Poesías, relatos, cine, música... Un remanso en medio de este apocalipsis (grupo EFDLT)

Placer mutuo

Placer mutuo
Moda poética (ediciones limitadas)

martes, 12 de mayo de 2009

Lo que somos



Lo sé:
somos ardillas voladoras
buscando frenéticamente
nueces en los postes eléctricos;
halcones peregrinos lanzándonos
en picado, a trescientos kilómetros
por hora, sobre el comedero de la
jaula;
somos el césped pisoteado que
enmarca las piscinas y alfombra
cementerios;
mares desembocando en ríos
que mueren en presas.


¡Nosotros, que considerábamos
tan patético como improbable
que el paso de los acontecimientos
nos confirmara predecibles:
como hormigas alienadas
genéticamente!


¡Nosotros, que hubiésemos
cambiado nuestra parcela de
gloria por un solar en cualquier
futuro espontáneo e inconcebible!


¿Realmente crees que reconocerlo
de esta manera será suficiente
para aspirar a un remanso de pureza,
para conseguir un refugio a las
afueras
donde llevar de vacación a la
esperanza y al inconformismo?
No lo sé, la probaremos como plegaria.

jueves, 7 de mayo de 2009

La historia más triste de la historia (XX)



–¿Puede decirme por qué está usted tan seguro de eso, si no me conoce de nada?
– Por su cara, en algunas personas la cara no es el reflejo del alma, es el espejo de algo más elevado y místico. El alma en su rostro es sólo una sonrisa, una expresión de sosiego. El resto es un insondable y maravilloso misterio que contagia esperanza, y revaloriza la vida.
María no estaba para piropos filosóficos, de hecho, era uno de los motivos de su espantada, llevaba toda la vida soportando oleadas de insinuaciones huecas, de adulaciones interesadas, de atenciones desmedidas de quienes —en el mejor de los casos— apenas habían compartido un “buenos días” con ella, fuese cual fuera la situación y el escenario, los halagos le llovían: de profesores asaltacunas; de curas dispuestos a sustituir a Dios y a toda su corte celestial por una Diosa cuyas caderas crucificaban su entrepierna; de amigos que jamás aspiraron a serlo; de maridos en busca de una favorita para su harén; de familiares degenerados; incluso de un ahogado imberbe al que le practicó el boca a boca; ya fuese en el metro; en los semáforos; en las sala de espera de los hospitales; desayunando; en el mercado; en las bodas; dando el pésame en los funerales…
En su relación con los hombres —exceptuando a su padre— nunca había tenido la certeza de comprender el significado real de las palabras. Todo lo contrario que con las mujeres, donde, al menos, estaba segura de que la envidia era la mitad de lo que sentían por ella, y que por tanto, sus conversaciones siempre tendrían un cierto transfondo de reproche.
–Mire usted, he tenido un día —por no decir una vida— para olvidar, estoy agotada, y lo último que quiero hacer en este momento es tenerle que explicar por qué odio que me adulen, así que le rogaría que obviase mi presencia el resto del viaje. ..

lunes, 4 de mayo de 2009

Soy un animal



Últimamente entras como
si respirar se te enquistase.
Cierras la puerta tratando
de aplastar el acoso de este
rosario de días apócrifos.
Jadeas, blasfemas en
idiomas de ultratumba.
Cruzas el patio arrojando
las llaves y el bolso sobre
la mártir y desconchada
mesa de la cocina.


