon al unísono, se miraron desperezándose, con la confianza y la pureza que dan los siglos. Eran la diez de la noche en Sevilla, en el patio de aquella casa señorial del barrio de Santa cruz se iban instalando las sombras y la perfumada calidez de los primeros días de junio. Por su balcón interior ya se escuchaban los primeros pasos que daban la bienvenida a la luna y a los gatos. La mansión estaba completa, sus cuatro habitaciones disponibles ocupadas por seis inquilinos, casi todos, viejos conocidos de los dueños que volvían cada vez que echaban de menos cierta forma de entender la vida, el arte, y el tiempo. Poco a poco fueron descendiendo y acomodándose en las mecedoras del patio, junto a la fuente de cinco chorros de elegantes y antiguos azulejos cartujanos.
Era un ritual ineludible, tenían tantas historias que contar, en sus miradas crepusculares se acumulaban tantas soledades eternas como bellezas efímeras.
Jesús y Gabriel, los anfitriones, eran siempre los últimos en incorporarse. Era la primera velada de esta temporada, y aunque sus reuniones eran más bien austeras y espirituales, para esta noche habían preparado un pequeño acto de bienvenida.
Yo vivía en el ático del edificio de enfrente, los conocía, se podría decir que casi éramos amigos, era la única relación que les permitían con seres, digamos que normales. Ellos eran responsables de mi discreción, y de ello dependía que su sociedad —tan hermética y estricta— no los condenara sin titubear a la inexistencia, era la única forma que encontraron —ante el caos y la depravación en que se había convertido su supervivencia, aproximadamente hace un siglo— para perdurar de una forma digna.

viernes, 27 de marzo de 2009

La historia más triste de la historia (XVII)



Ahí estaba yo, espatarrado en el sofá, formando —totalmente hipnotizado— remolinos en el pelo del occipucio con mis dedos, como buscando entre sus raíces la memoria de cada palabra, de cada gesto, del significado que fuimos, compartidos. Tan satisfecho de casi nada. Como un adolescente imberbe que relame surrealistas expectativas en la busca del hedonismo eterno. Me pregunto cuál será el resorte que falla cuando la sangre irrumpe eufórica en cada órgano sin el tamiz de la sensatez. No podía ser sólo su belleza —a estas alturas no podía permitirme tal grado de frivolidad— pero no había nada más rotundamente cierto en ella que yo conociera. Era la desconocida más perfecta que hubiese podido imaginar si hubiera gozado del valor para afrontar la decepción de no tener la más mínima posibilidad de poseerla.
Ella había arrasado todas mis expectativas superándolas vertiginosamente con sólo su presencia y esa expresión mezcla de todo lo que no se ve, y uno anhela. Sin proponérselo suspendió mi futuro. Esa noche me conformé con ser una pieza de puzzle en manos de su incierto destino. No era un iluso, sabía que María no estaba pasando por un buen momento, la causa y la gravedad eran lo de menos, lo más importante a partir de ahora era lograr ayudarla a superarlo, aunque en aquel momento sólo le pareciera un incordio en forma de insecto, nadie podría evitar que considerase aquella tarea como el único camino directo a mi salvación.
Desperté sobresaltado, como si alguien me lo exigiese, tenía un vago recuerdo sobre un extraño sueño donde la gente podía elegir morir para nacer de nuevo, tantas veces como quisiera. No había una articulación que no me estuviera recriminando el haberme quedado dormido en el sofá, como posando para un cuadro de Picasso. Un sueño paranoico más, me dije, como intentado no involucrar a la realidad pura que era hasta entonces para mí, María…

lunes, 23 de marzo de 2009

El milagro



Volvamos a ser milagro; apoteosis
bíblica; el mayor alarde evolutivo
que haya logrado sorprender a Dios
o a cualquiera de sus homólogos,
o en su defecto, a vos.

Cuando una legión de caracoles
buscaron tu asilo acuático y
germinativo. Y parieron sanguijuelas
vampiras que planearon extasiadas
entre emancipadas palpitaciones.
Y en su frenesí se hicieron capullo
a tus pies, eclosionando en mangosta
sublimada bajo el fúnebre influjo
del baile con tus vellos, alertas
como sugestivas cobras escupidoras.
Bajo el auspicio de tu sangre creció
hasta lobo, que como a sus
moribundos, te regurgitó los mejores
manjares, afrodisíacas panaceas,
y fuentes de saliva amniótica.
derramándonos caímos infartados,
como peces dando coletazos al aire.

Volvamos a ser milagro. Yo empiezo.

jueves, 19 de marzo de 2009

La pareja



–Y puedo saber desde cuando lo tenías decidido.
–Eso que importancia tiene ahora, además no lo sé, no se trata de cuando sino del por qué. No puedo más, y volver a analizar todos los motivos nunca nos ha reportado nada positivo, más bien al contrario.
–Yo juraría que me tocaba elegir a mí
–Aunque así fuese me trae sin cuidado. Sabes que con el paso del tiempo he ido coleccionando toda clase de fobias y tensiones. No soporto la sangre, ni el miedo agónico, ni ese humor soterráneo e irónico que siempre culmina exasperando a alguien. Reconozco que antes podía soportarlo, pero ahora no estoy dispuesta a alimentar con ambrosías a mis neuras y a mis fantasmas.
–Tú dirás qué hacemos ahora, sabiendo la ilusión que me hacía has esperado hasta el último momento para decapitarla.
–Yo no tengo la culpa de que todo lo que te apasiona, a mí me ponga enferma, jamás te dí esperanzas. No decir no, no significa sí, es estar cansada de jurarte que lo paso mal y de que tú no me creas. Hay muchas opciones, elije la que quieras, sólo te pido que pueda dormir tranquila esta noche.
–Ahórrame otra decepción y dime antes cuáles son las que descartas, o mejor lo olvidamos y ya lo intentaremos cuando coincidamos en alguna.

Y en el sofá —con la tele en voz baja, como si fuese una caña de pescar— ella relee a Austen y él sigue insultando a Kafka.

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