Desde el sofá del salón
te adivino en tus quejas.
Finjo estar dormido
esperando infectarte con el
sosiego de la inconsciencia.
Pasas de largo, subes las
escaleras como escapando
del averno. Abres la puerta
corredera del baño, la cierras,
silencio, oigo el agua
precipitarse por el bajante,
En vez de pensar cómo
socorrerte, sólo me pregunto
qué parte de tu cuerpo estará
inundando, y si te importaría
saciar mi vagar por el
desierto de tu piel ausente.
Por más que la evolución
intente incitarme a razonar,
lo sabes, el animal que me
provocas siempre vence.

jueves, 30 de abril de 2009

En otra vida será



Daría un año de mi vida (negociable) por tocar la guitarra como Paco de lucía. Por tener la clarividencia de Borges. Por adivinar el orden exacto de cada palabra con el resto. Por alcanzar la sensibilidad de Ella Fitzgerald, y estremecerme hasta crepitar componiéndote la más mítica de las canciones.
La próxima vez que viva me gustaría —sería todo un detalle digno de fe, e impagable— que se me concediera la oportunidad de fijarme metas a más largo plazo, incluso tener el tiempo necesario para llegar a cruzarlas integro. O, en su defecto, la de adquirir antes los conocimientos suficientes para que no me importara alcanzarlas.
Todo lo demás es involución y espera. Sólo espero que así no sea.

lunes, 27 de abril de 2009

El último templario



A veces riego las macetas del patio sólo por el placer de disfrutar del olor a tierra mojada —No sé por qué la palabra “sólo” se ha colocado en el centro de la frase prácticamente sola, como implicando cierto grado de frivolidad, desidia, o lujuria—. Es una sensación breve, como la tierra y el agua que mezclo, pero lo suficientemente intensa para elevarme sobre el ruido y el olor de los coches, y adentrarme por un instante en una modesta selva que poseo a las afueras de la humanidad, en otra dimensión, en un refugio anti-personas. Es el único trozo de planeta que sobrevive virgen al hombre. Así que no lo piso. Lo rodeo, lo vigilo, lo sobrevuelo con el celo de una mamá águila. Soy como un Dios protector, el último templario en el reducto final del postrero planeta que habitaremos. Un trance en el que permanezco justo lo que tarda en invadirme el próximo ruido estridente procedente de la calle. Esta vez ha sido un camión frigorífico, que ha aparcado en mi puerta para descargar hielo y bebidas en el mesón. De nuevo los trinos son silenciados por motores transitando sobre el motor aparcado. El olor a hierba es desplazado por el de gasolina quemada. Como plañidera llorando regreso a este velatorio de sentidos. Llaman a la puerta. Eres tú, oportuno salvavidas.

jueves, 23 de abril de 2009

Las plagas



Digamos que arrecian plagas; que
los mares se derraman y llueve sombras;
que las paredes transpiran alevosía
cuando hacinamos —como sepultureros—
nuestra derrota bajo pantallas y libros.
Sin retomar intenciones.
Despreciando todo orden de necesidad.
Deglutiendo palabras afables.
La vida se petrifica en cada gesto de censura.
Nieva el futuro muerto.
Resuenan marchas fúnebres sobre el deseo.
Digamos que la luz, oculta, y el agua arde
en la distancia que nos declara homicidas.
Que el mundo se vuelve un sórdido penal.
Y el tiempo es un fanático racista de
los momentos donde éramos extracto y meta.
Parece que arrecian plagas. Diría incluso
que se cierne sobre nosotros un Apocalipsis
prematuro. Mientras, tú, yo, silencio.

lunes, 20 de abril de 2009

La historia más triste de la historia (XIX)



El día anterior María llegó a la estación central aturdida, cargando con una maleta como si fuese una cruz de penitente. Ni siquiera recordó que podía valerse de la ruedas para desplazarla con mayor comodidad. Quería escapar absolutamente de todo y de todos, pero no sabía a qué lugar debía dirigir sus pasos para desaparecer por completo, y disponer, al fin, de una sosegada perspectiva desde la cual poder reflexionar, o abandonarse de una vez por todas a su pertinaz infortunio. Preguntó en información cuál era el primer tren en salir y cuáles eran sus destinos y sus paradas programadas. Después de un rato pensando inútilmente decidió que se apearía en el pueblo que más desconocido le pareciese, y como por el hecho de estar en la ruta del tren ya era demasiado famoso para su gusto, desde ahí se desplazaría a otra localidad aún más recóndita e incomunicada. Eso sí, dirección al sur, donde nació, desde el lugar en el que la felicidad decidió decirle adiós hacía ya un rosario de años.
Una vez acomodada en el tren —en su viaje a quién sabe qué remoto lugar salvavidas— sintió dilapidarse parte de su ansiedad a medida que sus doloridos pies se relajaban, y la distancia a la ciudad aumentaba. Suspiró varias veces para reafirmar que efectivamente había tenido el valor para huir, ladeó su cabeza hasta apoyarla en el cristal de la ventanilla, con los brazos abrazando su cintura se aferró cuanto pudo a una leve luz que generaba su determinación. Y se quedó dormida como un cachorro recién amamantado.
­–Perdone señorita, tenga usted cuidado, está a punto de perder el equilibrio, no vaya a hacerse daño.
–¿Qué pasa? ¡Uf! Parece que me he quedado dormida. Lo siento, espero no haberle molestado.
–Usted no podría molestarme en ningún estado, mucho menos durmiendo.
Ese cumplido le sentó a María como si hubiese cenado una lengua de Dragón de Komodo en salsa de cianuro.

jueves, 16 de abril de 2009

Lo siento



La verdad, no sé qué podría decirte.
—A siglos de hielo de tocarte me encuentro.
Sin embargo estas ahí, inmóvil, prorrogándote.
Parece que aguardaras un milagro.
Quizá pensando lo mismo, pero viceversa.
Y la voz se te enquiste en la garganta, y hayas
extraviado el camino de las palabras y del tacto.
Tal vez sólo sea un ancestral odio pasajero,
un pretérito rencor momentáneo, una
genética soberbia efímera.
Posiblemente padezca algo idéntico, pero
al revés.
Y el asco me recorra como sangre, y en
vez de a ti, sólo vea hidras y arpías.
Mucho me temo que ni el príncipe Calaf
sabría resolver este silencio…—
La mentira, no sé qué podría decirte.
Por ejemplo: lo siento, pero voy a desnudarte.

lunes, 13 de abril de 2009

La historia más triste de la historia (XVIII)



Esa mañana el amanecer parecía estar con resaca, y tardó más de lo normal en asomarse por la ventana del salón, clareando las cortinas, calentando mi oreja derecha, la pantalla del televisor, y la góndola de falso cristal de Murano, recuerdo de mi añorada estancia en Venecia. Lo hizo tímido y renqueante entre la niebla y las nubes de luto escarlata. Se avecinaba un día tormentoso. Yo pensé —con el placer que da desperezarse cuando uno está solo, y bosteza como un ogro de las cavernas— que era una señal más de la infinita sabiduría de la naturaleza, que intentaba contrarrestar mi euforia con chaparrones llenos de rabia y estruendo para que el mundo consiguiera, una vez más, mantener su equilibrada armonía.
Eran las ocho de la mañana y no creo que sea preciso aclararos en quién estaba pensando cuando aún no habían pasado de la fase de calentamiento —en el estricto sentido físico y elástico de la palabra— mis perezosas neuronas.
Aunque la pensión no tenía servicio de comidas, era un detalle de la casa el ofrecer a las ocho y media un café en el salón a todo el que quisiera. Pero María, a la cual, la jornada anterior, le había recordado este punto del día unas cinco veces, no apareció. Era normal me dije, el viaje, su primer día en el pueblo, el accidente con el pomo, estaría reventada, seguro que sigue dormida, se levantará hambrienta, descenderá las escaleras con la expresión relajada y yo simularé que en ese momento me disponía a ir a desayunar a un lugar perfecto para nosotros —aunque eso de “para nosotros” no creo que me atreviese a decirlo— , y la invitaré, como no podía ser de otra manera tratándose de todo un caballero como yo, a acompañarme.
Las diez y media de la mañana y aún sigue en su habitación. No sería muy profesional por mi parte molestarla para preguntarle si querría venir conmigo a desayunar, y no tendría calificativo el ofrecerme a subirle un café y unas tostadas si le apetecían. Esperaré, ¿qué remedio? contaré los truenos de distancia hasta volver a verla mientras escribo algo que publicar en mí página.

lunes, 6 de abril de 2009

La envidia



Envidio a los creyentes que jamás han dudado de la existencia de Dios. Y a los que están convencidos de que atravesarán por ello las puertas del cielo, a esos, casi los venero.
A los que, cuando aman, no temen que pueda terminar.
A los que piensan que la esperanza nunca puede ser lo primero que se pierde.
A todos los que aseguran que han visto un final de túnel iluminado.
Envidio la vida que renace eternamente. A la inmensa mayoría de criaturas de este planeta que no son conscientes de que van a perecer sin remedio.
Envidio a los que se levantan sin nada que hacer de antemano, e improvisan.
A los que saben que ser un vividor es la meta de vivir.
Pero sobre todo envidio a la abeja Maya, que siempre estaba segura de hacer lo correcto, aunque a veces sólo fuese divertirse al margen de la colmena, que por cierto, es un gran avance.

jueves, 2 de abril de 2009

La Sevilla de las sombras (II)



Deseaba tanto disfrutar de nuevo de esas noches donde el chapoteo del agua inmortal de la fuente era el hilo musical idóneo para sus relatos. La historia real de la historia, en pequeños detalles y en breves dosis: los entresijos de las cortes, la ineluctable decadencia de los imperios, los influjos de las grandes pasiones, las miserias de las más crueles perfidias. Todo estaba a mi alcance con tan sólo sentarme a su lado, degustaba con asombro cada palabra que oía, cada silencio preñado de memoria y reflexión. Quién puede decir que ha tenido el privilegio de ser testigo de tales palabras, ubicuas; originarias; y eruditas.
Cuando leáis esto habrá pasado el tiempo suficiente para que haya perdido toda su relevancia. Mi tiempo entre los vivos será leve recuerdo entre los que ahora son jóvenes, y estaré quién sabe en qué estado, y en qué lugar del mundo. Todo habrá terminado y no volverán en muchos años. Todo acabará como un relato reciente e imaginado. Y así debe ser.
Yo era uno de sus enlaces, y al igual que ellos, no había nadie en la ciudad en las mismas circunstancias, se podía decir que disponíamos de un pequeño paraíso en exclusiva, un reino anónimo donde ningún semejante podía interferir. Era el lugar elegido en el cual habían de permanecer el tiempo fijado.
Sabía que mis méritos me otorgarían algún día el derecho a formar parte de su casta. Sólo habían de cumplirse dos requisitos simultáneamente:
que quedara libre una vacante, y que fuese durante el tiempo en que morasen en Sevilla. Aquella noche llamé a Jesús para decirle la ilusión que me haría asistir a esa primera velada con sus nuevos inquilinos, él se mostró reacio pero finalmente aceptó dejándose llevar por mi entusiasmo. Tres veces, dos, una, esa era la cadencia clave de golpeo con la aldaba, la puerta de madera se abrió automáticamente y accedí, tímido como siempre, a ese patio cargado de conocimientos y misterios.

lunes, 30 de marzo de 2009

La Sevilla de las sombras



Los dos se despertaron y se destaparon al unísono, se miraron desperezándose, con la confianza y la pureza que dan los siglos. Eran la diez de la noche en Sevilla, en el patio de aquella casa señorial del barrio de Santa cruz se iban instalando las sombras y la perfumada calidez de los primeros días de junio. Por su balcón interior ya se escuchaban los primeros pasos que daban la bienvenida a la luna y a los gatos. La mansión estaba completa, sus cuatro habitaciones disponibles ocupadas por seis inquilinos, casi todos, viejos conocidos de los dueños que volvían cada vez que echaban de menos cierta forma de entender la vida, el arte, y el tiempo. Poco a poco fueron descendiendo y acomodándose en las mecedoras del patio, junto a la fuente de cinco chorros de elegantes y antiguos azulejos cartujanos.
Era un ritual ineludible, tenían tantas historias que contar, en sus miradas crepusculares se acumulaban tantas soledades eternas como bellezas efímeras.
Jesús y Gabriel, los anfitriones, eran siempre los últimos en incorporarse. Era la primera velada de esta temporada, y aunque sus reuniones eran más bien austeras y espirituales, para esta noche habían preparado un pequeño acto de bienvenida.
Yo vivía en el ático del edificio de enfrente, los conocía, se podría decir que casi éramos amigos, era la única relación que les permitían con seres, digamos que normales. Ellos eran responsables de mi discreción, y de ello dependía que su sociedad —tan hermética y estricta— no los condenara sin titubear a la inexistencia, era la única forma que encontraron —ante el caos y la depravación en que se había convertido su supervivencia, aproximadamente hace un siglo— para perdurar de una forma digna.

viernes, 27 de marzo de 2009

La historia más triste de la historia (XVII)



Ahí estaba yo, espatarrado en el sofá, formando —totalmente hipnotizado— remolinos en el pelo del occipucio con mis dedos, como buscando entre sus raíces la memoria de cada palabra, de cada gesto, del significado que fuimos, compartidos. Tan satisfecho de casi nada. Como un adolescente imberbe que relame surrealistas expectativas en la busca del hedonismo eterno. Me pregunto cuál será el resorte que falla cuando la sangre irrumpe eufórica en cada órgano sin el tamiz de la sensatez. No podía ser sólo su belleza —a estas alturas no podía permitirme tal grado de frivolidad— pero no había nada más rotundamente cierto en ella que yo conociera. Era la desconocida más perfecta que hubiese podido imaginar si hubiera gozado del valor para afrontar la decepción de no tener la más mínima posibilidad de poseerla.
Ella había arrasado todas mis expectativas superándolas vertiginosamente con sólo su presencia y esa expresión mezcla de todo lo que no se ve, y uno anhela. Sin proponérselo suspendió mi futuro. Esa noche me conformé con ser una pieza de puzzle en manos de su incierto destino. No era un iluso, sabía que María no estaba pasando por un buen momento, la causa y la gravedad eran lo de menos, lo más importante a partir de ahora era lograr ayudarla a superarlo, aunque en aquel momento sólo le pareciera un incordio en forma de insecto, nadie podría evitar que considerase aquella tarea como el único camino directo a mi salvación.
Desperté sobresaltado, como si alguien me lo exigiese, tenía un vago recuerdo sobre un extraño sueño donde la gente podía elegir morir para nacer de nuevo, tantas veces como quisiera. No había una articulación que no me estuviera recriminando el haberme quedado dormido en el sofá, como posando para un cuadro de Picasso. Un sueño paranoico más, me dije, como intentado no involucrar a la realidad pura que era hasta entonces para mí, María…

lunes, 23 de marzo de 2009

El milagro



Volvamos a ser milagro; apoteosis
bíblica; el mayor alarde evolutivo
que haya logrado sorprender a Dios
o a cualquiera de sus homólogos,
o en su defecto, a vos.

Cuando una legión de caracoles
buscaron tu asilo acuático y
germinativo. Y parieron sanguijuelas
vampiras que planearon extasiadas
entre emancipadas palpitaciones.
Y en su frenesí se hicieron capullo
a tus pies, eclosionando en mangosta
sublimada bajo el fúnebre influjo
del baile con tus vellos, alertas
como sugestivas cobras escupidoras.
Bajo el auspicio de tu sangre creció
hasta lobo, que como a sus
moribundos, te regurgitó los mejores
manjares, afrodisíacas panaceas,
y fuentes de saliva amniótica.
derramándonos caímos infartados,
como peces dando coletazos al aire.

Volvamos a ser milagro. Yo empiezo.

jueves, 19 de marzo de 2009

La pareja



–Y puedo saber desde cuando lo tenías decidido.
–Eso que importancia tiene ahora, además no lo sé, no se trata de cuando sino del por qué. No puedo más, y volver a analizar todos los motivos nunca nos ha reportado nada positivo, más bien al contrario.
–Yo juraría que me tocaba elegir a mí
–Aunque así fuese me trae sin cuidado. Sabes que con el paso del tiempo he ido coleccionando toda clase de fobias y tensiones. No soporto la sangre, ni el miedo agónico, ni ese humor soterráneo e irónico que siempre culmina exasperando a alguien. Reconozco que antes podía soportarlo, pero ahora no estoy dispuesta a alimentar con ambrosías a mis neuras y a mis fantasmas.
–Tú dirás qué hacemos ahora, sabiendo la ilusión que me hacía has esperado hasta el último momento para decapitarla.
–Yo no tengo la culpa de que todo lo que te apasiona, a mí me ponga enferma, jamás te dí esperanzas. No decir no, no significa sí, es estar cansada de jurarte que lo paso mal y de que tú no me creas. Hay muchas opciones, elije la que quieras, sólo te pido que pueda dormir tranquila esta noche.
–Ahórrame otra decepción y dime antes cuáles son las que descartas, o mejor lo olvidamos y ya lo intentaremos cuando coincidamos en alguna.

Y en el sofá —con la tele en voz baja, como si fuese una caña de pescar— ella relee a Austen y él sigue insultando a Kafka.

lunes, 16 de marzo de 2009

Espacio reservado




ESPACIO RESERVADO PARA LA ENTRADA DEL DÍA 16/03/09





P.D.: En estos últimos días no he tenido la posibilidad de escribir. Puntualizo, en el breve período de tiempo útil del que he dispuesto, no he pensado en nada que fuese digno de narrar y compartir con vosotros. Miento, no he podido provocarme la constancia necesaria para desarrollar y profundizar sobre las escasas ideas de las que he disfrutado en este lapso tan somero de momentos libres. Desde el infierno —por fulero reincidente— me atrevería a aclarar que más bien no he trazado palabra alguna porque ni el tiempo, ni las ideas, y menos aún la voluntad, han tenido a bien congeniar en mí como yo deseaba. De hecho aquí os dejo la prueba.

jueves, 12 de marzo de 2009

La historia más triste de la historia (XVI)



Pero pase, aún he de curarle esa mano, y no me diga que no es nada, o que usted, perdón, tú misma vas a poder desinfectarla, entre otras cosas porque en la habitación no hay botiquín. Y seguro que en su maleta la ropa sólo deja sitio para un pequeño neceser repleto de pinturas y cremas, nada recomendables para tratar heridas.
Fue la primera vez que toqué su mano, que noté sobre mi piel receptiva —como una flor carnívora— una parte de su inefable cuerpo. En esos minutos se concentraron y me recorrieron más sensaciones agradables por segundo que en cualquier otro momento de mi pasado. Pude respirar del aire seco que desalojaban sus pulmones cuando algún que otro roce del algodón le hacía daño. Oí el sonido de su cabello acomodándose en su cabeza después de enredarse en el viento de nuestro prometedor paseo. Y en su mano sentía el latir de su tristeza, que adopté de inmediato para intentar que la sobrellevara de una forma más difuminada. Supe desnudar su perfume hasta que sólo quedó su olor de Alhambra en primavera.
–Creo que ya puede valer, me ha desinfectado la herida, quitado la pintura de uñas, y desde que era una niña no me había visto la piel tan rosada y fina como me la has dejado ahora. Si sigues dos minutos más acabaré borracha como una cuba.
–Ahora le pondré unas tiritas y mañana como nueva. ¿Le duele? ¿Le doy un analgésico?
–Sí por favor, lo peor que me podría pasar es que el dolor no me dejara conciliar el sueño. La verdad es que ahora mismo no siento los dedos, será por efecto del alcohol. Muchas gracias, me voy a mi habitación, estoy rendida. Buenas noches.
Buenas noches le deseé, y esperé que se alejara lo suficiente por la escalera para acabar la frase anónimamente diciendo: querida. Tuve la imperiosa necesidad de anunciar al mundo —fuese o no lógico, pueril, básico, o instinto prescindible— que la quería, y me sonrojaría reconocer hasta qué punto...

lunes, 9 de marzo de 2009

Hay poemas...



Hay poemas que son jeroglíficos;
simples como un beso; con
la suavidad del semen; igual de
ásperos que el orgullo; la mayoría
aspiran con ánimo de indultado a
ser verídicos; con el ímpetu de la
savia de abril; adictivos como la
gula del poderoso; Qué os voy
a contar de los apocalípticos;
de los fanáticos; de los que le
hablan a Dios; de los que nunca
obtienen respuesta; de los
abandonados en cajones sin
ventanas; grandiosos como el mar;
perfectos como una gota.
Hay versos que forman poemas
más allá de las palabras; unos
hacen el aire entre los árboles;
otros paren el misterio en plena
oscuridad.


todos estos me los provocas menos este.
¿Qué será de lo escrito si no aspira a
consumarte, no se nutre de tu cuerpo,
y ni siquiera recuerdo —entre tu boca—
que existe?

jueves, 5 de marzo de 2009

El secreto



Os voy a contar un secreto:
Érase una vez un secreto tan ortodoxo que sólo yo lo padecía, y eso era lo único que lo diferenciaba de la inexistencia. ¡Cuántas veces nos hemos ataviado elegantes de misterio con tan sólo insinuarnos, y alardeado de interesantes entreabriendo la soledad que nos presentó a ambos! Todo para compensar tanto remordimiento; tanto pánico a un estrepitoso e incomprendido ridículo; a la responsabilidad de ascender a conocimiento sin que Dios ni la ciencia nos avalen.
Tengo un secreto que quizá os cuente, cada vez que escribo sopesándolo doy un paso adelante y dos en oblicuo, y conformo un zigzag de osadía y conformismo tan arduo como ligero. Y a veces me paro, otras retrocedo, incluso me adelanto y luego me espero, y siempre termino diciendo algo parecido a esto:
Tengo un secreto que puede que en otro momento os revele, cuando estemos seguros de poder afrontar con entereza tanto una condena como una reverencia. Cuando sincronicemos objetivos y repercusiones.

lunes, 2 de marzo de 2009

La historia más triste de la historia (XV)



¡Por fin una muestra de consideración! Una frase liberada de la influencia de la rabia y el infortunio. Aunque un espasmo en sus cejas cada vez que se tocaba el dedo dañado, aún ponía en duda la absoluta imparcialidad de las palabras que, más que dirigirme, me lanzaba.
­–Su reacción está sobradamente justificada, me atrevería a decir incluso que ha sido bastante benévola, aunque le garantizo que en ningún momento he tenido la intención de molestarla…
–Lo sé, por eso deberíamos zanjar de una vez por todas esta espiral de lamentaciones, ya está bien de disculpas, pedir perdón no sirve de nada cuando todo el mundo sabe que el daño no se ha hecho a posta. ¿Sabe usted dónde se puede comer bien por aquí?
–Si no quiere oír de nuevo una de mis insufribles disculpas tendrá que darme la oportunidad de resarcirme de una vez por todas invitándola a almorzar, y no sólo eso, para que el entierro de mi remordimiento sea perpetuo deberá aceptar mi ofrecimiento sin hacerse de rogar.
Ella —no sabría decir si por cansancio, por hambre, o por otro motivo más sutil que mi inteligencia— me atrevería a decir que asintió aliviada si no fuese por todo ese lastre pretérito que colgaba de cada uno de sus gestos, y que jalonaba siempre con éxito todos sus pasos.
–De acuerdo, dígame a qué hora suele comer usted.
–Tutéeme por favor, en este pueblo tan pequeño sólo se trata de usted al médico, y más que por respeto diría que es por miedo a promover una cierta falta de interés de éste como represalia a una confianza que obvia tanta diferencia de conocimientos y de prestigio...

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